Por Gladis Mejía
Octubre 2021

En El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en 1916, Lenin analizó la fase imperialista del capitalismo liderada por Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos, y presentó un cuadro de la economía mundial capitalista en sus relaciones internacionales en vísperas de la primera guerra mundial. Pues bien, entre las características esenciales que definen y consolidan al imperialismo, dice Lenin, está la exportación de capitales. Mientras que lo que caracterizaba al viejo capitalismo del siglo XIX, en el que dominaba la libre competencia, era la exportación de mercancías, lo que caracteriza al capitalismo a partir del siglo XX, en el que impera el monopolio, es la exportación de capitales.

La exportación de capitales surgió de la necesidad del capital de seguir creciendo, pero se encontró con dos grandes obstáculos dentro de sus fronteras nacionales: de espacio físico o de ramas económicas donde extender sus tentáculos, pues todas están ya concentradas y centralizadas bajo la lógica del capital. Este enorme excedente de capital que se produjo en los países avanzados tenía que cumplir su función de continua valorización, de continuo crecimiento con cada ciclo productivo que le permitiera identificarse como tal, y comenzó a exportarse a otros países, principalmente a los países subdesarrollados, donde, por cierto, las ganancias son más elevadas que de ordinario debido al bajo precio de las materias primas y de la fuerza de trabajo.

Así, esta característica particular del imperialismo se reprodujo durante todo el siglo XX. Sin embargo, con el cambio en la correlación de fuerzas al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra y la City de Londres dejaron de ser centro el imperio, y su lugar lo ocupó Estados Unidos y Wall Street. De hecho, el Plan Marshall consistía, entre otras cosas, en una fuerte inversión extranjera directa de Estados Unidos destinada a la reconstrucción de Europa y fue el más ambicioso proyecto de la posguerra. El capital extranjero también ingresó a México en esta etapa, pero con fuertes regulaciones y en determinadas ramas económicas bien definidas. Sin embargo, a partir de la década de 1970, el patrón de acumulación de los países desarrollados hizo agua, y se manifestó en una severa estanflación (inflación sin crecimiento económico). El imperialismo tenía que reinventarse.

Para ello, comenzó una expansión agresiva y más fuerte de las empresas trasnacionales alrededor del mundo, impulsada por el impresionante desarrollo en las comunicaciones y transportes, pero con la particularidad de que el proceso productivo de una sola mercancía se repartió entre los países del orbe. Dentro de la cadena productiva, los países desarrollados ocuparon la parte de la cadena que le aporta mayor valor agregado al proceso (investigación y desarrollo, diseño, marketing, etc.), mientras que los países subdesarrollados integrados a este funcionamiento ocuparon la parte que le agregaba un menor valor (producción, ensamblaje, embalaje, etc.). México, evidentemente, formó parte de los últimos.

La contraparte de la expansión de las trasnacionales fue la exigencia desde los organismos internacionales hacia los países en desarrollo de relajar todas las medidas proteccionistas de su industria nativa y de eliminar las restricciones arancelarias, de impuestos o de ramas económicas a la inversión extranjera. Se argumentó que, por un lado, la inversión extranjera directa ayudaría a cubrir las necesidades de financiamiento que tenían los países porque su ahorro interno era insuficiente, lo que incrementaría la inversión global y la ampliación de la planta productiva, aumentando, en el corto plazo, el producto y el empleo; y por el otro, el argumento de la transferencia de la tecnología, ya que la empresa extranjera introduciría nuevos productos, procesos y organización en el mercado local, eso aumentaría el know how, lo que, a su vez, generaría derramas económicas que se esparcirían de manera indirecta entre las empresas competidoras y entre sus clientes y proveedores[1]. Todo ello ayudaría a que los países aumentaran su ritmo de crecimiento, y, en un futuro no muy lejano, pudieran lograr la convergencia con los países desarrollados.

