Falacias, intereses y conciencia crítica

Por Pablo Hernández Jaime
Diciembre 2021

A estas alturas, ya es un lugar común para el presidente López Obrador apelar a los supuestos intereses inconfesables de sus críticos y opositores, como estrategia para desestimar o, de plano, negar cualquier crítica. Esta vez, el turno fue para Carmen Aristegui. El “crimen” de la periodista fue presentar un reportaje, de Tania Gómez y Sergio Rincón, sobre la empresa Rocío Chocolates. El reportaje señala los vínculos entre la empresa, propiedad de Andrés López Beltrán, hijo del presidente, y el programa gubernamental Sembrando Vida, dejando claro que hay razones suficientes para sospechar, cuando menos, de un uso discrecional y ventajoso de dicho programa para beneficio directo de la empresa, lo que constituiría una práctica de corrupción[1].

Frente a este reportaje, y desde su foro habitual en la conferencia mañanera, el presidente se limitó a aplicar su conocida fórmula. Inmediatamente, y en boca del mandatario, Aristegui se convirtió en una mujer que nunca estuvo a favor de su movimiento y que pertenece, como siempre lo hizo, “al grupo que apoya al bloque conservador.” Así, y sin mayor detalle, el presidente se limitó a afirmar que la investigación estaba llena de mentiras infundadas que solo tenían el objetivo de mancharlo a él y a su “transformación”[2].

La maniobra no es nueva y a nadie sorprende. Ante cualquier crítica, casi indefectiblemente, la respuesta de López Obrador es siempre la misma: desestimar o negar la crítica porque “eso es lo que dicen los conservadores, que están molestos porque ya no se benefician como antes.”

Formalmente, esto constituye una falacia lógica cuya locución latina es ad hominem. En español, diríamos que es una falacia de apelación a la persona. Y esto también es de dominio más o menos general. Sin embargo, considero importante repasar la cuestión por dos razones: primero, porque quizá no a todos nos quede lo suficientemente claro en qué consiste la falacia y, segundo, porque en un nivel menos formal y abstracto, la falacia amerita algunas reflexiones adicionales.

I

Veamos lo primero. Una falacia es un razonamiento que parece correcto, pero que no lo es, independientemente de si la conclusión a la que se llega con dicho razonamiento es verdad o no. Aquí lo primero que tenemos que notar es que lo correcto y lo verdadero, para la lógica, son dos cosas diferentes. La verdad es algo que se dice y que corresponde con la realidad. En el caso de la investigación sobre Rocío Chocolates, las afirmaciones sobre corrupción serían verdad si, en la realidad, de hecho, la empresa recibió un beneficio discrecional y ventajoso al amparo de un programa público (Sembrando Vida), debido a la relación de parentesco de Andrés López Beltrán con el presidente o por algún otro motivo. La única forma de desmentir esta acusación sería presentando pruebas que demostraran que tales hechos no ocurrieron. El reportaje, sin embargo, deja poco espacio para las dudas, aunque tampoco constituye una prueba definitiva.

Frente a dicho reportaje, entonces, la respuesta más honesta, por parte del presidente, habría sido apelar al esclarecimiento riguroso de los hechos, de manera que, con todos los elementos y las pruebas en la mano, se pudiera concluir si, efectivamente, hubo algún acto de corrupción o no. Sin embargo, esta no fue la respuesta del presidente. Su respuesta fue negarlo todo, apelando a los supuestos intereses de Carmen Aristegui, quien, a su juicio, pertenece a un grupo que apoya a los conservadores que se oponen a su gobierno.  

Pero volvamos a cuento. La verdad se evalúa por su correspondencia con la realidad. Pero un razonamiento es otra cosa. En términos generales, un razonamiento es la manera o la forma en que obtenemos una conclusión a partir de una o más premisas. Por ejemplo, si es verdad que «todo acto de influyentismo orientado a obtener beneficios al amparo de bienes o programas públicos es un acto de corrupción» (primera premisa) y es verdad que «la empresa Roció Chocolates participó en al menos una forma de influyentismo al amparo de un programa público» (segunda premisa), entonces, podemos concluir que «la empresa Roció Chocolates participó en al menos un acto de corrupción». Este sería un ejemplo sencillo de un razonamiento correcto.

Decimos que un razonamiento es correcto cuando, por su sola forma, es posible llegar a una conclusión a partir de ciertas premisas. Por consiguiente, decimos que un razonamiento es incorrecto cuando, también por su sola forma, no es posible llegar a cierta conclusión a partir de las premisas presentadas. Por ejemplo, cada vez que el presidente niega o desestima una crítica apelando al carácter conservador de sus críticos, está incurriendo en un razonamiento incorrecto. El razonamiento, en cuestión, sería el siguiente: «Aristegui presentó un reportaje sugiriendo posibles actos de corrupción del gobierno en favor de la empresa Roció Chocolates» (primera premisa), sin embargo «el reportaje solo tiene el objetivo de afectar al gobierno» (segunda premisa) porque «quienes elaboraron el reportaje buscan apoyar a la oposición» (tercera premisa), por lo tanto, (conclusión) «es falso que la empresa Rocío Chocolates haya participado en algún acto de corrupción».

Pero ¿por qué este es un razonamiento incorrecto? Sencillamente, porque la conclusión no se desprende de las premisas. Me explico. Incluso, si suponemos que la segunda y tercera premisas son verdaderas, eso no cambia en nada el hecho de que la empresa Roció Chocolates haya participado, o no, en actos de corrupción. Si el peor enemigo de López Obrador dice que el cielo es azul, aún con la peor de las intenciones, eso no afectará en nada la verdad (o falsedad) de su afirmación. Por eso, un razonamiento ad hominem constituye una falacia, porque la verdad no depende de los intereses de una persona, ni de cualquier otro de sus atributos, sino de su correspondencia con la realidad. En términos formales, un razonamiento ad hominem consiste, precisamente en lo contrario, en validar o rechazar una verdad o argumento, no por la correspondencia de la afirmación o por la coherencia del razonamiento, sino por algún atributo de la persona que los enuncia: ya sea por su apariencia, prestigio, riqueza, belleza, motivaciones, etcétera.

Creo que para todos es claro que, no importan la apariencia, la riqueza o las intenciones de alguien, si esa persona dice que el cielo es azul y el cielo realmente es azul, entonces estará diciendo la verdad. Sin embargo, a veces las cosas no son tan sencillas, por eso resulta pertinente hacer algunas reflexiones adicionales.

II

El ejemplo del cielo azul es fácil porque acaso para todos resulta evidente e inmediata la comprobación de la sentencia, por lo que nos sirve bastante bien para ilustrar cómo opera la falacia. Pero ¿qué pasa cuando las verdades no son tan evidentes o inmediatas? Por ejemplo, ¿qué pasa si los hechos que han de ser comprobados ocurren en otro país y solo puedo enterarme por las noticias?, o ¿qué pasa si se trata de hechos microscópicos que, para ser comprobados, requieren tecnología y años de formación que no tengo? o, por el contrario, ¿qué pasa si se trata de hechos muy amplios, como medir la extensión de una placa tectónica o la velocidad a la que ocurre el derretimiento de los cascos polares? o, para ponerlo en términos sociales, ¿qué pasa si se trata de hechos como la estratificación social, que involucran a muchas personas, y que requieren del uso especializado de estadísticas y de teorías para ser comprobados? Para ponerlo en una sola pregunta, ¿qué pasa cuando yo no tengo los medios (llámese tiempo, formación profesional o recursos) para ir a comprobar, por mí mismo, la verdad de una afirmación?

Frente a un escenario así, tenemos que tomar una decisión: creer o no creer en alguien más. Ante la incertidumbre, la confianza nos ayuda establecer, bien o mal, algunas certezas. Así, por ejemplo, depositamos nuestra confianza en profesionales de algún área, asumiendo que su formación, sus conocimientos y su sinceridad nos informarán de manera adecuada y veraz. Esto es lo que ocurre cuando visitamos a un médico, cuando buscamos asesoría de un abogado, cuando buscamos consultoría, etcétera. Y bueno, lo que sabemos de los profesionales es que, por su formación y experiencia, están, cuando menos, mejor informados que nosotros en su área. Por eso tiene sentido confiar en ellos, al menos en lo que respecta a su campo de conocimiento. 

