Por Marco Antonio Aquiáhuatl
Agosto 2021

I

(…) Tu satisfacción (sobre el tomo I de “El Capital”) hasta este  

punto es para mí más importante que cualquier cosa que pudiera  

decir el resto del mundo. De todos modos espero que la burguesía  

recuerde mi ántrax por el resto de su vida.

Carta de Marx a Engels, 22 de junio de 1867.

Ahora (Tántalo) está suspendido de la rama de un árbol frutal que  

se inclina sobre un lago pantanoso, consumido perennemente por  

hambre y sed. Las olas del lago le tocan la cintura, y algunas veces  

le llegan hasta la barbilla, pero cada vez que se inclina para beber  

retroceden, y no queda nada más que el negro fango a sus pies.

Robert Graves, Los mitos griegos.

El capital, según Marx, es por definición el valor que busca crecer: el plusvalor.  Pero si el capital produce plusvalor, este nuevo plusvalor produce a su vez capital  adicional y así ad infinitum. En el capitalismo, el crecimiento económico aparece entonces bajo la forma de acumulación de capital. Marx dice: “El empleo de la plusvalía  (plusvalor) como capital, o la transformación de la plusvalía en capital se llama acumulación del capital” (I, 450); de este modo, la acumulación, el crecimiento, es una condición inseparable del capitalismo. Este crecimiento no aparece, empero, sólo por pura iniciativa o pasión por crecer por parte de los capitalistas, se explica, más bien, por una condición más objetiva: la competencia. Marx afirma categóricamente que sin competencia entre capitalistas “el fuego que anima” el crecimiento se extingue. La competencia, en este modo de producción, se combina con la tendencia a sustituir el trabajo manual por la maquinización y automatización de los procesos  productivos. En otras palabras, la reproducción ampliada (D-M-D ́) presupone que no todo el plusvalor producido por el trabajo productivo y apropiado por la clase capitalista es consumido improductivamente (en medios de consumo o artículos de lujo), sino que sucede, normalmente, casi todo lo contrario: buena parte de lo que obtiene el capitalista en plusvalía se reinvierte para poder hacer más eficientes los procesos productivos para ser más competitivos.

En este sentido, es preciso diferenciar las dos grandes secciones de la producción  capitalista: la producción de medios de producción y la producción de los medios de  consumo. Bajo el proceso de acumulación, la primera sección debe ser mayor que la  segunda, porque debe de disponerse de un sobrante de medios de producción para  comenzar la nueva producción; a este respecto Lenin dice:

Efectivamente: (…) según la ley general de la producción capitalista, el capital  constante crece con más rapidez que el variable . Por consiguiente, el capital  constante contenido en los artículos de consumo debe de crecer con más rapidez que el capital variable y la plusvalía contenidos en los mismos artículos, mientras  que el capital constante en los medios de producción debe de crecer con la mayor  rapidez, aventajando tanto el aumento del capital variable en los medios de  producción como al del capital constante en los artículos de consumo.

Lenin,  1894, 41.

El desarrollo de la producción a cuenta, más que nada, de los medios de producción parece algo paradójico y constituye, sin duda, una contradicción. Ya que, es una auténtica producción para acrecentar los medios de producción sin la correspondiente ampliación de condiciones para que se realice el consumo. Precisamente, esa contradicción Marx la deja sentada en varias tesis de tomo III de El  capital:

Los obreros, como compradores de mercancía, son importantes para el mercado,  pero la sociedad capitalista tiene la tendencia a limitarlos al precio mínimo, como  vendedores de su mercancía, a saber, su fuerza de trabajo.

 (…) Las condiciones de realización (…) están limitadas por la proporcionalidad de las  diferentes ramas de la producción y por la fuerza de consumo de la sociedad (…). Cuanto más se desarrolla la fuerza productiva más entra en contradicción con la  estrecha base en que descansan las relaciones de consumo.

