Por Tania Rojas
Noviembre 2021

En los tiempos que vivimos, el salario es el único medio de existencia para quienes tienen como única posesión sus propias facultades físicas y mentales, su corporeidad misma. Emplearse, es pues, para todos ellos, el logro a alcanzar en la vida. Quizá un buen empleo les permita incrementar sus posesiones y pasar a la categoría de quienes contratan asalariados. Sin embargo, año con año, y cada vez con mayor rapidez, esta bolsa de trabajo disponible aumenta, no tanto por la dinámica demográfica, sino por la desposesión de riqueza de que son sujeto los menos aventajados económicamente. El desplazamiento es al revés, son cada vez menos los acaudalados que pueden poner su impronta en la fachada de una empresa, de un banco, o de un centro comercial, y son cada vez más los que dejan su impronta de trabajo mal pagado en los inventarios, en los estados de cuenta y en los escaparates de esas empresas, bancos y centros comerciales.

Reducida la vida a buscar empleo, ésta se mutila aún más cuando no lo hay. A pesar del constante aliento, no todos triunfarán en la vida y ocuparán ese puesto de trabajo que da al asalariado una vida digna a pesar de no tener riquezas acumuladas. Frustrados serán los planes de muchos, y otros más se verán obligados al paro forzoso. No hay trabajo para todos. No lo hay porque la automatización cada vez mayor de la producción ocupa cada día menos manos, porque el papel de la actividad económica no es crear empleos sino maximizar la ganancia, porque los capitales no se asientan en mercados débiles, porque el capital puede valorizarse más y más rápido siendo papel bursátil en lugar de mercancía física, porque el Estado está al servicio de los dueños del capital, porque el desempleo desorganiza el factor trabajo y, en consecuencia, amplía el dominio del capital. Al interior de los países pobres, como el nuestro, esta rotura del sistema económico encuentra sus solapas en la informalidad, la ilegalidad y la migración.

En la informalidad, millones de “autoempleados” en la venta ambulante, jóvenes haciendo todo tipo de encargos, cazadores de las temporadas de contratación de albañiles y jornaleros, etc., enfrentan el desempleo. Por su parte, la delincuencia organizada encuentra en el mar de parados barata carne de cañón que este sector empresarial necesita para permanecer operando. La migración, a su vez, dibuja los flujos de riqueza de los países colonizados a los imperialistas, son los desposeídos tratando de encontrar un modesto lugar en los oasis de riqueza. Cierto es que estos problemas son más complejos de lo que aquí se expone, pero su causa fundamental está en la desigualdad y la pobreza que sufren las vastas masas populares.  Son efectos lógicos del funcionamiento de la economía de mercado, y son efectos que al capitalismo le conviene tolerar y controlar, mas no atacar de raíz, pues la rebeldía, la resistencia a la cesantía completa, es la mayor fuente de desestabilidad y desequilibrio social. 

Nuestro país atraviesa hoy, simultáneamente, una crisis migratoria, de empleo y de seguridad. Los niveles alcanzados en los tres aspectos son reflejo innegable de la magnitud de la crisis económica a la que nos condujo la inacción consciente del gobierno de la 4T frente a la pandemia. No hizo nada, ni muestra intención de hacerlo. Se limita a invocar en cada mañanera la recuperación económica y oculta la tonalidad que esa recuperación va tomando. En septiembre, el 70% de los empleos recuperados fueron informales (INEGI, 2021); “México ocupa el cuarto lugar mundial en delincuencia organizada” (Animal Político, 4 de octubre de 2021); entre octubre de 2020 y septiembre de 2021, México fue el principal expulsor de migrantes entre los países que utilizan nuestra frontera para llegar a suelo americano, de acuerdo con el registro del Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza (El País, 20 de octubre de 2021). El presidente acusa a los neoliberales de hablar de ecologismo, derechos de animales y feminismo para no hablar de desigualdad económica. Él habla de desigualdad económica, pero a la desaprobación verbal no le sigue una política consecuente.


Tania Rojas es economista por El Colegio de México e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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