El problema con la confianza es que constituye un acto de fe, que no siempre concedemos por las mejores razones. A veces, como en el caso de los profesionales, decidimos confiar, porque consideramos racional hacerlo. Otras veces confiamos porque nos sentimos cercanos a alguien o porque lo conocemos de mucho tiempo. El afecto y la costumbre también pueden generar confianza, aunque es una confianza distinta. En el profesional, confiamos por sus conocimientos.  En el amigo, confiamos porque nos sentimos seguros. Sin embargo, a veces confiamos en personas por la simpatía que nos despiertan, sin que las conozcamos bien o sin que sean expertas en algo. Simplemente confiamos porque algo en esa persona nos inspira una buena sensación. En parte, así se forman los líderes de opinión, los influencers e, incluso, algunos políticos[3].

En términos generales, podríamos decir que la confianza es un voto que hacemos con la esperanza de que no seremos traicionados. Esperamos que esa persona, en quien depositamos nuestra confianza, actuará en consonancia con nuestros intereses o, al menos, esperamos que no actuará en contra de ellos. Esperamos que no nos hará daño y esperamos que será sincera con nosotros, por lo que generamos una predisposición a creer que lo que nos dice es verdad. La desconfianza, por el contrario, no es solo la ausencia de confianza, sino su antípoda. En la desconfianza esperamos la traición, la mentira e, incluso, el daño. Cuando desconfiamos de alguien, esperamos que sus intereses no solo serán distintos, sino contrarios a los nuestros.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la falacia ad hominem? Todo. Cuando alguien en quien desconfiamos nos dice que el cielo es azul, no tenemos reparo en aceptar la verdad de su afirmación, porque nosotros mismos podemos comprobar si es verdad o no. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a verdades más difíciles, que no podemos o que difícilmente podemos comprobar por nosotros mismos, la confianza o la desconfianza se vuelven un criterio relevante para creer o no lo que alguien diga.

Por eso en política la confianza es tan importante. Y es que la política conlleva una doble dificultad. Por un lado, la política es difícil porque debe lidiar con muchos fenómenos sociales que no son inmediatamente evidentes: la realidad económica, con todos sus distintos aspectos, el funcionamiento y desempeño de la administración pública y sus instituciones, el mantenimiento y desarrollo de la infraestructura y servicios públicos, las relaciones internacionales, diplomáticas y comerciales, los flujos migratorios, la violencia y los cuerpos de seguridad, la salud, la educación y un largo etcétera. Y, por otro lado, la política es difícil porque la política misma es un fenómeno que tampoco es inmediatamente evidente: en la política se entremezclan las instituciones del Estado con el sistema de gobierno, con el jurídico, con el de partidos, con el electoral, con los mecanismos de participación directa, con los movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil, y otro largo etcétera.

Ante este panorama, la política debe descansar forzosamente en relaciones de confianza y desconfianza. Incluso entre quienes participan activamente en la política y forman parte de la administración pública, hay muchos que, a pesar de ser expertos en áreas específicas, desconocen, en gran medida, el resto del sistema.

Pero la política no son puras relaciones de (des)confianza. La política es, en gran medida, un espacio de conflicto, de lucha, de disputas por el poder. Por eso, la confianza que se genera en el seno de un grupo político suele significar, al mismo tiempo, la desconfianza en los otros grupos. Esto se puede ver con bastante claridad en la actitud de los miembros de un grupo político frente a la información mediática: confían en las líneas editoriales que le son afines y desconfían en las que son afines a la oposición. La confianza, entonces, ayuda a mantener la cohesión interna del grupo, promoviendo la credibilidad en ciertos voceros, periódicos o caudillos. Por el contrario, la desconfianza en la oposición lleva a la incredulidad en sus voceros, medios y representantes. Al final, el resultado es que cada grupo genera cierta tendencia a caer en razonamientos ad hominem, precisamente porque sus creencias descansan más en la confianza personal que en la comprobación directa.  

