Por Jesús Lara
Septiembre 2021

Durante los últimos 40 años, hemos sido testigos del proceso de transformación de “China” en la fábrica del mundo. Durante este periodo, el made in China pasó de ser signo de mercancías simples, baratas y de calidad dudosa a ser, cada vez más, el reflejo de crecientes capacidades tecnológicas y productivas. La base de esto es que, desde la reforma de apertura económica, las exportaciones se convirtieron en el motor del crecimiento de la economía China. El éxito del gigante asiático, así como el de otros países del sudeste asiático, parecería ser la confirmación de las tesis de desarrollo económico implícitas en el Consenso de Washington -síntesis de las políticas neoliberales en el mundo, que defiende la combinación de liberalización comercial y financiera con promoción de las exportaciones como el camino más rápido hacia el desarrollo.

Esta perspectiva sostiene que lo que está bloqueando el desarrollo de los países periféricos son las distorsiones asociadas a la intervención estatal en la economía, que genera ineficiencias dinámicas e inestabilidad macroeconómica. Eliminadas estas distorsiones, los países subdesarrollados, abundantes en fuerza de trabajo “no calificada” y, por lo tanto, con bajos salarios, podrían hacer uso de esta ventaja comparativa para exportar bienes manufacturados -ayudados por la inversión extranjera, a la que se le deberían dar todas las seguridades y condiciones- a los mercados de los países ricos, lo que permitiría, además de generar crecimiento, corregir el desequilibrio externo y, sumado a una política de austeridad, corregir el desequilibrio interno.

Además del idealismo con respecto al funcionamiento del mercado liberalizado -que no tiene nada que ver con la experiencia de China- este planteamiento contiene un error central: concebir a las exportaciones como un fin en sí mismo en lugar de un medio. En el caso de China, los arquitectos de la reforma de apertura en los ochentas nunca cometieron este error. La estrategia de desarrolo costero, adoptada en 1988, tenía como objetivo la atracción de empresas exportadoras en industrias intensivas en mano de obra para desarrollar una base industrial sin depender del financimamiento externo y para obtener divisas que serían usadas para el desarrollo de capacidades tecnológicas locales. El desarrollo exportador de China estuvo, desde el inició, supeditada a estrategias más abarcadoras de desarrollo nacional.

Y, sin embargo, el crecimiento explosivo de la participación de China en el mercado mundial los hizo extremadamente dependientes del exterior. En 2006, las exportaciones como proporción del PIB alcanzaron su máximo, situándose en 36%. A sabiendas de la vulnerabilidad de esta dependencia, en el onceavo plan quinquenal -para el periodo 2006-2010- se afirmó que el crecimiento económico de China debía basarse, cada vez más, en la demanda interna, en particular en el consumo de los hogares. Desde entonces, esa proporción disminuyó hasta llegar a 18.5% en 2020. Sin embargo, la guerra comercial con Estados Unidos de 2018-2019, y el choque a las cadenas globales de oferta por la pandemia de Covid-19, han hecho que la dirigencia china dé un paso más en esta dirección, al aprobar, como parte del catorceavo plan quinquenal (2021-2026) la estrategia de circulación dual doméstica-internacional. El contenido principal de este modelo económico es acelerar el ritmo en que la economía China pasa de un desarrollo “hacia afuera” al desarrollo “hacia adentro”, reduciendo la dependencia del exterior en cuanto a mercados y tecnología, avanzado hacia la autosuficiencia y corrigiendo los desequilibrios acumulados desde la apertura económica. Lo que estamos viviendo es, pues, una ofensiva, en los hechos, contra los dogmas del neoliberalismo que habían permanecido intactos durante décadas. Conceptos como desarrollo hacia adentro y autosuficiencia, que se decía estaban “pasados de moda” en la época de la globalización, vuelven a ganar a terreno impulsados por el Partido Comunista Chino.

¿Y, qué pasa en México? En nuestro país, la liberalización comercial estuvo, desde el inicio, marcada por el error teórico de principio mencionado previmanete: concebir el desarrollo exportador como un fin en sí mismo en lugar de como un medio. Este desarrollo, que sí ha tenido lugar, ha dado paso al surgimiento de enclaves exportadores desconectados de la economía doméstica, incapaces de ser motores de desarrollo y crecimiento. Mientras tanto, las exportaciones como proporción del PIB alcanzaron el 40% en 2020, y la tendencia sigue a la alza. Lo que es aún peor, cerca del 80% se dirigen a los Estados Unidos. Las amenazas de Trump de imponer aranceles a las exportaciones mexicanas si no se militarizaba la frontera sur, las permanentes intromiciones del gobierno de Biden en asuntos laborales en México, y los choques por la pandemia, no han sido suficientes para que el gobierno de la 4T reconozoca la enorme vulnerabilidad en que México se haya con respecto a Estados Unidos y el mercado mundial. Por el contrario, AMLO, en los hechos ha mantenido y profundizado el fallido modelo económico del neoliberalismo. En México necesitamos, sí, aprovechar las ventajas del comercio internacional, pero poniendo el énfasis en el desarrollo hacia adentro. Lo que está haciendo China nos ofrece importantes lecciones que no deberíamos desaprovechar.


Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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