Por Victoria Herrera
Septiembre 2021

No nos engañemos, a estas alturas del partido resulta más que evidente cuál ha sido el uso que el gobierno actual le ha dado a la Historia. No se trata, en pocas palabras, más que de una función legitimista, es decir, de una Historia que define y afirma al gobernante como tal y, en ese sentido, una Historia que desconoce, detracta y descalifica a quienes no se adhieren a esa lectura ad hoc del pasado. Por tal razón, lo que el presidente de México afirma en su tribuna predilecta y en los espacios a su alcance es una verdad eterna, como si por su boca hablara “la Verdad”, al puro estilo de la nobleza francesa, cuya voluntad era un designio divino y no debía suscitar objeción alguna.

No es de sorprenderse, entonces, que después de los arreglos espurios que le hizo al año de fundación de Tenochtitlan –1325, aproximadamente, por 1321­– para que correspondiera con su teleología mexicana ahora nos decrete el momento exacto en que surgió el movimiento feminista en México. Según el presidente López Obrador, quien expidió una de las dos actas de nacimiento de este movimiento, el movimiento feminista local nació hace tan sólo dos años con el único propósito de afectar a su “cuarta transformación”.

La otra acta de nacimiento del movimiento feminista mexicano fue emitida por el afamado académico Guillermo Sheridan, quien le otorgó un certificado de antigüedad un poco más remoto. Sheridan asegura que Octavio Paz fue el primer pensador mexicano que habló en México del pensamiento feminista cerca de los años sesenta. No importa, en ninguno de los dos casos, lo que sucedió en 1916, cuando se celebraron congresos abiertamente feministas en Yucatán para discutir el papel de la mujer en la vida política, ni las organizaciones políticas y sufragistas, congresos y revistas de mujeres de los años treinta. Ambos ignoran, en todo caso, la importancia de la mujer en la construcción del México contemporáneo y, por tanto, omiten y anulan el peso político que tienen y han tenido las mujeres para la edificación de un nuevo país.

Lo que realmente preocupa no es sólo el desconocimiento y la omisión del pasado nacional que exhiben dos figuras públicas, sino el uso ególatra que se hace de la Historia, sobre todo en lo que corresponde al máximo representante de una nación que se presume democrática. Ambos recuerdan a Tolstoi, quien llegó a creer que la realidad desaparecía cuando él no la veía: “imaginaba –relata el autor de Guerra y paz– que fuera de mí no existía nadie ni nada en todo el mundo, que los objetos no eran objetos sino imágenes, que sólo se me aparecían cuando fijaba en ellos mi atención y que en cuanto dejaba de pensar en ellas las imágenes se desvanecían inmediatamente.”

De ninguna manera, el movimiento feminista mexicano tiene por objetivo atacar al presidente López Obrador. Este movimiento comenzó a conformarse desde hace más de un siglo en contra de la opresión femenina en todas sus formas, por lo que de ningún modo se atiene a la existencia de un individuo en particular, por más importante que este sea o que crea serlo. Se equivoca de medio a medio el presidente Obrador en sus intentos por controlar el pasado para dominar el presente.

La función de la Historia no es asignar fechas, no es expedir actas ni de nacimiento ni de defunción (como sucedió cuando el presidente López Obrador organizó las pompas fúnebres del neoliberalismo en México) y mucho menos por voluntad individual. Evidentemente el feminismo es más antiguo de lo que creen uno y otro. Su historia es mucho más compleja. Las individualidades no son las creadoras de los hechos históricos; ni el político ni el intelectual sino la lucha de las colectividades, de mujeres y hombres, que actúan para transformar sus condiciones de vida y que transformándolas se transforman ellas mismas. En ese sentido, resultan vanos los esfuerzos de manipular el pasado en aras de auto-legitimarse en el presente.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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