Por eso no era suficiente solo calificar como falaces los argumentos del presidente o de ingenuos a sus seguidores. En el fondo, lo que se observa no es solo una falacia y una manipulación, sino el síntoma de una forma relativamente normal de hacer política. Lo que acaso resulta chocante es el cinismo con el que AMLO abraza las falacias, usándolas deliberadamente y convirtiéndose en un sofista de la política, en un demagogo, que sabe, precisamente que, para fines prácticos e inmediatos (y habría que decir oportunistas), no importa tanto la verdad, ni la precisión de los datos, mientras pueda obtener algún rédito político de la confianza popular. Quizá este sea el cálculo que subyace a su manejo mediático, que se encarga de acaparar los reflectores, confrontando constantemente a sus opositores y, en cierto modo, activando y reproduciendo la confianza depositada en él, a veces incluso para negar información oficial o descalificar instituciones.

III

Pero una explicación no es una justificación. Que la política funciona a partir de filiaciones de (des)confianza y luchas de poder es un hecho. Que esto haga susceptibles a muchas personas de caer en razonamientos ad hominem, sería un segundo hecho. Y que AMLO sepa leer estas circunstancias para hacer un uso cínico y demagógico de la política es una hipótesis bastante probable. Sin embargo, y aun siendo ciertas las tres afirmaciones anteriores, de aquí no se sigue que todo esto esté bien o sea deseable.

El primer gran problema aquí es que AMLO ha hecho de la falacia y la mentira una forma habitual de comunicación. Lo que no sabemos exactamente es qué tipo de cálculo sigue, en qué está pensando cuando se conduce así. Pero el hecho es que lo hace. Y esto es un problema por varias razones: primero y en términos morales, porque traiciona la confianza depositada en él; segundo y en términos prácticos, porque con sus mentiras, que generalmente buscan ocultar las malas decisiones o los malos resultados de su gobierno, al tiempo que insiste machaconamente en que todo va bien, impide que sus seguidores contribuyan a corregir los errores de esta administración, llevándolos, incluso, a ser cómplices de un atentado directo contra sus propios intereses; finalmente y en términos políticos, porque con el reiterado uso de falacias y mentiras, AMLO no contribuye a educar a sus seguidores, sino todo lo contrario: los maleduca, pues solo refuerza el recurso de la confianza ciega, en lugar de contribuir a brindarles elementos para que se formen un juicio autónomo, sustentado lo más posible en la comprobación y reflexión propias.   

Con este tipo de prácticas, AMLO no haría más que reproducir uno de los fundamentos de la enajenación política de la sociedad mexicana, que, desde la perspectiva de Revueltas (1980), es la dominación y sujeción de la consciencia y organización popular ante el Estado, que es, para fines prácticos, quien se encarga de conducir el proyecto nacional, apelando y respaldándose siempre en supuestos intereses populares, pero negando las vías para su participación autónoma y consciente. 

El segundo gran problema aquí es la facilidad con que la gente cae en razonamientos ad hominem. Ya sabemos que esto obedece, en cierto modo, a la necesidad de establecer relaciones de (des)confianza, para protegernos y generar certidumbre, en un contexto de lucha y donde nos resulta difícil comprobar por nosotros mismos las verdades de la política. Y también sabemos, o cuando menos podemos intuir, que nunca, cada individuo podrá tener acceso directo a todas las verdades de la política, que siempre necesitará generar certidumbre y que (al menos mientras vivamos en una sociedad atravesada por conflictos de poder) también necesitará protegerse. Se sigue, entonces, que es muy probable que sigamos encontrando la necesidad de generar lazos de confianza en política, lo que nos llevará a formar algunas de nuestras creencias a partir de la confianza personal y no a partir de la comprobación directa. Sin embargo, y aunque esto explicaría la amplia persistencia de razonamientos ad hominem, no es razón suficiente para justificarlos como deseables.

