Por Pablo Hernández Jaime
Octubre 2021

Siempre y para mal, me sorprende escuchar a quienes proclaman la inutilidad de la filosofía. Se dice que no sirve para nada, que no es necesaria, que son puras especulaciones sin sentido o que ya fue superada por “la ciencia” y “la tecnología.” Cuando escucho tales sentencias, temo que quienes así se pronuncian en realidad no saben de lo que hablan. Pero temo aún más que esta idea llegue a generalizarse y que sea, precisamente, el pueblo quien llegue a opinar así.

Para mí, la filosofía es de un valor e importancia incalculables. Sin embargo, para justificar mi punto de vista, trataré de desarrollar algunas ideas al respecto.

La primera pregunta, y quizá la más difícil, es ¿qué entender por filosofía? Por supuesto, no hay una sola respuesta. Cuando pensamos en la filosofía quizá pensemos en grandes libros o grandes personajes. Vienen a nuestra mente nombres como Confucio, Heráclito, Hipatia, Aristóteles, Spinoza, Wollstonecraft, Kant, Simone De Beauvoir, Hegel, etcétera. O quizá pensemos en términos como metafísica, ética, teología, estética, lógica, entre otros. O tal vez pensemos sencillamente que la filosofía es aquello que hacen los filósofos y las filósofas, que estudian en una universidad, rodeados de grandes libros, y que se dedican a leer y a pensar todo el tiempo sobre problemas que tal vez no nos queden muy claros.

Acaso parezca una perogrullada decir que la filosofía es lo que hacen los filósofos. Pero me parece que es una buena forma de comenzar porque, ¿qué hacen los filósofos, a final de cuentas? Y la mejor manera que encuentro para responder esta pregunta es afirmando que el filósofo reflexiona sistemáticamente. Pero ¿qué es una reflexión sistemática? Para responder esta pregunta es necesario decir que la reflexión es una cualidad del pensamiento humano. Pero vamos por partes. Todos pensamos. Todos recuperamos información de la realidad a partir de nuestra experiencia y la analizamos. Pensamos lo que nos pasó hoy en el trabajo o en la escuela. Pensamos en las cosas que nos gustan o en las que nos gustaría hacer. Pensamos en las cosas que nos hacen enojar, que nos ponen felices o nos hacen sentir tristes. Y buscamos explicaciones para las cosas que vemos, para las cosas que les pasan a otros o las que nos pasan a nosotros. Todo esto es pensar.

Sin embargo, nuestros pensamientos descansan, de una u otra manera, en nuestras creencias. Y no me refiero a creencias religiosas, necesariamente. Una creencia es algo que yo pienso y afirmo como verdadero. Puedo creer, por ejemplo, que el fuego quema, que la tierra gira alrededor del sol, que existe la fuerza de gravedad, que la “naturaleza humana” es ser egoísta o que las sociedades siempre han sido y siempre serán injustas. O puedo creer, quizá, que hay personas que nacen siendo malas y otras buenas, o que hay quienes nacen con un talento especial para las artes y otras que no. Quizá crea en el destino, en la magia, en el “más allá” o en alguna religión. O quizá no crea en la religión, pero sí en la ciencia.

Todo lo que yo pienso y afirmo como verdadero es una creencia. Y hay creencias que resultan una obviedad para todos, como que el fuego quema. Pero ¿qué pasa con otro tipo de creencias más difíciles de comprobar? Por ejemplo ¿cómo sabemos que es la tierra la que gira alrededor del sol y no al revés, como parecieran decirnos nuestros ojos cuando vemos que “el sol sale” por el este y “se oculta” por el oeste? ¿Cómo sabemos si hay, o no, gente que nace buena o mala? ¿Qué es eso que llamamos “naturaleza humana” y cómo sabemos si es egoísta o no? ¿existe el destino o la magia? Todas estas preguntas son más difíciles de responder. Tal vez para algunos resulten “obvias” y eso será, a final de cuentas, porque ellos ya tienen una creencia arraigada en su pensamiento. Sin embargo, frente a estas preguntas, será fácil encontrar que diferentes personas tienen distintas respuestas o quizá descubramos que hay quienes ni siquiera se han hecho estas preguntas.

Todos pensamos y nuestros pensamientos están llenos de creencias sobre el mundo, sobre nosotros mismos y sobre los demás. Sin embargo, hay creencias que muchas veces no cuestionamos ni analizamos. A veces no sabemos bien por qué creemos lo que creemos, incluso si creemos cosas contradictorias. Es ilustrativo, por ejemplo, cómo muchos dichos populares tienen otro dicho que dice lo contrario: piensa mal y acertarás vs cree el ladrón que todos son de su condición; a quien madruga Dios lo ayuda vs no por mucho madrugar amanece más temprano; mala hierba nunca muere vs no hay mal que dure 100 años.

Pero ¿qué es pensar reflexivamente? Una manera sencilla de decirlo es con una metáfora: la reflexión es como el espejo de nuestro pensamiento, donde éste se voltea a ver a sí mismo. Así, y dicho en términos muy generales, la diferencia entre pensar reflexivamente y pensar irreflexivamente es que en el primer caso el pensamiento no solo presta atención a la situación o problema que analiza, sino que también presta atención a las creencias que pone en juego y a la manera en que razona. La reflexividad es el punto de partida para corregir y mejorar nuestra forma de pensar. Y todos pensamos reflexivamente de vez en cuando. Sin embargo, el pensamiento filosófico es un pensamiento sistemáticamente reflexivo. En otras palabras, el pensamiento filosófico es un pensamiento que se plantea a sí mismo el propósito explícito de analizar algún fenómeno o problema vigilando constantemente las creencias que pone en juego y los razonamientos que utiliza para analizarlo.

No es gratuito, entonces, que la filosofía sea la madre de todas las ciencias. Todas las ciencias que conocemos hoy, en su momento fueron desprendiéndose poco a poco de la filosofía. La psicología era una rama de la filosofía. La sociología, antes de ser una ciencia aparte, era filosofía social. Y lo mismo pasó con la economía, la biología, la química, la física, la medicina y las matemáticas. Muchos de los primeros filósofos se dedicaban a abordar una gran cantidad de estos problemas. Sin embargo, con el desarrollo del pensamiento y el avance del conocimiento se fue haciendo necesaria la especialización, sobre todo en aquellas áreas dedicadas a los fenómenos más evidentemente materiales. Así, las áreas de conocimiento orientadas a describir, comprender y explicar los distintos aspectos de la realidad fueron ganando autonomía e independencia.  

Como resultado de este proceso, lo que suele entenderse como filosofía se ha visto reducido a ciertas áreas que, en lo general, parecieran no orientarse directamente a fenómenos de la realidad. Históricamente, comenzamos a ver a la filosofía como abocada a problemas muy abstractos: ¿cuál es la naturaleza del ser?, ¿qué es la belleza?, ¿es posible el conocimiento?, ¿cómo entender el bien y el mal?, ¿existe Dios?, ¿qué es la justicia?, ¿qué es la libertad?

Sin embargo, esta apreciación de la filosofía es imprecisa. Es cierto que las distintas ciencias están dedicadas a estudiar, de manera sistemática, los diferentes aspectos de la realidad. En cierto modo, las ciencias naturales, sociales y cognitivas se han repartido el mundo cognoscible. Sin embargo, de aquí no se sigue que estas ciencias caigan fuera del dominio de la filosofía. ¿Por qué? Porque el quehacer científico, al ganar independencia y especialización, muchas veces pierde de vista otro tipo de problemáticas propias de su quehacer. Y entonces pasa una cosa muy interesante. La ciencia misma se vuelve objeto de reflexión filosófica. Así es como nacen la filosofía de la física, de las matemáticas, de las ciencias cognitivas, de la biología, etcétera. Y así es como, a pesar del nacimiento de las ciencias sociales, la filosofía política nunca fue sustituida. Las ciencias no suprimen a la filosofía, sino que la llevan a un nuevo nivel[1].

