Por Miguel Alejandro Pérez
Agosto 2021

Creyendo haberse situado por encima de los extremos de la materia y el espíritu, los representantes de cierta “multilateralidad” filosófica se figuran haber alcanzado un punto de vista que no es ni idealista ni materialista, supuestamente dialéctico. Sin embargo, semejante “multilateralidad”, por más justa que parezca, no significa más que adoptar el principio “de un lado, del otro lado”. De esta suerte se llega a la trivialidad ecléctica o misticismo de que todo está en conexión con todo, de que “todo es uno y lo mismo”. Por cosas como esta, a menudo se ha creído que la dialéctica representa una apología del absurdo. A esto se debe que el “sí es no y no es sí” dialéctico haya sido visto tantas veces como un obstáculo para tener una idea clara de la naturaleza y de la vida social, mientras que la fórmula opuesta, el “sí es sí y no es no”, haya sido valorada como la única que permite establecer una relación sobria con la realidad. De acuerdo con esto, la abstracción “o una cosa u otra” produce una concepción clara y exacta de los cambios que se producen en la realidad natural y social; las “bellezas dialécticas”, en cambio, no introducen más que confusión en las nociones definidas mediante una especie de juego de palabras o mero recurso literario que consiste en darle una vuelta de tuerca al significado habitual o corriente de los términos, empleando, simple y sencillamente, una expresión en su sentido opuesto. Desde este punto de vista, la dialéctica no es más que “una suerte de malabares con palabras opuestas” cuya única y triste misión es retorcer el significado habitual y socialmente aceptado de los distintos vocablos. Por todo esto se ha impuesto la idea de que la dialéctica no es más que una “sofística de la ambigüedad”, “en la cual el razonamiento va y viene, en el cual falta el fondo y en el cual esta insuficiencia se disfraza por medio de la impresión de sutileza que produce este razonamiento”. Así, muchas veces se asume que una demostración preclara de dialéctica es no utilizar las palabras como se “debe”, por ejemplo, llamarle “abstracto” a lo que la mayoría llama “concreto” y viceversa, llamarle “concreto” a lo que la mayoría denomina “abstracto”.

De aquí que demasiado frecuentemente los partidarios de la abstracción “o una cosa u otra” arguyan que el “sí es no y no es sí dialéctico” no hace más que establecer la ambigüedad absurda de que “todo es uno y lo mismo”.

—Si la dialéctica plantea que “todo lo acabado se caracteriza por ponerse a sí mismo de lado”, “que lo propio de todo acabado es la negación de sí mismo, la capacidad de transformase en su contrario”, a ver ¿por qué una manzana no se puede transformar en un sombrero? —objetan los sagaces detractores de la fórmula dialéctica “sí es no y no es sí”.

Con perspicacias como estas se ha pretendido demostrar que la dialéctica no sirve de nada y que si algo logra es instituir un nefasto eclecticismo o misticismo teórico que destruye la exactitud o claridad de los conceptos tradicionales, esto porque, aun aceptando que “lo propio de todo acabado es la capacidad de transformarse en su contrario”, los cambios a los que está sometido un contenido dado (v. gr., una manzana) no lo pueden convertir, a pesar de todo, en un ser de distinta especie (v. gr., un sombrero). Por tanto, el “sí es no y no es sí” dialéctico quiere decir todo y nada a la vez. Mas la dialéctica ha cubierto esta clase de objeciones perspicaces. A honduras de pensamiento de esta clase ha respondido que la transformación de un fenómeno en otro “sólo puede llegar a ser real mediante lo que encierra en sí como posibilidad” o, en otras palabras, que las transformaciones del ser se producen “tan sólo con ayuda de la naturaleza peculiar de cada fenómeno”. “Toda especie de cosas —explica Engels— tiene su modo propio de ser negada (…)”: “en la dialéctica, negar no significa simplemente decir no, o declarar inexistente una cosa, o destruirla de cualquier modo”. Además, “no sólo tengo que negar, sino que tengo que superar luego la negación”, ¿cómo?, “según la naturaleza especial de cada caso particular”. A esto cabe agregar que “no es contradictorio más que lo que es idéntico; y no es idéntico más que lo que es contradictorio”. Una manzana no puede, en efecto, convertirse en un sombrero, pero la naturaleza peculiar de la manzana nunca sugiere que se pueda transformar en un sombrero: estos dos acabados “no son contradictorios y no forman una unidad”. En fin.

En realidad, la dialéctica no se acoge al principio ecléctico “de un lado, del otro lado” ni representa una sofística de la ambigüedad que se limita a retorcer el significado habitual de las palabras empleándolas en su sentido opuesto para provocar una impresión de sutileza. Quien así se las gasta, dándoselas de dialéctico, se limita a no usar las palabras como se “debe”, a hacer malabares con palabras opuestas, llamándole “mal” a lo que la mayoría llama “bien”, etc., etc., disfrazando la insufiencia y vacuidad de su razonamiento con ese recurso literario, yendo y viniendo de un lado a otro hasta llegar a la conclusión rimbombante y mistificante de que “todo es uno y lo mismo”, de que “todo está en conexión con todo”. ¿Quién dijo que “precisamente allí donde faltan las ideas se presenta una palabra en punto y en sazón”?


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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