En todas estas tesis se hace constatar la indicada contradicción entre el ilimitado afán de ampliar la producción y el limitado consumo. Este argumento ha sido, y es, la piedra  angular empleada por varios marxistas para explicar las crisis cíclicas del sistema: la  sobreproducción. No nos detendremos, sin embargo, a explicar las causas y consecuencias de la crisis desde el punto de vista económico; nuestra intención es resaltar el punto cardinal que tiene la realización de la plusvalía y su reorientación para el crecimiento de la producción y que, paradójicamente, depende en gran medida del alcance que tienen las  masas para adquirir los medios de consumo. Si no existe consumo, la producción se detiene, fundamentalmente porque los medios de producción no encuentran su reproducción en otros medios de producción o en medios de consumo.

II

Como se ve, la producción siempre tiende al crecimiento, de ahí que la necesidad de buscar  mercados nuevos y luchar por mantener los que ya se poseen —por parte de las naciones  portadoras de grandes capitales— y que el dominio de un mercado sea de vital importancia (incluso con guerras). La posesión del mercado no se constriñe solamente a la ocupación, sino, también, a la apropiación espiritual de los consumidores. La mercadotecnia, en este orden  ideas, tiene una misión cardinal para tales efectos. Pero ¿cómo vender algo que en general las masas no podrán comprar por su imposibilidad adquisitiva? Los créditos son una salida[1],  pero son, a la postre, el aplazamiento de la crisis.

Lo que nos interesa aquí es observar las consecuencias de este fenómeno  económico, en el ámbito espiritual. Porque, como hemos descrito, la acumulación de la  riqueza se hace cada vez más central y el acceso de aquella ganancia, bajo estas  condiciones, no puede ser social. Sin embargo, por el afán del consumo, se fomenta en la población, desde todos los aparatos ideológicos, la idea de que la felicidad o el sentido existencial se encuentra solamente en la obtención de bienes materiales.

El optimismo de la confianza en el crecimiento infinito dio lugar a un modo de vida hedonista en el primer mundo caracterizada por la adquisición y rápida obsolescencia de objetos e ideas y por una creatividad enfocada en el diseño de modos cada vez más rápidos de consumir y “crear  dinero”, para lo cual debe haber un constante movimiento y cambio. Esto alcanza, bajo esta  misma lógica, a la creación artística, que se inclina hacia la frivolidad y lo superfluo; las  muestras de entretenimiento en la televisión se irán rebajando cada vez, hasta que se  corresponda a lo más absurdo y simple.

Los integrantes de la pequeña y mediana burguesía, viven una utopía estético narcisista, con sus consiguientes dosis de angustia e inseguridad (por lo fluctuante e  inseguro status en la economía), bajo la seducción cotidiana de la prosperidad material. La  abstinencia y la frugalidad características de la primera sociedad industrial fueron sustituidas por el derroche, por lo menos en la burguesía mexicana. Y los pobres —siempre  en la periferia— aunque no puedan satisfacer sus necesidades materiales se ven enfrentados al espectáculo del consumo también, siempre más ostentoso de lo imaginable. Ésa es la forma en que la cultura del consumo va socializando a los pobres del mundo. El consumo y  sus placeres se presentan como finalidad vital y el hedonismo es la justificación cultural y  moral del capitalismo.

Pero en medio queda la frustración; porque hemos comprobado, en esta primera  parte, que el crecimiento en la producción —y de hecho es la misión histórica del capitalismo descubierta por Marx— será permanente, pero su restricción, la distribución del ingreso, será  limitada; sin embargo, el ser humano moderno, tiende a mantener una mentalidad cada vez  más uniforme en cuanto a sus deseos y aspiraciones que se reducen a cosas materiales. ¿Qué  consecuencias trae consigo? Que el hombre busque “la felicidad” desesperadamente y sin  importar qué medios le serán disponibles. Si el sistema le cierra las puertas, como de hecho sucede, busca alternativas fuera del marco legal, por ejemplo, el narcotráfico. La misma  dinámica del capital reduce los caminos para la llamada movilidad social, las clases medias, que son, aunque pocas, las que tienen posibilidades, se van extinguiendo, a razón de que el capital avanza en el mundo, de la concentración de los medios de producción en grandes monopolios internacionales dan fe de ello. Su ingreso a la masa de los desposeídos, su ruina, plasma esta frustración a la que me refiero.

