Por Tania Rojas
Agosto 2021

Prácticamente a todos nos es familiar el fenómeno de la inflación. Cualquier ciudadano de a pie podría definirla correctamente y, sobre todo, ejemplificar su presencia. Es el alza generalizada de los precios que se manifiesta cuando la misma cantidad de dinero ya no alcanza para adquirir la misma cantidad de bienes. Por ejemplo, la canasta básica alimentaria: ésta podía adquirirse por $1,227.36 en 2014, ahora se necesitan $1,745.2. En otras palabras, con $1,227.36 ya no se puede adquirir hoy el total de bienes que constituyen la canasta básica alimentaria; el dinero perdió poder adquisitivo, tiene menos capacidad de compra. La inflación se conoce, pues, porque se siente.

De aquí que no haya mucha discusión sobre la importancia del control de la inflación. Preservar el poder adquisitivo de la moneda, sin duda contribuye al bienestar de los ciudadanos, independientemente de su nivel de ingreso. La inflación hace aún más raquítico el mísero sueldo de unos, y destruye parte de las grandes fortunas ociosas de otros. El consenso ya no es el mismo a la hora de encontrar las causas fundamentales de la inflación y la estrategia para combatirla. Estas discrepancias surgen del entendimiento que se tenga del funcionamiento de la economía capitalista, y del papel que unos y otros juegan dentro de ella.

En su Teoría General (1936), Keynes parte del supuesto de que el desempleo y la subutilización de los recursos productivos son una característica típica de la economía capitalista desregulada. Él planteó que aumentar la producción y crear nuevos empleos requería, primero, que los consumidores, productores y el gobierno incrementaran sus gastos. La mayor demanda que ello implica llevaría a los productores a producir más, puesto que tienen recursos disponibles para hacerlo. Luego, la mayor producción incrementaría el ingreso y eso resultaría en una demanda adicional de productos, y así sucesivamente. Este marco se puso en práctica a través del gasto del gobierno, principalmente, mediante la creación de obra pública, por ejemplo. Se podría decir que, en México, el modelo de desarrollo que rigió la economía desde finales de los años 40 hasta los 70s se basó en estos planteamientos de Keynes. Por lo demás, nuestra política siguió el camino ya trazado por los Estados Unidos en el New Deal.  

Con el mayor gasto público el gobierno redujo considerablemente el desempleo, y los salarios monetarios se incrementaron. Esta elevación de los salarios monetarios fue señalada como la causa del alza de los precios que presenció la economía norteamericana a partir de los 70s. Surgió entonces la idea de que la inflación sería un problema en la medida en que la economía se acerca al pleno empleo. Sin mano de obra disponible ya no es posible aumentar más la producción, por lo que la presión de la demanda se trasladaría a los precios. Posteriormente, William Phillips (1958) retomaría este planteamiento al argumentar que la inflación va acompañada de una disminución del desempleo.

La historia económica de México dejó constancia de dos escenarios posibles al aplicar los postulados keynesianos: 1) rápido crecimiento, bajo desempleo, aumento de los salarios reales e inflación estable; 2) recesión, desempleo y alta inflación. El primero inicia en el sexenio de Miguel Alemán (1946-1952), cuando la relevancia del gasto público en inversión se hizo patente, y concluye con el de Díaz Ordaz (1964-1970), pasando por el largo período conocido como Desarrollo Estabilizador (1954-1970). En estos años, el gobierno lideró, a través del gasto público, la industrialización del país. Luis Echeverría (1970-1976) y López Portillo (1976-1982) continuaron con la política keynesiana en los albores de una recesión económica, contexto en el que se dio el segundo de los dos escenarios. El gobierno gastó en exceso cuando el aparato productivo ya no era capaz de responder elevando la producción, por lo que el exceso de circulante fue absorbido mediante el alza de los precios. La inflación coincidió con el aumento del desempleo, contrario a lo que predecía el modelo keynesiano.

Contrario a los planteamientos keynesianos, la teoría económica neoclásica supone que el sistema capitalista brinda, en todo momento, el nivel de empleo deseado por los trabajadores. En este sentido, el nivel de producción corresponde al nivel de pleno empleo. Por lo tanto, la inflación se genera cuando un aumento en la oferta de dinero estimula la demanda agregada, siendo que la oferta agregada se encuentra restringida por la completa utilización del factor trabajo. De esta manera, de los dos escenarios posibles mencionados arriba, solo se hace valer uno: una mayor demanda necesariamente eleva el precio de las mercancías. Como resultado, el déficit del gasto público fue señalado como el principal responsable de la inflación, y en nombre de las finanzas sanas la política social keynesiana quedó sepultada.

Actualmente, los modelos que explican la inflación están dotados de una complejidad excluyente, creando la ilusión que solo es entendible para un limitado grupo de académicos de altos vuelos, a quienes se les reserva el manejo de la política monetaria. Pero el dilema entre nivel de desempleo e inflación no ha sido superado. En la práctica, el control de la inflación tiene un costo: disminución de la inversión, del empleo y la actividad económica. Esto ocurre en el marco de lo que se suele llamar una política monetaria restrictiva. En el caso de un banco central que controla la inflación mediante el manejo de la tasa de interés, una política monetaria de este tipo consistiría en elevar la tasa de interés cuando los precios comienzan a subir. Esto supone un aumento en los costos en los que incurren los productores, puesto que ahora resulta más caro endeudarse. Trasladar la elevación de los costos al precio no es tan sencillo, primero porque pierden competitividad (frente a productos importados más baratos, por ejemplo), y segundo, porque llevaría a mayores incrementos de la tasa de interés por parte del banco central. De tal suerte que disminuir la inversión, financiada con deuda muchas veces, suele ser la respuesta a tales medidas. El calificativo de restrictiva le viene del impacto recesivo que tiene sobre la actividad económica.

El programa monetario de Banco de México le otorga la facultad de implementar, de forma discrecional (a su juicio) una política monetaria de este tipo, restrictiva. Además, la estrategia para controlar la inflación contempla una política salarial y fiscal coherente con el control inflacionario. Los incrementos salariales no deben ir más allá de los incrementos de la inflación y la productividad, y el déficit fiscal debe ser prudente. Aunque no ha sido el caso de México, hay quienes plantean que los efectos negativos del control de la inflación por esta vía son transitorios, totalmente compensados por los beneficios que trae consigo la estabilidad de precios ulterior.  Seguimos esperando.

Paradójicamente, el sistema capitalista armónico presentado por la teoría económica dominante precisa de equilibrios inducidos por la política económica. La necesidad de compensar los desequilibrios, en la balanza de pagos, en la balanza comercial, del déficit fiscal, entre la oferta y demanda, etc., emerge aún en el más libre de los mercados. Es el desequilibrio, y no el equilibrio, el estado normal del sistema capitalista. Los capitales individuales actúan con base en las expectativas que se forman sobre la rentabilidad de sus inversiones, compiten unos con otros por la máxima ganancia; su actuar configura una estructura real de la producción, que, a su vez, restringe y modifica sus expectativas y actuar posteriores. Bajo esta dinámica, la estructura global está continuamente “armándose” y “desarmándose”, como lo describiese Aníbal Pinto.

Las presiones inflacionarias existen en potencia cada que se produce un desajuste. Así, por ejemplo, la deficiente producción nacional agrícola que se hacía patente hacia finales de los años 60, no pudo responder al crecimiento demográfico de la época, lo cual generó importantes alzas en los precios de estos productos. Pero no sucedió lo mismo con la creciente demanda de electrodomésticos, que hizo de este sector uno de los núcleos de la estructura del mercado interno durante el proceso de industrialización en México. También la política económica puede en potencia, combatir estas distorsiones o profundizarlas.

El Banco de México señala a las variaciones del tipo de cambio como una de las principales fuentes de inflación en México. Pero solo en la medida en que sigamos dependiendo excesivamente del ahorro externo, de las exportaciones y la tecnología extranjera, en la misma seremos vulnerables a su impacto nocivo sobre los precios. La estrategia antinflacionaria actual, con su manejo de tasas de interés, contenciones salariales y contracción del gasto público, poco contribuye a internalizar el ahorro, fortalecer el mercado interno y promover el desarrollo tecnológico. En suma, los efectos duraderos de una política antinflacionaria dependerán de qué tanto se promueva un crecimiento más equilibrado y sostenido. Sin embargo, avanzar en esta dirección precisa cambiar los objetivos mismos de ese crecimiento.


Tania Rojas es economista por El Colegio de México e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Referencias

Carstens, A., Werner A. (2000). Mexico’s Monetary Policy Framework Under a Floating Exchange Rate Regime. Money Affairs, Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos, CEMLA, vol. 0(2), 113-165.

Ficker, S. (Ed.). (2010). Historia económica general de México: De la colonia a nuestros días. Ciudad de México: El Colegio de México.

Pinto, A. (1968). Raíces estructurales de la inflación en América Latina. El Trimestre Económico, 35(137(1)), 63-74.

Shaikh A.M., Maniatis T., Petralias N. (1999). Explaining Inflation and Unemployment: An Alternative to Neoliberal Economic Theory. In: Vlachou A. (eds) Contemporary Economic Theory. Palgrave Macmillan, London.

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