Por Betzy Bravo
Octubre 2021

Estamos en un momento álgido del capitalismo en donde la pobreza es cada vez mayor. Miles son las personas que no encuentran salida a las crisis, éstas tienen consecuencias graves no sólo en materia económica, sino en el ámbito social y psicológico; la confusión, la inmovilidad y la depresión ganan la partida cuando el suelo vacila. Nuestra tierra es más pobre cada día y es necesario encontrar certezas o soluciones a los problemas, tarea que no puede hacerse sin que primero se comprenda la naturaleza y el origen de los problemas; la reflexión, el pensamiento, la filosofía, reclaman su lugar en el presente.

En 1843, Marx hizo hincapié en el esclarecimiento de la filosofía crítica, no quiso levantar ningún estandarte dogmático y llamó a reformar la conciencia, a “hacer que el mundo sea consciente de su propia conciencia”,[1] es decir, a construir un mundo autoconsciente; en otras palabras: exhortó a comprender la unidad histórica viviente en relación con el individuo enajenado. Al conocimiento de esa unidad histórica Marx lo llamó conocimiento de lo real, se trata de un descubrimiento al que se llega luego de un análisis profundo de las relaciones económicas y sociales y que tiene un valor humanístico invaluable.

Para llegar a dicho grado de la conciencia la herramienta útil es la crítica; es necesario que el ser humano critique (analice y delimite) las condiciones objetivas y subjetivas que le rodean. Dice Marx: “el crítico puede […] comenzar con cualquier forma de la conciencia teórica y práctica, y partiendo de las formas propias de la realidad existente desarrollar la verdadera realidad como su deber-ser y su fin último”;[2] el filósofo alemán propone ser razonable, elaborar un programa político de acuerdo con la realidad, es decir, proponer respuestas a las necesidades reales del mundo. Conocer la realidad profundamente tiene, entonces, una necesidad política: la de corresponder o solucionar los problemas que en esa realidad existen.

El problema urgente por resolver para quienes somos marxistas es el de la injusticia económica y social que provoca grandes males en la mayoría de la población. En este sistema aparece la agonía como algo fundamental, lo cual es un hecho conveniente para el mismo modelo económico, que es movido por la esperanza lisonjera e inhumana (o la filosofía de la miseria): hay gente que muere de hambre mientras que a una cúpula no le alcanzaría cien años para gastar toda su fortuna.

En nuestro país, de acuerdo con el Consejo Nacional de la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), hubo un aumento de entre 8.9 y 9.8 millones de pobres en 2020.[3] El escenario es lamentable: 70.9 millones de pobres, 56.7% de la población y 90 millones de mexicanos o mexicanas viven sin ingresos suficientes para vivir. Además, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la población mexicana económicamente activa es de 57.7 millones, de los que 31.3 millones trabajan en la informalidad, es decir, no tienen ninguna garantía de remuneración o de sustento en caso de contingencia.[4]

Los fracasos de la clase desposeída son causados por el interés de la clase burguesa; no obstante, los derrumbes aparecen como elementos ontológicos, es decir, como sufrimientos inherentes naturalmente a los desposeídos.  Es efectiva la apariencia que lleva a cabo el sistema económico moderno, su manera de operar es peculiar y difícil de aprehender. Dicho mecanismo complejo del sistema mercantil fue deshilvanado por Marx en El capital.

El estudio de Marx traspasa las intuiciones, o las apariencias, es decir, que va más allá del grado básico del conocimiento. La apariencia, denominada también existencia, se distingue de la realidad. La existencia se da en un primer momento del conocer, antes de que sepamos todas las determinaciones de un fenómeno específico, o en otras palabras: antes de que conozcamos concretamente al fenómeno, esto significa que la existencia (o la apariencia) es un conocimiento parcial, limitado o unilateral, acerca de nuestro objeto de estudio. Podría ser, por ejemplo, una taza de café nuestro objeto de estudio, y un conocimiento aparente de éste sería simplemente saber su precio dejando del lado los demás aspectos que lo determinan: su origen, la forma en que se produjo, cómo llegó hasta nuestras manos, cuántos trabajadores fueron explotados para su producción, etc. Y, mientras más nos acercamos a conocer todos los ámbitos que logran la constitución de esa taza de café, más la conoceremos de forma concreta, es decir, con múltiples determinaciones, lo cual implica acercarnos cada vez más al conocimiento real de esa taza de café.

En el acercamiento al conocimiento real de nuestro objeto de estudio surgen descubrimientos que muchas veces contradicen (o niegan) juicios anteriores acerca del fenómeno u objeto de estudio: lo que nos acerca al conocimiento de la realidad es un camino dialéctico. La naturaleza del pensar es dialéctica, recurre a la negación y para que las negaciones se superen se requiere la experiencia. La experiencia, de acuerdo con Hegel,[5] es lo más aproximado al conocimiento de lo real, en tanto que la realidad es el Espíritu hecho mundo y el pensamiento filosófico está nutrido de esa realidad efectiva (es decir, de la experiencia).

Así, lo concreto no puede comprenderse sin lo abstracto, ambas partes de la realidad son necesarias para que avancemos en el conocimiento. Es por eso que el saber va construyéndose con base en categorías, o conocimiento abstracto, pero que requieren de determinaciones concretas y, desde luego, de la experiencia.

