Por Ehécatl Lázaro
Agosto 2021

La salida de Estados Unidos de Afganistán y la toma del poder por parte de los talibanes modificó el escenario geopolítico de Asia Central. Esta reconfiguración tiene un impacto diferenciado. Los países directamente afectados por compartir frontera con Afganistán son Irán, Paquistán China, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán. Por otro lado, Turquía, Grecia y los países de Europa Oriental que han servido como ruta de paso para los migrantes provenientes de Asia, se enfrentan al reto de controlar el flujo migratorio proveniente de Afganistán a raíz de la toma del poder por los talibanes. En tercer lugar, los países que integran la OTAN ya han comenzado a cuestionar el liderazgo militar de Estados Unidos por sus desastrosos resultados en Afganistán. Por último, también se encuentran las potencias regionales que tienen intereses en la región, fundamentalmente Rusia, por la importancia estratégica del espacio postsoviético, y Arabia Saudita por la afinidad religiosa sunita.

Llamó la atención que Rusia y China fueran de los primeros Estados en reconocer a los talibanes como el gobierno legítimo de Afganistán. Por parte del gobierno ruso, Putin ha defendido el derecho a la autodeterminación que tiene cada pueblo, e hizo un llamado a los países de la OTAN para que detengan la política de imponer desde afuera valores ajenos a los pueblos. Detrás de ese discurso se encuentra el interés estratégico ruso de alejar la presencia militar estadounidense tanto en Asia Central como en Europa Oriental. Por su parte, el gobierno chino reconoció al nuevo gobierno talibán a través del canciller Wang Yi, quien expresó que el mundo debe respetar las decisiones del pueblo afgano. ¿Pero qué busca China en realidad al reconocer al gobierno talibán tan tempranamente?

China persigue fundamentalmente tres objetivos en Afganistán. El primero es la estabilidad política que necesitan los capitales chinos para garantizar su inversión en los proyectos de infraestructura y minería que ya se encuentran avanzados en Afganistán. Esta es una característica general de la Iniciativa de La Franja y La Ruta para todos los países: independientemente del sistema político (república, monarquía parlamentaria, emirato musulmán, etc.) o del grupo que tenga el poder, China busca que sus inversiones en los diferentes Estados se realicen adecuadamente. Así, al gobierno chino no le interesa si Afganistán tiene un gobierno democrático o talibán, sino las condiciones de estabilidad política.

El segundo objetivo es evitar que el radicalismo religioso de los talibanes se expanda a la provincia de Xinjiang, la zona más occidental de China y con problemas de estabilidad política desde hace décadas. Xinjiang es una región autónoma con una población predominantemente uigur, una etnia que tiene su propia lengua, su propia escritura y que históricamente ha estado más ligada a los pueblos túrquicos que a la etnia han. La estrecha relación de Xinjiang con el Turquestán ha permitido que el islamismo se extienda a esta zona hasta convertirse en la religión más practicada de la provincia. Todas estas condiciones hacen de Xinjiang una región especialmente problemática para el gobierno chino. El compromiso de los talibanes de no buscar influir en los grupos islámicos de Xinjiang para alentar insurrecciones religiosas, jugó un papel importante para que China reconociera al nuevo gobierno afgano.

El tercer punto tiene un carácter geoestratégico. Se trata del fortalecimiento de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). Esta organización está integrada por ocho Estados miembros: China, Rusia, India, Kazajistán, Kirguistán, Pakistán, Tayikistán y Uzbekistán, y cuatro Estados observadores interesados en adherirse como miembros de pleno derecho: Bielorrusia, Irán, Mongolia y Afganistán. Como se ve, esta organización, fundada en 2001 en Shanghái, es un bloque de poder euroasiático dominado sobre todo por China y Rusia. Si bien sus principales objetivos son garantizar la seguridad y mantener la estabilidad, también el comercio y la cooperación internacional se han convertido en parte de sus actividades. Un gobierno afgano estable, sin intervención militar de la OTAN, abre las puertas para pensar en la integración de este país a la OSC y seguir ampliando la esfera de influencia china.

Algunos analistas han señalado que al reconocer al nuevo gobierno afgano, el Partido Comunista de China actúa como apoyo de los talibanes y le da la espalda al verdadero pueblo de Afganistán, que vive oprimido por el grupo talibán. Este tipo de análisis no faltan a la verdad; sin embargo, la China de Xi no es la China maoísta de las décadas de 1950 y 1960. Aquella política exterior de pueblo a pueblo, que buscaba impulsar la revolución mundial para derrocar al capitalismo, desapareció a inicios de los años 70, cuando el propio Mao entabló relaciones con Nixon y formaron una alianza contra la URSS. El Partido Comunista de China actualmente no se plantea la revolución mundial como una de sus tareas inmediatas, sino que busca desarrollar las fuerzas productivas de los países periféricos, respetando al mismo tiempo la diversidad cultural de todos los pueblos. Finalmente, la revolución, como la democracia liberal gringa, no se puede exportar.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales