Por Bridget Diana y Jesús Lara
Octubre 2021

El vestido con la enorme leyenda en rojo “Tax the rich” (“graven a los ricos») que la Representante del Congreso de Estados Unidos, Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), vistió en la “Met Gala” el pasado 13 de septiembre sigue causando furor y polémica en redes sociales y medios. La Met Gala es un evento de recaudación de fondos para el Museo Metropolitano de Nueva York y es uno de los eventos más exclusivos del mundo, con precios de entrada de hasta 35 mil dólares y en el que se recaudan hasta 12 millones de dólares en una sola noche. Aquí, donde se reúnen algunas de las personas más ricas de Estados Unidos, la invitada AOC aprovechó para promover su propuesta de aumentar la progresividad del sistema impositivo norteamericano.

Las críticas más comunes desde la derecha señalaban la hipocresía que significaba lanzar ese mensaje progresista en un evento de élite (o que la diseñadora del vestido fuera la pareja de un multimillonario). Por otro lado, las defensas se centraban en el carácter machista de las críticas, al evidenciar la “vigilancia” permanente que se cierne sobre los cuerpos de las mujeres. En otro nivel menos superficial, algunos señalaban la importancia de las acciones simbólicas encaminadas a atraer la atención del público para avanzar en fines políticos.

Todas estas posturas pasan por alto una cuestión fundamental: el hecho de que la defensa de posiciones socialmente liberales e incluso progresistas —como el feminismo, el antiracismo y el ambientalismo, banderas del liberalismo estadounidense— se ha vuelto una práctica común de la élite política y corporaciones norteamericanas. Estas posiciones, cabe señalar, ya son aceptadas por una parte muy importante de la población norteamericana. Muchas, incluso, se han vuelto trendy, es decir que dotan al portador de prestigio moral ante un sector importante de la población. Incluso la propuesta tax the rich, que suena casi subversiva en la capital mundial de la meritocracia, es respaldada ya por el 60% de la población, de acuerdo con una encuesta reciente.

Un ejemplo extremo de corporaciones “progresistas” es la empresa de helados Ben & Jerry, famosa por sus pronuncionamientos con respecto a temas políticos y sociales, que dejó de vender helados en Israel y que recientemente sacó a la venta un nuevo sabor en apoyo a la consigna “Defund the police” (desfinancien a la policía), que ganó fuerza en la opinión pública como parte del movimiento Black Lives Matter (BLM) después del asesinato de George Floyd el año pasado. La estrategia, pues, va desde agregar etiquetas y eslóganes en productos —sin ninguna implicación más allá de la publicitaria— hasta pronunciamientos más elaborados y, en muy pocos casos, acciones concretas dirigidas a promover esas causas.

A pesar de su diversidad, todas estas acciones comparten una concepción de la política basada en el autoseñalamiento y las prácticas individuales. En esto consiste su carácter reaccionario: en promover un tipo de acción política inofensiva al sistema económico y los intereses que lo defienden.  ¿Cuáles son las causas detrás del surgimiento de este capitalismo woke? Una primera aproximación es que las personas a cargo de las corporaciones y empleados en general se identifican con esas posiciones. Sin embargo, hay motivos tanto políticos como económicos que ayudan a explicar este fenómeno.  Por un lado, promover valores socialmente liberales y progresistas les ayuda a adquirir una opinión positiva en los ojos de políticos y tomadores de decisiones que respaldan, al menos en la forma, estas causas. Esta buena relación, además, les ayuda en sus esfuerzos para evitar regulaciones y reformas que sí afectan sus intereses económicos (como las subidas de impuestos, el combate a la evasión fiscal, políticas antitrust, reformas laborales pro-trabajadores, etc.). La defensa de causas sociales, en contraste, no afecta en lo fundamental sus prácticas encaminadas a aumentar sus ganancias.

Además, hay un componente de marketing cada vez más importante. El mercado de consumo “local” y “ético” es muy amplio; consiste en la compra de productos con eslóganes woke en tiendas o a productores que claman tener métodos ambientalmente sustentables de producción y dar “buen trato” a sus trabajadores. Muchas personas —aunque, claro, todas con el dinero suficiente para hacerlo— adoptan estas formas de consumo, creyendo genuinamente que así contribuyen a hacer una diferencia positiva en el mundo. De esa forma, a través de un branding (gestión de marca) progresista, tanto pequeños negocios como  grandes corporaciones capturan el mercado de las clases medias urbanas y liberales de Estados Unidos.

No hay duda de que, en general, los valores que se promueven son importantes y le preocupan sinceramante  a muchas personas. Pero, además de la publicidad, comercializarlos de esta forma ayuda a pocos, si es que a alguien. Mientras las corporaciones defienden estos valores en los EEUU, no podrían interesarles menos en los lugares del mundo a donde envían sus actividades menos amigables con el ambiente y los trabajadores. La promoción de estas causas puede tener cierto avance y atractivo en países ricos y “post-industriales”, pero tienen poco futuro en las naciones pobres y súper explotadas del Sur Global, donde los grandes monopolios del imperialismo manipulan la política económica para que ésta sirva a sus intereses inmediatos, sin importarles en lo más mínimo el medio ambiente, la justicia laboral, racial o de género.

Además de la aplicación selectiva de estos valores, hay una consecuencia más importante del capitalismo woke. Es parte de la tendencia iniciada en los setentas del siglo pasado, que consiste en separar las cuestiones relacionadas con el bienestar material, la distribución del poder en la sociedad y las clases sociales —cuestiones clave para la izquierda revolucionaria clásica— de problemas relacionados con la identidad, el género o el medio ambiente. Esta separación artificial es funcional al capitalismo y sus monopolios, en tanto permite que problemas como la explotación y la concentración del poder económico y político queden fuera del debate público y la agenda de las organizaciones políticas. Esta separación ha contribuido enormemente a la confusión de las masas norteamericanas que, inconformes con su realidad y la de otros sectores, no saben hacia dónde o contra quién canalizar esa energía. El capitalismo woke contribuye a crear esa confusión y la aprovecha ofreciéndole a las masas una respuesta: participa políticamente cambiando tus hábitos de consumo y prácticas individuales, como lo proponemos nosotros. Así, contienen la energía política de las masas y aumentan sus ganancias: negocio redondo.

Finalmente, es importante destacar que el vestido de AOC es, en muchos sentidos, distinto de estas prácticas. Gravar a los ricos es un cambio potencialmente importante; mucho más sustancioso que vender una playera con el eslogan “apoya a la mujeres”. Pero es similar en que no se opone al status quo, y contribuye a la confusión acerca de dónde vienen los problemas de las masas populares y, sobre todo, cómo luchar contra ellos. Es decir, tanto el capitalismo woke como las actividades performativas de los políticos demócratas contribuyen a la división de las masas populares que, de diversas formas, son explotadas, oprimidas y excluidas por el capitalismo. La emancipación de las masas no será obra de políticos ni de corporaciones socialmente responsables; mucho menos será resultado de prácticas de consumo individuales o repetición de consignas; será el resultado de su organización y lucha conscientes. Construir a la organización de las clases trabajadoras norteamericanas es la tarea del momento y una parte de eso consiste en luchar contra los falsos ídolos y los cantos de sirena de los explotadores.


Bridget Diana y Jesús Lara son economistas por The University of Massachusetts Amherst.

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