La desconfianza en el otro está fundada en el miedo a ser dañado. Discursivamente, sabemos que nuestros “enemigos” recurrirán a la mentira o dirán cosas solo con el objetivo de afectarnos. Sin embargo, no todas las mentiras son iguales. Hay mentiras flagrantes y categóricas. Por ejemplo, cuando AMLO dice que ya se acabó la corrupción, la afirmación es tan tajante que, por su falsedad, se convierte en una mentira categórica. Sin embargo, hay otro tipo de mentiras, que no son pura falsedad, sino medias verdades. Estas mentiras presentan información verdadera, pero parcial y sesgada, o información verdadera mezclada con falsedades. En mi opinión, las luchas discursivas de la política recurren, fundamentalmente, a este segundo género de mentiras, a veces, incluso creyendo que se trata de verdades completas. Quizá AMLO sea víctima de sus propias mentiras y razonamientos equivocados. Quizá él cree que, efectivamente, el reportaje presentado por Aristegui contiene solo mentiras que buscan dañarlo y que, por tanto (¡!) son pura falsedad. Quizá cree lo mismo sobre la militarización y el aumento de la violencia y la pobreza, etcétera. Si este fuera el caso, entonces, ciertamente, AMLO no mentiría de mala fe, sino por ignorancia. Sin embargo, el problema no cambia. Negarse a la crítica de los otros es negar sus posibles falsedades, pero también sus certezas, condenándonos a abrazar nuestros propios errores. Los razonamientos ad hominem nos llevan a esto. Y desde la cerrazón, ningún proyecto político puede prosperar y, menos aún, uno que se precie de ser de izquierda. La crítica, recibida y analizada por un grupo político de izquierda, debe servirle como herramienta para corregir el rumbo, para alcanzar siempre una mejor vía de acción que, sin traicionar sus banderas, le permita obtener mejores resultados.

Sin embargo, sería muy crédulo pensar que podemos construir, voluntaria e inmediatamente, una política de la confianza pura y plena. La política es disputa por el poder y en él están en juego distintos proyectos de sociedad e intereses irreconciliables de clase y de grupo. Hoy, la política está condenada al conflicto y, en gran medida, lo está también a la desconfianza y la incertidumbre. Pero si este es el caldo de cultivo de los razonamientos ad hominem, ¿cómo prevenirnos para no caer en estas falacias y, al mismo tiempo, reconocer la racionalidad de la desconfianza? Por supuesto, no hay soluciones mágicas e instantáneas. Sin embargo, sí hay algo que hacer: promover y cultivar el pensamiento crítico. La crítica, filosóficamente hablando, no es solo ni fundamentalmente elaborar juicios morales. La crítica es un intento por superar las concepciones preestablecidas, incluyendo aquellas que se oponen entre sí, alcanzando una verdad superior. La crítica es una nueva forma de comprender algo, pero una forma que es nueva no solo porque es distinta, sino porque es la síntesis y superación de las concepciones anteriores[4]. Claramente, la conciencia crítica no se forma de la noche a la mañana, y tampoco eliminará la necesidad de la confianza o la presencia de incertidumbres, pero sí nos mantendrá alerta. No es lo mismo la confianza ciega, que para el caso ya ha alcanzado la calidad de fe, que la confianza reflexiva y crítica. Y esto es de especial importancia para las izquierdas, que no solo queremos negar la realidad actual, sino que queremos superarla. En política, nosotros no podemos conformarnos con el apertrechamiento y la lucha práctica; nosotros debemos, además, alcanzar una conciencia crítica, y promoverla entre la gente[5]. Y esta conciencia crítica, por supuesto, no supondría la negación de los intereses políticos, ni las razones para desconfiar, en beneficio de un análisis escéptico y pretendidamente neutral. Por el contrario, esta conciencia crítica tendría que reconocer estos hechos, aceptando también que nosotros a priori no somos dueños de la verdad y, por tanto, analizando las críticas enemigas con rigor, para hacer que, en lugar de debilitarnos, nos fortalezcan.

IV

Recuperando la idea inicial, el caso de la empresa Rocío Chocolates aún no se ha resuelto, y aún quedan muchas preguntas. Sin embargo, el objetivo de este artículo no ha sido tratar de resolver esta cuestión, sino utilizar el caso como vía para analizar un problema de carácter más general y que tiene que ver con la manera en que nuestra sociedad se relaciona con la política. Y es que las falacias y mentiras del presidente, que lamentablemente ya son algo común, se alimentan de una confianza popular que muchos mexicanos han depositado en él a lo largo de varios años. Este es el capital político que hoy le permite tomarse ciertas licencias y donde el beneficio de la duda, así como la confianza en él, pueden más que muchas evidencias empíricas y análisis rigurosos. Sin embargo, nada es eterno. Y si acaso existen los pretendidos ciclos de la política, será importante promover la conciencia crítica, antes que el respaldo popular que hoy sustenta el presidente termine completando un giro a la derecha y apoyando algún proyecto de carácter despótico.

El verdadero triunfo de las izquierdas pasa por la profunda educación política de la sociedad, de manera que ésta última busque involucrarse en política y, además, lo haga de manera consciente, crítica y responsable. Es verdad que solo el pueblo puede salvar al pueblo. Pero para que esa consigna no sea letra muerta, el pueblo no debe solo limitarse a apoyar un proyecto, debe también cuestionar y razonar la confianza que otorga, llegando a comprender que él es el soberano, que en él descansa el poder y que su fuerza está en su organización, pero para que esa organización crezca y se fortalezca, necesita, al mismo tiempo, cultivar esa conciencia crítica.

La educación política se vuelve cada vez más urgente e indispensable.


Pablo Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.


[1] https://aristeguinoticias.com/2811/mexico/sembrando-vida-y-la-fabrica-de-chocolates-investigacion-especial/

[2] https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/2021/11/29/amlo-rechaza-reportaje-de-aristegui-es-una-periodista-independiente-pero-del-pueblo/

[3] Bajo este esquema, la confianza podría considerarse, en términos de Max Weber (2014), una acción social, motivada también de forma racional, afectiva o tradicional. En la última variante, además, estaríamos frente a una influencia de tipo carismática que, en este caso, construye credibilidad.

[4] Esta noción de crítica está presente en toda la tradición de la filosofía alemana y está presente también en el marxismo.

[5] Esta idea está presente en gran parte del pensamiento marxista, que considera que la participación consciente de las clases y sectores populares no solo es deseable, sino que es, además, una de las condiciones necesarias para la liberación. Con Marx, la idea está presente desde sus escritos de juventud (1972; 2012) hasta su Crítica al programa de Gotha (2012). Con Gramsci, la idea está ampliamente desarrollada en sus Apuntes para una introducción y un inicio en el estudio de la filosofía y la historia de la cultura (1975). Finalmente, y para el contexto mexicano, la idea es recuperada por Revueltas en su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1980), y después es elaborada, aunque con énfasis en el desarrollo de la conciencia crítica, en su Dialéctica de la conciencia (1982).  

Referencias

Gramsci, A. (1975). Apuntes para una introducción y un inicio en el estudio de la filosofía y la historia de la cultura. En V. Garratana (Ed.), Cuadernos de la cárcel. Tomo 4. Ediciones Era.

Marx, K. (1972). Manuscritos: Economía y Filosofia. Alianza Editorial.

Marx, K. (2012). Crítica del Programa de Gotha. En Textos Selectos y Manuscritos de París; Manifiesto del Partido Comunista con Friedrich Engels; Crítica del Programa de Gotha (pp. 651–675). Editorial Gredos.

Marx, K., & Engels, F. (2012). Manifiesto del Partido Comunista. En Textos Selectos y Manuscritos de París; Manifiesto del Partido Comunista con Friedrich Engels; Crítica del Programa de Gotha. Editorial Gredos.

Revueltas, J. (1980). Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Ediciones Era.

Revueltas, J. (1982). Apuntes para un ensayo sobre la dialéctica de la conciencia. En Dialéctica de la conciencia. Ediciones Era.

Weber, M. (2014). Conceptos sociológicos fundamentales. En Economía y Sociedad (3a ed., pp. 127–187). Fondo de Cultura Económica.