Por Eduardo Durán
Octubre 2021

América Latina y el Caribe es la región más desigual del mundo con un coeficiente de Gini de .462 en 2019[1], mientras que para México el coeficiente es de .434[2]. Hablar de la desigualdad es complejo, y sin embargo, las corrientes de pensamiento económico coinciden en que un nivel grande de desigualdad no es deseable, aunque cada corriente justifica este argumento y cuantifica la desigualdad a su manera.

La igualdad de bienes como una condición socioeconómica deseable caracterizaba el pensamiento de los precursores de los socialistas utópicos, como el caso de Tomás Moro, en su libro Utopía. Con el paso del tiempo, parecería que el pensamiento económico dominante aceptó que “cierto nivel de desigualdad” no es tan malo. Algunas corrientes económicas argumentan que la desigualdad es la que impulsa a los individuos a querer mejorar sus condiciones, espoleando así el mejoramiento de procesos productivos y la calidad de vida de las personas.

Actualmente, el alto grado de concentración de la riqueza a nivel mundial provoca que nos cuestionemos sobre cuáles serían los niveles “deseables” de la desigualdad. Estas interrogantes se podrían resolver desde el punto de vista moral, pues habría que reflexionar si se debe permitir que haya personas que gasten cantidades ingentes de dinero, por ejemplo, en bisutería, mientras que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reporta que 24,000 personas pierden la vida diariamente por hambre. Discutir sobre cuál debería de ser la moral que debe guiar a una sociedad sería complejo y difícilmente se llegaría a un consenso, pues “las líneas morales también adquieren sus matices según el contexto histórico y social en el que surgen”.[3]

Existen razones económicas, además de las morales, para intentar reducir la desigualdad. Por ejemplo, López y Perry (2008) argumentan que “dado cierto nivel de ingreso per cápita promedio, una mayor desigualdad supone también un mayor nivel de pobreza. A esta afirmación cualitativa se suma el hecho de que el impacto de la desigualdad en términos de pobreza es bastante fuerte desde un punto de vista cuantitativo”[4]. Es decir, al comparar dos países con un nivel de ingreso per cápita similar, si el nivel de desigualdad es mayor en alguno de ellos, hay un mayor número de pobres en ese país. Así también hay estudios, como el de Ravallion (2004), que demuestran que en países con altos niveles de pobreza y de desigualdad, la reducción de la pobreza se vuelve más difícil: un país con altos niveles de desigualdad, requerirá crecer a tasas más altas para reducir la pobreza, lo que dificulta y retrasa su erradicación. La desigualdad es como una plaga, pues se reproduce a ritmos cada vez más rápidos.

Ahora bien, el origen de la desigualdad está situada, históricamente, en a la creación del excedente, que nace junto con la aparición del esclavismo como sistema económico y social. Sin embargo, en el espectro económico existen otras explicaciones. Para la Oxfam[5], el germen de la desigualdad económica comienza en los inicios de la industrialización. Para Stiglitz, hablando del caso de América Latina, fue la disputa entre colonizadores e indígenas lo que sembró la semilla de la desigualdad, aunado a la desigual distribución de la tierra, lo que generó la existencia de algunas familias muy ricas y de muchas familias muy pobres; además, también toma en cuenta el rol del elemento racial como factor discriminante.[6] Max Weber[7], por su parte, va más allá, pues argumenta que quienes han sido privilegiados por el sistema buscan mantener el statu quo: “el que está mejor situado siente la urgente necesidad de considerar como ‘legítima’ su posición privilegiada, de considerar su propia situación como resultado de un ‘mérito’ y la ajena como producto de una ‘culpa’”.

Dentro del mismo sistema capitalista, diferentes propuestas para la reducción de la desigualdad se han discutido, sin embargo, aún no existe un consenso, pues hay tantas propuestas como intereses. La agenda de la ONU busca que, gradualmente, para el 2030: 1) los países logren mantener el aumento de los ingresos del 40% más pobre por encima de la media nacional actual; 2) impulsar la ayuda oficial al desarrollo para los países con más necesidades; 3) fomentar la inclusión social, política y económica en toda la población sin ningún tipo de discriminación; 4) asegurar la igualdad de oportunidades; 5) aprobar políticas (de protección social, salariales y fiscales) en pos de esa igualdad; 6) mejorar la regulación y supervisión de los organismos y mercados financieros, y reforzar la aplicación de esas leyes; 7) garantizar más representación y participación de las regiones en desarrollo en la toma de decisiones de los organismos financieros y económicos internacionales; 8) favorecer la migración y movilidad seguras de las personas; 9) emplear el fundamento del trato especial y diferenciado a las regiones en desarrollo, de acuerdo con los pactos de la Organización Mundial del Comercio (OMC); y 10) acotar por debajo del 3% los costes de transacción de los envíos de las personas migrantes y acabar con los agentes de remesas de un valor superior al 5%.

Por otro lado, Oxfam, tiene dos géneros de propuestas. Las primeras tratan de regular la desigualdad a través del mismo mecanismo de mercado, mientras que las segundas por el lado de las políticas públicas. En el documento “10 gestos para contribuir a paliar la desigualdad”, se recomienda comprar productos de comercio justo, ayudar a la economía local, mantenerse informado, invita a las empresas a ser responsables y transparentes, entre otras. Dentro del segundo género de propuestas, se encuentran propuestas como la de un salario mínimo digno, acabar con la brecha salarial entre hombres y mujeres, imposición de una escala de sueldos más justas (que los altos mandos no rebasen más de 10 veces el sueldo medio del lugar de trabajo) y aumentar los impuestos a los que más ingresos tienen. El Centro de Estudios Espinosa Yglesias está fundado sobre la idea de que les toca a los millonarios reconocer la desigualdad y estar dispuestos a aportar al combate de ésta, apelando a la moral de los empresarios.

Dada la gran diversidad de propuestas para el combate a la desigualdad, parece que los académicos van llegando a un consenso que implica reconocer la importancia del Estado y la posibilidad de reducir la desigualdad a través de los impuestos directos (al ingreso y no al consumo) y aumentar las transferencias hacia los más pobres. Así, para combatir la desigualdad en un plazo inmediato, es necesaria una política fiscal progresiva que cobre mayores cuotas impositivas a los que ganan más y una redirección del gasto social a las clases más bajas.

Finalmente, estas propuestas, no hay que olvidar, buscan remedios inmediatos. La desigualdad está impulsada por el sistema de producción capitalista, y, si no se encuentra una manera estructural de revertir los efectos causados por el mismo sistema, o cambiar el sistema, cualquier acción resultará en vano en el largo plazo.


Eduardo Durán es economista por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales

[1] El coeficiente de Gini es un indicador que sirve para medir el grado de desigualdad en la distribución del ingreso entre individuos u hogares dentro de una economía. Su valor oscila entre cero y uno; a mayor valor del índice mayor desigualdad en la distribución del ingreso.

[2] Fuente: Cepal

[3] https://cemees.org/2020/09/30/transformar-no-es-moralizar/

[4] López, J. H., & Perry, G. (2008). Determinantes y consecuencias de la desigualdad en América Latina. paradigmas del desarrollo, 137.

[5] https://blog.oxfamintermon.org/desigualdad-economica-en-el-mundo-consecuencias-y-mucho-por-hacer/

[6] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51390621

[7] Weber, M. 1. (1964). Economía y sociedad esbozo de sociología comprensiva. México Fondo de Cultura Económica.

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