Por Eduardo Durán
Septiembre 2021

El desarrollo humano ha ido acompañado de un incremento en la capacidad de transformar las materias primas en bienes de consumo final. Para ello se requiere energía y las fuentes de energía han ido cambiando con el paso del tiempo, modificando también nuestra forma de vivir. El descubrimiento del fuego, por ejemplo, marca un antes y después en el desarrollo de la sociedad humana, pues se desarrolla la capacidad para fabricar objetos de metal, cerámica y vidrio, incrementado la productividad y mejorando los medios de producción. Así, constantemente, las fuentes de energía se han diversificado, y en los albores del capitalismo en el siglo XVII se empieza a extender el uso del carbón, reemplazando a la madera como principal fuente de energía.

El carbón demostró ser altamente productivo. Gracias a su descubrimiento y a la generalización de su uso productivo se pudo desarrollar la máquina de vapor, lo que le dio a la humanidad un nuevo ritmo de producción con la revolución industrial. Pues bien, así como el carbón demostró tener más ventajas que la madera, a finales del siglo XIX, el descubrimiento del petróleo superó al carbón, ya que la energía que desprendía en su combustión era mucho mayor. Desde entonces, el mundo se ha configurado alrededor del petróleo como la principal fuente de energía, tanto para el consumo productivo, como para el consumo individual en nuestra vida diaria: dependemos de este aceite mineral como energético (el gas propano y la gasolina), para hacer disolventes, polietileno (plásticos), detergentes, parafina, queroseno, lubricantes, venenos, etc. Difícil es voltear a ver nuestro alrededor y no ver algún producto derivado del petróleo.

Junto con el carbón y el gas, el petróleo forma parte de la triada fósil que, en 2020, proporcionaba el 80% de la demanda de energía primaria a nivel mundial, pero la quema de estos combustibles también genera casi dos tercios de las emisiones globales de CO2. Es importante mencionar que de la producción de petróleo, el 47% se usa para el transporte y el 32% lo usa el sector industrial. Estos combustibles son los más usados porque presentan ventajas sobre los demás: son continuas, son fáciles de transportar, son baratas y tienen una mejor tasa de retorno energético (TRE)[1] que otras fuentes. Pero, por otro lado, son fuentes no renovables, es decir, la naturaleza tarda millones de años en generarlas y cada vez es más difícil y costoso extraerlas; además, existe un severo daño medioambiental en la extracción y combustión, generando más gases de efecto invernadero y dañando el medio ambiente a ritmos acelerados, que amenazan a la humanidad entera.

En México, los desastres petroleros se han hecho presentes en fechas recientes. El “ojo de fuego” en el Golfo de México, donde una válvula de una línea submarina de una plataforma petrolera de PEMEX reventó y provocó que el hidrocarburo que transportaba fluyera desde abajo y generara un incendio en la superficie es el último. Las autoridades mexicanas se limitaron a decir que el incendio había sido controlado y que no había daños mayores. Pero el problema los rebasa: ¿por qué el gobierno mexicano no está pensando en cambiar las fuentes de energía? Lo que está en la discusión es cómo se va a sumar a los debates internacionales sobre el cambio climático, donde cada vez más países se comprometen a reducir las emisiones de gases contaminantes, colocando a los combustibles fósiles como el primer enemigo. La discusión se ha obviado con mayor fuerza desde que Andrés Manuel López Obrador demostró tener un interés obsesivo con el rescate de PEMEX.

Y es que, para México, el petróleo significa más que una fuente de energía. La historia de México, sobre todo a partir de la revolución hasta nuestros días, tiene una relación muy estrecha con el hidrocarburo. Cuenta Luz María Uhthoff[2] que en 1911 el nivel de exportación de petróleo lo colocaba como el cuarto país en la producción de dicho minera, llegando a exportar 900,000 barriles en ese año. En 1918 superó esta cifra con el descubrimiento de la Faja de Oro en la Huasteca veracruzana, que elevó la producción en 63.8 millones de barriles y que colocó a México como el segundo exportador de petróleo en el mundo. Posteriormente, la expropiación petrolera fue un hito importantísimo para nuestro país, pues a partir de ese momento, el Estado ha tenido bajo su control a una empresa que le otorga una parte importante en los ingresos públicos. Cuando México llegó a su pico de producción –al que ya no va a volver, por cierto– de 2003 a 2007, los ingresos petroleros representaron entre el 33% y 38% de los ingresos totales del sector público.

Pero la humanidad ha podido adaptarse a diferentes fuentes de energía, y este paso es más apremiante en cuanto es necesario porque amenaza la vida misma. Actualmente, sobran artículos de investigación donde se comprueba el gran impacto que provoca la utilización de las energías fósiles. La humanidad deberá reinventar prácticamente todo, la forma de producir alimentos, construir ciudades, abrigarnos, desplazarnos, relacionarnos con la naturaleza y entre nosotros mismos. Es una tarea titánica, de carácter mundial, para la que nuestro actual gobierno se queda corto. Hablar de esta transición, de la necesidad de transitar de fuentes de energía fósiles a energías más limpias, se vuelve cada vez más urgente. Seguir apostando por las fuentes de energía fósiles, es trasladar los problemas a un futuro cada vez más cercano.


Eduardo Durán es economista por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] La TRE es la diferencia que hay entre la energía utilizada para producir la misma energía y el total de lo que se produce

[2] Uhthoff López, Luz María. (2010). La industria del petróleo en México, 1911-1938: del auge exportador al abastecimiento del mercado interno. Una aproximación a su estudio. América Latina en la historia económica, (33), 5-30.