México: no perder de vista el largo plazo

El discurso de AMLO en el Zócalo tras haber completado la primera mitad de su sexenio no hace más que confirmar la disonancia entre la visión del Presidente y la realidad del país. El carácter triunfalista del acto no guarda relación con la realidad de los mexicanos de a pie.

Por Jesús Lara
Diciembre 2021

El discurso de AMLO en el Zócalo tras haber completado la primera mitad de su sexenio no hace más que confirmar la disonancia entre la visión del Presidente (o la que manifiesta en público) y la realidad del país. El carácter triunfalista del acto no guarda relación con la realidad de los mexicanos de a pie, cuyos principales problemas se manifiestan en el aumento de la pobreza, la trunca recuperación económica y su impacto sobre el empleo, la rampante violencia e inseguridad, la crisis sanitaria y el deterioro del sistema de salud en México, entre otros.

La implicación de este razonamiento es evidente: si lo que se está haciendo funciona, no hay necesidad de cambiarlo. El problema es grave en el corto plazo, pero no es lo único: el mundo vive cambios trascendentales, y lo que se haga o no en estos momentos puede condicionar el futuro del desarrollo económico en nuestro país. En particular, es posible hacer un balance de las primeras dos décadas del siglo en lo que respecta al crecimiento económico de los países subdesarrollados. En la década de los dos mil, muchos países periféricos experimentaron tasas de crecimiento elevadas y en muchos casos superiores a los de los países ricos (México no fue parte de este grupo). Esto generó la expectativa de convergencia entre países. Pero a partir de la crisis financiera mundial, y con más claridad después de 2014, comenzó a ser evidente que, con la excepción de algunos países del este asiático -China en primer lugar- la trayectoria de convergencia era una ilusión. La crisis por la pandemia -con su impacto profundamente desigual- pone aún más claramente en entredicho las expectativas de convergencia entre países.

La causa es que, salvo  algunas excepciones, el crecimiento acelerado en los países subdesarrollados no se debió a la industrialización -la expansión de las actividades de transformación industrial- como fue en los “tigres asiáticos”: únicos casos exitosos de convergencia en los últimos treinta años. Por el contrario, el crecimiento fue resultado de aumentos en la producción del sector servicios o de exportación de bienes primarios; es decir, no estuvo basado en el desarrollo de capacidades tecnológicas ni de aparatos productivos nacionales competitivos a nivel mundial. El marxista egipcio Samir Amin lo resumió en su momento de la siguiente forma: los llamados “países emergentes” (salvo China) eran en realidad ejemplos de lumpendesarrollo, necesariamente limitados y esporádicos.

Las condiciones actuales presentan, además, serios límites a la estrategia de crecimiento guiado por las exportaciones basadas en los bajos costos laborales. En primer lugar, la mayoría de los mercados están ya dominados por países del este asiático. Segundo, hay una tendencia en los países ricos hacia el aumento del proteccionismo y la producción doméstica. Finalmente, el cambio tecnológico en la industria está sesgado contra el trabajo no calificado: los nuevos métodos de producción son intensivos en maquinaria compleja y trabajo calificado, incluso en países con muy bajos salarios.

Esta es una historia conocida en México: las grandes empresas manufactureras de exportaciones, principalmente multinacionales, sí que han aumentado su productividad en los últimos veinte años. Pero, ¿por qué esto no se ha traducido en crecimiento económico? Porque emplean a una parte muy pequeña de la población ocupada en México: el grueso se encuentra en pequeñas y micro empresas informales o poco productivas, y la tendencia es a que esta situación se agrave.

La coyuntura actual, pues, ofrece más preguntas que respuestas acerca del camino adecuado para países periféricos como México. En ese contexto, AMLO ha decidido darle continuidad al modelo económico vigente, haciendo del T-MEC y de la integración con Norteamérica la piedra angular del mismo. La esperanza es que cadenas de producción ubicadas en China se relocalicen en nuestro país como resultado del conflicto entre el gigante asiático y Estados Unidos. Pero, esencialmente, esa era la idea que justificó la liberalización comercial y al TLCAN en nuestro país -atraer masivamente a la inversión extranjera- en condiciones internacionales mucho más favorables que las actuales. Los resultados los conocemos todos.

En suma: no es ninguna sorpresa que la negación rotunda de la realidad que caracteriza el discurso y el actuar de AMLO se complemente con una visión y estrategia de largo plazo igualmente errada. Estas no son cuestiones menores: lo que se está decidiendo es el futuro del país para las siguientes décadas. De no cambiarse al rumbo en lo inmediato, tendremos muy pocas razones para el optimismo.


Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.