Pero esa estandarización en los deseos, ventaja suprema del marketing, trae, como dice Herbert Marcuse, una pérdida de autonomía cada vez más acentuada. Porque, en efecto, dada  la masificación de las ideas ¿cómo podemos decir que mi voluntad obedece a mis propios intereses, o que estos no son, en el fondo, más que intereses de quienes necesitan realizar su plusvalía?

Los intereses creados desarrollan y moldean las necesidades y los modos de  satisfacción de la sociedad, para que puedan servir a la satisfacción de dichos  intereses. Más allá del nivel animal y de la satisfacción de aquellas necesidades  (…), las necesidades humanas se desarrollan, planean y modelan sistemáticamente y de este modo la satisfacción y la libertad establecida militan en contra del cambio  social.

Marcuse, 1971, 54.

La penetración universal de la tecnología, en razón del incremento de los medios de  producción, penetra no sólo el proceso de producción sino que todas las formas de vida  social; esto ha sido seguido por su asimilación en la rutina, la uniformidad y la falta de  autenticidad. Ahora, a treinta años del “triunfo” del capitalismo, el aumento de la riqueza material no hizo más felices a los hombres; los datos sobre suicidio, alcoholismo, enfermedades mentales, delincuencia juvenil (cada vez más relacionada con el narcotráfico), etcétera, indican, incluso, una correlación positiva entre el grado de desarrollo tecnológico y los fenómenos patológicos sociales.

III

En el reino de las mercancías se genera, como dice Mihailo Markovic, una patológica obsesión por  el consumo, y que el alcance de la riqueza plena, no obstante, nace como una pura ilusión en la inmensa mayoría de los casos. Es esencial, pues, para el capitalismo, mantener una  socialización en la producción, pero no así con su distribución. El sistema económico es capaz de crear suficiente riqueza material para garantizar el bienestar de muchos seres humanos, y aunque casi la totalidad de la sociedad participa en ello, el acceso a esas mercancías están lejos del alcance de las mayorías; lo peor es que todos los días, las mercancías son ofertadas, exhibidas a estas masas menesterosas, como cuenta la mitología griega del suplicio de Tántalo, castigado a morir de hambre teniendo los frutos y agua tan cerca. Esto, por lo visto, no redunda solo en pobreza material, argumento ya de suyo suficiente para culpar al sistema, sino en una aniquilación del espíritu humano, una deshumanización, en virtud de que el afán de ganancia va uniformizando la conciencia; la obsesiona para poder consumir a costa de lo que sea, y en ese “lo que sea” se incluye desde la dignidad humana, el planeta, y hasta la humanidad entera. Puestas así las cosas, la necesidad de hacer Filosofía, se posiciona  como una alternativa para elevar el espíritu social, en el entendido de que lo esencial de  esta forma de pensamiento es la crítica. Ahora ya no por fines solamente éticos, sino porque esa reflexión crítica es de esencial importancia para conservar literalmente el mundo que  vivimos.


Marco Antonio Aquiáhuatl es historiador por la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

[1] A este respecto, hay numerosos estudios que se detienen a precisar la relación entre esta limitación del consumo por parte de las masas trabajadoras y el incremento de los microcréditos. Una referencia actualizada: Garcia Macedonio, Rogelio “El proceso de financiarización en México: depresión salarial, crédito al consumo y la reproducción social de la clase trabajadora (2000-2016)”: https://tesiunam.dgb.unam.mx/F/PPCJHC175M3627954INRC8CNCUINBB3EL53GTJ821SB573Y8SR-15298?func=find-b&local_base=TES01&request=Rogelio+Garc%C3%ADa+Macedonio&find_code=WRD&adjacent=N&filter_code_2=WYR&filter_request_2=2018&filter_code_3=WYR&filter_request_3=2018.

Bibliografía

Kautsky, Karl, Comentarios a El capital, Editorial de Cultura popular, México 1974.

Mandel, Ernest, El capital, cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx, Ed.  S. XXI, México 1985

Marcuse, Herbert, La sociedad industrial contemporánea, siglo xxi, México 1971.

Markovic, Mihailo, El Marx contemporáneo, FCE, México, 1978.

Marx, Karl, El capital, FCE, México 1999.

Lenin, V. I., El desarrollo del capitalismo en Rusia, Editorial Progreso, Moscú, 1975.

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