Por Alan Luna
Octubre 2021

Casi todos los mexicanos tenemos una referencia de la época del Cine de Oro Mexicano, ese periodo entre 1936 y 1956 en el que la producción cinematográfica mexicana fue reconocida a nivel mundial por su calidad técnica y artística y que en el interior del país fue recibida gratamente por su capacidad de llevar a la pantalla las inquietudes, vida y tradiciones del pueblo mexicano. El Cine de Oro Mexicano está asociado a nombres de grandes artistas como Luis Buñuel, Emilio “El indio” Fernández, Dolores del Río, María Félix, Flor Silvestre, Jorge Negrete, Pedro Infante, Mario Moreno “Cantinflas”, Ismael Rodríguez o Julio Bracho. A pesar de que se continúa reconociendo el trabajo de directores, actrices y actores, no siempre se hace justicia con las personas detrás de la cámara, encargadas de presentar las imágenes más congruentes con la historia contada y de cuidar la perspectiva estética de todo el filme.

Gabriel Figueroa fue uno de los cinematógrafos y directores de fotografía más importante del Cine de Oro Mexicano. Su producción abarca títulos como Allá en el Rancho Grande —de Fernando Fuentes, fundador del Cine de Oro Mexicano—, Macario, Nazarín, Los olvidados, Canasta de cuentos mexicanos y La noche de la iguana —de producción estadounidense con la que Figueroa ganó una nominación al Óscar por mejor fotografía—, entre otros.

Casi todas sus grabaciones fueron en blanco y negro, lo que puede ser una desventaja para el público acostumbrado a los colores vívidos del cine actual y más comercializado, pero el manejo de las sombras en manos de Figueroa alcanzó tal maestría que los colores no eran indispensables. Su estilo de fotografía se conoce como realismo, pues se enfocaba en reproducir las sombras y las luces para que la imagen se asemejara a lo que el ojo humano ve. Su fotografía era súper detallista y arriesgada; no todos los cinematógrafos de la cámara en blanco y negro se atrevían a hacer tomas en las que solo un elemento de la imagen fuera el protagonista, pues se requería un elevado grado técnico para que la imagen no estuviera demasiado iluminada u oscura y se perdieran los detalles, pero Figueroa se arriesgó y lo logró.

La calidad técnica y su amplia producción serían suficientes para que Gabriel Figueroa fuera reconocido por las siguientes generaciones de artistas, pero esto sería olvidar el compromiso social que Figueroa adoptó. Su fotografía mostró el paisaje, las costumbres y la vida del México que vivió, y lo hizo tan bien que Diego Rivera lo nombró “el cuarto muralista”. Pero no se limitó con llevar al pueblo mexicano a la pantalla grande, buscó también que el renombre alcanzado contribuyera a mejorar las condiciones de los trabajadores y en 1934 funda, junto con figuras como Jorge Negrete y “Cantinflas”, la Asociación Nacional de Actores, un sindicato de trabajadores del cine y la televisión. En este mismo sentido de defensa de los derechos laborales, Figueroa apoyó la huelga que mantuvieron los trabajadores cinematográficos hollywoodenses en 1946 y no permitió que los laboratorios mexicanos colaboraran con ninguna producción detenida por la huelga.

La vida y producción de Gabriel Figueroa son un ejemplo de que compromiso social y calidad artística no son antagónicos y de que un arte comprometido con el pueblo puede abrir nuevos caminos para el arte y para el pueblo.


Alan Luna es filósofo por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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