En Marx hay un análisis abstracto que ayuda a conocer objetos en concreto, tal es el caso conocido de su explicación de la mercancía: la forma elemental del sistema capitalista que sirve de vía para develar la realidad de éste. Lo que se plantea Marx es lo siguiente: desvelar el secreto que oculta la forma de la mercancía; así, no se trata solamente de hallar el núcleo real de la mercancía sino la razón del valor de la mercancía, es decir, se trata de de exhibir cómo es que surgen las apariencias, o en otras palabras, cómo es que se da el fetichismo de la mercancía.

Éste es un punto intrincado en la filosofía de Marx que dirige hacia una ontología que rompe el canon clásico filosófico, ya que no se trata de una división hostil entre apariencia y realidad, sino que la apariencia forma parte esencial de la realidad, esto es, que la apariencia se realiza en las relaciones sociales ordinarias. En el capitalismo, las mercancías se reducen a una objetividad espectral, al trabajo humano abstracto (una gelatina de trabajo humano indiferenciado), así, “un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene un valor porque  en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano.”[6] Las mercancías se realizan sólo al ser intercambiadas, el valor de éstas está oculto en la relación social de intercambio.

En este sistema se producen mercancías con el objetivo de crear plusvalor, se trata de un orden social enajenado: el principio es la actividad valorizadora del valor, es el fetiche del capital en donde el valor que engendra valor rinde interés. Una vez que se parte de la mercancía se descubren las relaciones que se establecen en la estructura mercantil, todas las formas de objetividad y subjetividad que conllevan a injusticias y cosificación.

El secreto de la mercancía es desmistificado: los objetos producidos como mercancías llegan a ser innecesarios porque se produce por el mero interés de la ganancia, ya no hay planeación para satisfacer necesidades primarias sino el puro impulso del enriquecimiento de unos cuantos.

El trabajo, que engloba la producción, es la realización histórica de la humanidad cosificada; la propiedad social del trabajo aparece como propiedad objetiva de las mercancías, parece que éstas tienen una propiedad social naturalmente: aparecen relacionándose con el ser humano como si se tratara de deidades.

Este fetichismo de la mercancía confluye en cada momento histórico de nuestra realidad, en los hechos cotidianos cada trabajador y trabajadora son parte de un orden enajenante y fetichizado. Y que cada ser humano sea consciente de esta realidad le brinda las bases para saber cuál es su lugar en la historia, para que sepa que los sufrimientos que vive cada día no son orden divina sino que se pueden desmontar y reemplazar por algo justo. Es por eso que la reflexión profunda sobre la sociedad es imprescindible, es un paso que no debemos obviar si queremos eliminar eficazmente las causas de aquello que nos aqueja.

El impulso principal para transformar el mundo es la injusticia, y lo que posibilita la constancia en esta praxis es, de acuerdo con Ernst Bloch, la esperanza. Se trata de soñar hacia adelante o conscientemente, se trata de “sueños diurnos”. “Los sueños soñados despierto pueden […] hacerse verdaderamente más intensos, es decir, más lúcidos, menos arbitrarios, más conocidos, más entendidos y más en mediación con las cosas. A fin de que el trigo que quiera madurar pueda ser estimulado y recolectado.”[7] Esto implica que todo lo existente ha de ser considerado, no debe pasarse por alto; la realidad, pues, tiene que considerarse en toda su concreción para poder actuar en conformidad y no de manera esporádica, inconsciente o pesimista. Es decir, que cada cual debe insertarse en la historia, en el curso dialéctico de la vida.

Conducirse práxicamente es comprender los fenómenos, que no soportarlos sin entenderlos ni perderse en el lamento sin eliminar la causa y, por tanto, el sufrimiento. No obstante, en el abandono y el sufrimiento, surgen los sueños soñados cuando estamos despiertos; ésta es la filosofía del futuro, teoría-práctica latente que confía en el conocimiento que anticipa lo que no es aún y puede proponer mejores posibilidades para vivir. A través de Marx se pueden hallar posibilidades reales. Lo esencial de nuestra vida se conforma por el pasado, pero sobre todo debe concebirse en relación con nuestro futuro, la lucha necesaria es por los días venideros, en colectivo y concienzudamente.


Betzy Bravo es licenciada en filosofía por la UNAM.

[1] Marx, K., Carta a Arnold Ruge (1843).

[2] Ídem.

[3] Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social [Coneval], “Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2020”, Comunicado núm. 1.

[4] Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], “Estadísticas a propósito del Día del Trabajo. Datos nacionales”, p. 1.

[5] Cf. Hegel, GWF, Fenomenología del espíritu, p. 446.

[6] Marx, K., El capital, p. 47.

[7] Bloch, E., El principio esperanza [1], p. 26.

Bibliografía

Bloch, Ernst, El principio esperanza [1]. Editorial Trotta, España, 2007. [Trad. esp.: Felipe González Vicén].

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), “El desafío social en tiempos del COVID-19”, 12 de mayo de 2020, pp. 22. [En línea]: https://bit.ly/3nii6MQ.

Hegel, G. W. F., Fenomenología del espíritu. Fondo de Cultura Económica, México, 1966. [Trad. esp.: Wenceslao Roces].

Marx, Karl, El Capital. Siglo XXI, Argentina, 2017. [Trad. esp.: Pedro Scarón].

____________, Carta a Arnold Ruge [En línea]: https://bit.ly/3n7eAGp.

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