Lo que tienen en común el desarrollo de la filosofía, la ciencia y las nuevas filosofías es que, en todos los casos, hay un ejercicio de reflexión sistemática. Este ejercicio es lo que constituye el corazón de la filosofía.

Pero quizás sea pertinente hacer una aclaración adicional. Sí, la reflexión sistemática es la actividad central de la filosofía. Pero la filosofía, en su historia, ha tenido muchos avances. Muchos filósofos y filósofas han dedicado grandes esfuerzos a analizar una gran cantidad de fenómenos y problemas. Y como resultado de esta actividad, han surgido escuelas y corrientes de pensamiento, se han erigido teorías y se han identificado nuevas problemáticas. Todo esto también es filosofía. Pero aquí la filosofía no se nos presenta como actividad, como práctica, sino como un producto o resultado de esa actividad. Aquí la filosofía se nos presenta como la obra de los filósofos. Y esta obra es muy importante, porque –parafraseando a Engels (1974)– nada nos ayuda más a desarrollar nuestro propio pensamiento reflexivo que atendiendo a las reflexiones sistemáticas de otros; y nada nos ayuda más a avanzar en el horizonte del pensamiento filosófico que conociendo los avances de otros pensadores.

Por lo general, la formación profesional de los filósofos sigue esta línea: los estudiantes abordan la historia y el pensamiento de otros filósofos, conocen las diferentes tradiciones y escuelas de pensamiento, y tratan de participar con sus propias reflexiones en el análisis de algún problema que les haya resultado interesante. Por eso, a veces, pudiera parecer que los filósofos solo se dedican a leer a grandes pensadores, a analizar problemas y conceptos de esos pensadores, y a escribir sus propias ideas al respecto. Y probablemente la filosofía académica suela comportarse de esta manera. Sin embargo, de aquí no se sigue que tales reflexiones estén desconectadas de la realidad; además, la filosofía no se circunscribe necesariamente a la academia. Y este es el punto al que quiero llegar.

En su desarrollo histórico, la filosofía también se ha ido especializando. Por eso, a veces pareciera que es algo muy abstracto y alejado de nosotros. Sin embargo, no hay que perder de vista que la filosofía no se reduce a las tradiciones o teorías. El corazón de la filosofía, lo que mantiene viva a la filosofía es la reflexión sistemática. Por supuesto, esto no es un llamado a hacer a un lado las distintas tradiciones filosóficas. Estas tradiciones son necesarias y muy útiles, como ya mencioné. Sin embargo y a mi modo de ver, es preciso enfatizar el carácter de la filosofía como práctica, como actividad. ¿Por qué? Porque la filosofía es un arma de liberación.

Cuando una persona desarrolla su capacidad de reflexión sistemática, muchas cosas empiezan a pasar. En principio, la persona se vuelve más capaz de dudar. Pero no me refiero a una duda torpe, que solo desconfía por desconfiar, probablemente por aferrarse irreflexivamente a sus propias creencias, sino a una duda inteligente, que cuestiona las razones de su propio pensamiento y, en esa medida, es más consciente de lo que cree y por qué lo cree. Ejercitar el pensamiento filosófico hace, también, que las personas afilen su capacidad de análisis. Su pensamiento, entonces, se vuelve más riguroso y ordenado. Y con esto, las personas van adquiriendo la capacidad de ser críticas. Y por crítica no me refiero a la sola capacidad de juzgar y valorar las cosas como buenas o malas o como correctas o equivocadas. La crítica, filosóficamente hablando, no consiste solo en emitir un juicio. Cualquiera puede juzgar, a veces equivocadamente. Pero la crítica es otra cosa. La crítica es la superación de nuestras concepciones previas; es la sustitución de dichas concepciones por otras nuevas y más precisas, más cercanas a la verdad. Cuando una persona desarrolla su capacidad de reflexión sistemática, entonces, es más cautelosa con sus creencias, más ordenada y rigurosa para analizar problemas y situaciones, y se va volviendo crítica.

