Por Níobe Enciso
Noviembre 2021

El número de intentos de cruce ilegal de mexicanos a Estados Unidos hoy se encuentra en niveles no vistos desde la crisis de 2008, según datos publicados hace unos días por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos. Aunque el número total de “encuentros” (incluyendo las incidencias que hacen referencia a los encuentros correspondientes a un segundo o posterior intento por parte de la misma persona) entre mexicanos y la Patrulla en la frontera ha crecido anualmente desde 2018, dicho crecimiento aumentó su magnitud en los años siguientes: en 9% en 2019, en 52% en 2020 y en 140% en 2021.

¿Y cuáles son las causas de este impulso a nuestra migración? Solo en los orígenes de las sociedades resulta válida la explicación de que las desigualdades en el desarrollo material y espiritual de los países se deben a causas naturales. Desde el momento en que ese desarrollo creó cierta prosperidad y minimizó la dependencia del humano respecto de la naturaleza, tal explicación dejó poco a poco de ser cierta. Ahora sabemos que la persistencia y ahondamiento de la desigualdad entre naciones ya no se explica por factores naturales sino por razones esencialmente económicas: la propiedad privada de los medios de producción como la base material sobre la que se construye el entramado social caracterizado por pobreza y desigualdad  a nivel nacional e internacional. Así, debido a que —a pesar de las salvedades que se pudieran hacer (me refiero a cambios en la metodología de registro de los “encuentros” y a la introducción de la política llamada Título 42 que podría incentivar la incidencia debido a que no la castiga)— es un hecho que las cifras son insultantemente altas y que la gravedad del ascenso en la tendencia inició en mayo de 2020 (unas semanas después del inicio del confinamiento por la pandemia del COVID-19), no es arriesgado asegurar que la razón del incremento de nuestra migración reside en la política que se ha desplegado en el país históricamente y a lo largo de este sexenio.  En concreto, como parte de su respuesta a la pandemia que innegablemente implicaba consecuencias, la “cuarta transformación” se negó a implementar apoyos económicos contingentes casi de cualquier tipo; para julio de 2020 el número de medidas y acciones implementadas por nuestro gobierno para enfrentar los efectos del confinamiento eran menores al promedio de América Latina y el Caribe y era el país que menor porcentaje de su producto destinó al mismo propósito entre los países del Grupo de los 20 y de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Y más aún, se ha repetido una vez y otra también que, a pesar de los “otros datos” del presidente, está demostrado que la idea de una modificación estructural en la política social durante el nuevo sexenio es un mito y que más bien dicha política está repitiendo los mismos errores.

Por su parte, los economistas con poder de decisión, los consejeros y secretarios de la 4T (y de gobiernos anteriores) aconsejan que la medida para sacar a los pobres de su atraso es invertir recursos en programas de transferencias monetarias. Sin embargo, a pesar de su larga data, en general, esta política ha fracasado: según datos del CONEVAL, en la década anterior a la 4T, de 2008 a 2018, aunque el porcentaje de la población en situación de pobreza pasó de 44.4 a 41.9 por ciento, el número de personas en situación de pobreza aumentó de 49.5 a 51.9 millones; con la 4T, entre 2018 y 2020, el mismo porcentaje pasó de 41.9 a 43.9, lo que equivale a un cambio de 51.9 a 55.7 millones de mexicanos pobres. Y la causa fundamental de tal fracaso no reside en la corrupción y el lucro de “intermediarios”, como insiste el presidente; la razón del fracaso de las políticas sociales se debe a una concepción errónea: se piensa que se trata de un problema de carácter individual originado por la carencia de capital humano en las personas, pues no se alcanza a ver que, como decía arriba, se trata de un problema estructural derivado de la propiedad privada de los medios de producción y, en el caso de nuestro país, agudizado por características del proceso de mundialización del capital y sus consecuencias en las perspectivas de desarrollo económico en la periferia (México y otros países) del mundo capitalista. Entonces, la migración seguirá aumentando mientras no se cambie la concepción sobre cómo erradicar la pobreza.

Finalmente, también hace unos días el presidente recibió a una delegación de funcionarios estadounidenses a los que les presentó el programa de transferencias monetarias a personas que se dedican al campo Sembrando Vida como una iniciativa que, entre otras cosas, podría implementarse como una acción para atender de fondo el fenómeno migratorio en toda Centroamérica. Al respecto creo importante mencionar de paso que, por un lado, el investigador Julio Boltvinik argumenta e insiste que este programa se diseñó de una manera que más bien apunta a beneficiar a la clase media rural debido a que la mayoría de campesinos mexicanos (los pobres) no tienen las hectáreas requeridas para ser beneficiarios del mismo y, por otro, que tal presentación a los funcionarios puede interpretarse como un paso más en la construcción de la alianza pro-yanqui que recientemente propuso AMLO porque no domina la geopolítica contemporánea ni entiende la verdadera esencia del capitalismo en su fase imperialista. Muestra de esto último son los eventos de principios de septiembre pasado en los que participaron miembros de la Guardia Nacional y del Instituto Nacional de Migración exhibiendo el doble discurso del presidente: en campaña aseguró daría cabida e incluso trabajo a los migrantes y después, ya en funciones, no actúo oportunamente ante las detenciones, deportaciones y agresiones contra los mismos.

Así pues, también con respecto al tema migratorio la “cuarta transformación” es ejemplo de la confusión en que incurren muchos políticos (intencionalmente o no) a la hora de diagnosticar los problemas y, por tanto, de recetar. “No somos iguales”, dice el presidente y, en efecto no son iguales simplemente porque no hay cosas idénticas, pero de eso no se sigue que sean mejores.


Níobe Enciso es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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