A la luz de la actual coyuntura económica, donde la crisis causada por la Covid-19 ha desvelado la terrorífica desigualdad mundial, estos resultados solo han ocurrido en muy pocos países: China, Corea del Sur, Taiwán y Singapur. Si se aplica un poco la lupa, no obstante, éstos no siguieron al pie de la letra las recetas de los organismos internacionales. Muy al contrario, al mismo tiempo que sucedía su apertura comercial, había una fuerte intervención estatal con políticas económicas que protegieron aquellas industrias que consideraban de seguridad nacional, así como a sus capitalistas locales, fomentando la ciencia y la tecnología dentro de sus fronteras.

En México, el proceso de apertura sucedió de manera diferente. Desde la década de 1980 se promovió activamente la entrada de inversión extranjera directa relajando las restricciones impuestas durante el periodo de la industrialización por sustitución de importaciones. Pero hasta 1993 se aprobó una nueva ley de IED, donde se redujo aún más el número de actividades en las cuales la participación extranjera estaba restringida, todo ello para hacer compatible las regulaciones legales con el TLCAN, firmado en 1994, y, particularmente, para favorecer la entrada de las industrias de los automóviles y textiles de capitales estadounidenses o canadienses[2]. La mayor enmienda a esta ley se realizó en 1999, donde se liberalizaron la mayoría de los servicios financieros: se permitió la participación de inversión extranjera directa en el sector financiero en un 100%, particularmente en bancos comerciales; asimismo, la distribución de gas y servicios ferroviarios se desreguló completamente[3].

Así, pues, sin prácticamente ninguna clase de discriminación ni excepción, sin priorizar aquellas ramas económicas que se pudieran considerar de seguridad nacional, el país permitió la entrada del capital extranjero en donde éste quisiese invertir. Los supuestos resultados de la liberalización indiscriminada, i.e., la convergencia con los países desarrollados, las derramas económicas que traería la IED, los encadenamientos hacia atrás y hacia adelante que generaría con el resto de las actividades económicas, no se ven por ningún lado o son mínimos. Es cierto que la capacidad exportadora del país mejoró notablemente, pero esto solo beneficia a las empresas exportadoras que están insertas en las cadenas globales de valor, donde México actúa solamente como ensambladora, prestando una única ventaja competitiva, estática, durante estas últimas décadas: mano de obra barata.

Pero hay otros problemas con la IED, más allá de los ya mencionados. Los años donde México rompió su récord y registró entradas de capital directo nunca vistas fueron en 2001 y entre 2010 y 2013. El primer año se debió a la compra del Banco Nacional de México (BANAMEX), en ese entonces el mayor banco comercial del país, por Citicorp, una empresa estadounidense. El récord de 2010-2013 se debió a la compra de las empresas mexicanas Cervecería Cuauhtémoc Moctezuma y Grupo Modelo por la empresa holandesa Heineken y la belga-brasileña AB InBev, respectivamente. Es decir que lejos de invertir en capital físico, se adquirió un capital mexicano ya existente, con capital humano ya existente, y no trajeron consigo nuevo capital físico, ni mayor empleo en el mediano plazo, y difícilmente podría argumentarse que generaron derramas tecnológicas.

La entrada de Inversión Extranjera Directa no representa por sí misma una gran conquista, ni para el país, ni para sus capacidades tecnológicas; y menos tiene sentido que se presuma, con bombo y platillo, como un logro del gobierno. En 2020, el reporte anual sobre Inversión Extranjera Directa que realiza la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés), señaló una creciente ola de proteccionismo entre los países desarrollados con el fin de proteger algunas ramas económicas, aquellas que considera de seguridad nacional (sobre todo ante la amenaza china), e incluso en Europa está en discusión la aplicación de una nueva política industrial. México debería aprovechar esta coyuntura internacional, pues representa una vía de escape al modelo económico que hemos venido siguiendo en las últimas décadas, pero, aunque se diga lo contrario, el actual gobierno sigue promoviendo el neoliberalismo.


Gladis Mejía es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Romero, J. (2019). Contribution of foreign direct investment to Mexico’s economic growth during the neoliberal period (No. 2019-01). El Colegio de México, Centro de Estudios Económicos.

[2] Pacheco‐López, P. (2005). Foreign direct investment, exports and imports in Mexico. World Economy, 28(8), 1157-1172.

[3] Íbid.

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