Por Miguel Alejandro Pérez
Septiembre 2021

El presidente López Obrador, ¿habrá alguien que no lo sepa?, desprende todo clase de emanaciones de moral, unas más frecuentemente que otras. Pero una de las que exuda más recurrentemente es aquella de que “el fin no justifica los medios”. La ha trasudado cientos de veces aquí y allá, en todas partes. ¿Habrá acaso una sola persona en México que no la haya tenido que exhalar, aunque solo sea una vez, directa o indirectamente?

Pero, exudaciones presidenciales aparte, ¿cuántos de nosotros mismos no creemos también que “el fin no justifica los medios”? ¿Cuántos no hemos concluido que, cuando menos en lo que se refiere a la problemática de los medios y los fines, el presidente López Obrador tiene toda la razón porque, tras meditarlo mucho o poco por nosotros mismos, nos ha parecido evidente que el fin no puede justificar los medios? ¿Es verdad entonces que “el fin no justifica los medios”? Para contestarnos con cierta certeza esta pregunta resulta de todo punto imprescindible tomar nota de la disyuntiva irreductible a que nos conduce aceptar el principio de que “el fin no justifica los medios”.

“El fin no justifica los medios”. Este sencillo principio, que todos o casi todos nosotros conocemos, representa un modo específico de resolver el problema de la moral, en concreto, la cuestión práctica de lo que se puede y lo que no se puede hacer. ¿Qué se puede y qué no se puede hacer? Según la regla de que “el fin no justifica los medios”, lo que es permitido y lo que es inadmisible no puede desprenderse de nuestros fines. Desde este punto de vista, la justificación o condenación moral de un medio dado (de cualquier procedimiento o método) es independiente de los “fines”, es decir, no depende en lo absoluto de las finalidades, sociales o personales, que suscita el desarrollo histórico de la sociedad. Pero si los fines que se deducen naturalmente del movimiento histórico mismo no pueden justificar nuestros medios, ¿en dónde entonces tenemos que buscar los criterios morales que los justifiquen? Por mucho que nos quebremos la cabeza, veremos que sólo tenemos una de dos: la tierra o los cielos. Podemos obstinarnos cuanto queramos en la empresa de buscarle mangas al chaleco; sólo hay dos opciones posibles: el más acá o el más allá; la historia, la sociedad, los hombres mismos, o los cielos. ¿De dónde vienen si no los criterios infalibles de moral de la religión? Pero aun aquellos que hablan de las verdades eternas de la moral sin referirse explícitamente a la revelación divina apelan necesariamente a Dios, pues, aunque no lo acepten, ¿cuál sería si no la fuente primera de sus verdades supuestamente eternas de moral?, ¿de dónde vendrían si no sus principios morales presuntamente eternos? ¿A qué buscarle tres pies al gato? Es evidente que la teoría de la moral eterna no puede tenerse en pie sin Dios, ni siquiera cuando, como sucede con los moralistas de tipo anglosajón, la moral se deduce de lo que comúnmente conocemos como “naturaleza humana”, porque, ¿qué es en realidad eso que habitualmente llamamos “naturaleza humana” y que consideramos como una suerte de absoluto especial?, ¿no es claramente un “cobarde pseudónimo filosófico de Dios”, como bien lo explicó Trotsky hace mucho tiempo (1938)? Por tanto, aceptar que “el fin no justifica los medios” en nombre o de las verdades eternas de la moral o de la “naturaleza humana” nos conduce necesariamente a una forma de teología natural. En ambos casos llegamos a los cielos, aunque no como sacerdotes, sino como “padrecitos laicos”, disfrazados de profetas, como moralistas y recitando, a nuestra manera, el Sermón de la Montaña.

Vemos, pues, que el principio de que “el fin no justifica los medios” nos lleva necesariamente a los cielos, mientras que, si nos mantenemos, claro está, en el terreno de la historia y de la sociedad, un medio dado sólo puede ser justificado por su fin. Por consiguiente, la regla de que “el fin justifica los medios”, atribuida tanto a Nicolás Maquiavelo como a la orden de los jesuitas, no tiene ni un solo pelo de inmoral. Por el contrario, es la única regla moral posible si, habiendo pasado de la religión al materialismo, no se quiere hacer que la rueda dé vuelta al revés, retornado con ello del materialismo a la religión. Y sin embargo, este principio abstracto, por muy moralmente válido que sea, no resuelve en lo absoluto el problema de la moral. ¿Por qué? Simple y sencillamente porque un principio abstracto no puede resolvernos una cuestión eminentemente práctica, en este caso lo que se puede y lo que no se puede hacer. En primer lugar, es preciso notar que la regla de que “el fin justifica los medios” suscita una nueva cuestión: ¿y qué justifica el fin? Sabiendo esto, podemos ver que, en realidad, es decir, en la vida práctica, en el movimiento histórico, no hay tal cosa como un dualismo de medios y fines, sino una interdependencia entre unos y otros, por lo que “fin” y “medio” cambian constantemente de lugar, convirtiéndose el fin inmediato en medio del fin ulterior; lo que en cierto momento es fin, en el momento siguiente es medio, y viceversa, cosa que, dicho sea de paso, nos muestra la relatividad de estos conceptos, poniendo de relieve que nuestras categorías escolares de “fin” y “medio” no tienen validez como tales, como representaciones, sino en su aplicación a cada caso particular. Por estas razones, el principio de que “el fin no justifica los medios” no puede decirnos, de antemano, apriorísticamente, lo que es permitido y lo que es inadmisible en cada caso concreto. Por lo demás, sería charlatanería pura pretender inventar una receta que nos diese por adelantado soluciones adecuadas para cada caso dado, para todas las circunstancias de la vida habidas y por haber. Semejantes respuestas automáticas, como se sabe, no pueden existir. Antes bien, es preciso saber analizar la situación y las circunstancias concretas de cada caso particular y aprender a distinguir los casos concretos de medios que son precisamente inadmisibles, con base no en móviles subjetivos o marbetes morales, sino en su adecuación objetiva, viendo si ese medio puede conducir realmente al fin. En este sentido, rechazar este o aquel medio “por principio” constituye una puerilidad.

¿Pero qué significación tienen entonces los conceptos de medio y fin en su aplicación práctica? En el caso de la producción de una máquina, por ejemplo, la máquina misma es, evidentemente, el fin inmediato de la producción, para convertirse, en el momento siguiente, ya instalada en una fábrica, en un “medio” de esa producción. En casos como este es muy fácil determinar si el medio está permitido o es inadmisible, facilidad que se debe justamente a la extremada simplicidad del ejemplo. Sin embargo, en la vida práctica esto dista mucho de ser siempre tan fácil como en esta clase de ejemplos. ¿Qué se puede y qué no se puede hacer entonces, dando por sentado que el fin justifica efectivamente los medios? La respuesta correcta a este problema sólo se puede encontrar en la experiencia viva, sabiendo que en la práctica siempre han de surgir dificultades y situaciones embrolladas, y que en el proceso histórico es perfectamente posible que el medio se convierta en fin y que el fin resulte medio, por lo que sería un doctrinario incurable quien se atuviera, por siempre y para siempre, a la camisa de fuerza de que “el fin no justica los medios”, ahorrándose con ello la obligación y la responsabilidad de pensar por sí mismo, analizando las circunstancias concretas de cada caso particular y aprendiendo a distinguir, en cada ocasión, lo qué se puede y lo qué no se puede hacer.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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