Por Jenny Acosta
Septiembre 2021

La capacidad de abstracción es fundamental para el ser humano. Gracias a ella hemos podido desarrollar la ciencia, la filosofía, el arte, y hemos alcanzado profundidades en el conocimiento de nuestra realidad a las que desde la inmediatez difícilmente llegaríamos. Aristóteles fue de los primeros en delimitar la abstracción para presentarla como un concepto, y aunque estos estudios han tenido nuevas aportaciones, puede decirse que la abstracción es un momento del proceso de conocimiento en el que se quitan las características accidentales de un fenómeno para considerar únicamente lo esencial a este.

Gracias a este proceso de abstracción los seres humanos hemos conocido, en el plano científico, fenómenos fundamentales como la gravedad o el átomo; en la economía, de dónde viene el valor de las mercancías o cuál es el aspecto abstracto del trabajo que hacemos todos los días; en el lenguaje ha sido crucial para la formación de cualquier vocablo; en la filosofía ha permitido formular conceptos base para la investigación como los de “ser” y “nada”, dos de los conceptos más abstractos que ha alcanzado el ser humano. En el arte, el proceso de abstracción ha demostrado su centralidad cada vez más claramente, pues se ha pasado de creaciones artísticas que reflejan de forma más directa la realidad (que también es una forma de abstracción, aunque menos elevada) a otras que se han enfocado en la representación de conceptos o emociones (que sin duda están en un proceso más elevado de abstracción). Como se ve, este proceso de eliminar lo accidental para obtener lo esencial de un fenómeno es fundamental para el desarrollo de la humanidad en cualquiera de sus ámbitos.

Podría entonces surgir la pregunta de si la abstracción tiene un límite. La respuesta es desconocida, porque hasta ahora no se le ha encontrado un final, pero precisamente por esto, en pro del desarrollo mismo de la humanidad, sería un error querer ponerle límites a una capacidad genérica sin la que no seríamos lo que somos y no podríamos encontrar otros caminos, tal vez mejores, que los explorados hasta ahora.

Sin embargo, hay una línea muy delgada entre la abstracción por la abstracción misma y la abstracción producto de otra de las características esenciales al género humano: su capacidad de conocer su realidad y transformarla. Desde esta segunda perspectiva, la abstracción no sería un simple espejo, sino una acción del género humano que desemboca en la intervención en la realidad, las ideas y las emociones que conforman al sujeto que está abstrayendo.

El problema no es la aplicación de la abstracción en cualquier terreno del pensamiento humano, sino que esta abstracción puede trocarse en su antagónico y contribuir a un deslinde entre el pensamiento y la realidad/transformación, precisamente por su ausencia de límites; es decir, cómo se está aplicando esa abstracción. La segunda perspectiva presentada propone que la abstracción regrese a su origen, a lo material concreto, pero con la nueva perspectiva de totalidad adquirida gracias al proceso de conocimiento abstracto, que esa abstracción pueda presentar su utilidad,  en el sentido amplio del término, para la acción transformadora del sujeto.

El problema con el arte abstracto no es la ausencia de formas definidas, cuyo producto es comprensible para pocos espectadores; tampoco lo es la diferencia de perspectivas en la “utilidad” del arte, pero si se quiere influir en la mayoría, entonces es necesario que lleve al espectador hacia un conocimiento más profundo y concreto de sí mismo y de su realidad social e histórica para que después quiera y pueda transformarla. Para esto es indispensable la abstracción, pero no puede ser la base exclusiva, porque hay otra cualidad, tal vez más innata al género humano, que la abstracción: la transformación.


Jenny Acosta es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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