Y es precisamente esta cualidad, la de ser críticos, la que nos permite, poco a poco, desarrollar una consciencia más verdadera de nuestra realidad, tanto de la realidad que vivimos como de la realidad que somos. En otras palabras, la conciencia crítica es la base para conocernos a nosotros mismos y para conocer nuestra posición en el mundo. Y en esa medida, la conciencia crítica, no solo es la base de una nueva y más precisa comprensión de la realidad, sino que también es la base para su transformación.

Precisamente a esto se refería Gramsci, en sus Apuntes para una introducción y una iniciación en el estudio de la filosofía y de la historia de la cultura (1975), cuando formulaba la siguiente pregunta:

¿Es preferible “pensar” sin tener conciencia crítica, en forma disgregada y ocasional, o sea “participar” en una concepción del mundo “impuesta” mecánicamente por el ambiente externo, y por lo tanto por uno de tantos grupos sociales en los cuales cada cual se encuentra automáticamente incluido desde su entrada en el mundo consciente (…) o es preferible elaborar la propia concepción del mundo consciente y críticamente y por lo tanto, en conexión con tal esfuerzo del propio cerebro, elegir la propia esfera de actividad, participar activamente en la producción de la historia del mundo, ser guía de sí mismos y no ya aceptar pasivamente y supinamente desde el exterior el sello de la propia personalidad? (Gramsci, 1975, p. 246).

La consciencia crítica, entonces, nos permite “participar activamente en la producción de la historia del mundo.” Y esa historia no es otra que nuestra propia historia. La filosofía, en la medida que desarrolla nuestra capacidad de reflexión sistemática y nos permite pensar críticamente, nos ayuda a alumbrar nuestro camino. Y yo creo que esto es de una importancia y valor incalculables. Por eso temo cuando se menosprecia la importancia de la filosofía. Y por eso temo aún más que esta opinión llegue a generalizarse y que llegue a ser el pueblo mismo quien opine así. Porque nuestra realidad social dista enormemente de ser el mejor de los mundos posibles. Vivimos constantemente bajo el yugo lacerante de muchas formas de desigualdad, pobreza, violencia y represión. Millones de personas sufrimos las consecuencias de estos problemas, y sin embargo hay quienes las sufren en grado mayor. Y nadie vendrá a rescatarnos. No existen los salvadores. Es el pueblo mismo, los trabajadores, las personas en situación de pobreza, las mujeres y todos los grupos subalternos que, de una u otra forma, experimentan en carne propia los malestares más acuciantes de esta sociedad, los que tienen que levantarse y hacerse oír, hacerse ver, hacerse sentir: existimos, aquí estamos, y merecemos algo mejor.  

La filosofía no es útil para los tiranos, pero es urgente para quienes deben soportarlos.


Pablo Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Hay otra razón por la que ninguna ciencia cae fuera del dominio de la filosofía y es que el ejercicio de cualquier ciencia supone dos cosas: por un lado, una postura epistemológica y, por otro lado, un ejercicio metodológico. Ambas cosas, la epistemología y la metodología, están en el corazón de la ciencia y ambas están fuertemente ancladas en la filosofía. Sin embargo, este problema escapa a los límites del presente ensayo.

Referencias

Dolléans, É. (1962). Historia del Movimiento Obrero. Tomo 1. 1830-1871. Editorial Universitaria de Buenos Aires.

Engels, F. (1974). Viejo Prólogo para el “Anti-Dühring.” In C. Marx y F. Engels: Obras Escogidas en Tres Tomos. Tomo III. Progreso.

Gramsci, A. (1975). Apuntes para una introducción y un inicio en el estudio de la filosofía y la historia de la cultura. In V. Garratana (Ed.), Cuadernos de la cárcel. Tomo 4. Ediciones Era.

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