Por Ehécatl Lázaro
Agosto 2021

El ascenso de China como potencia económica mundial modificó el tablero político internacional a partir de la primera década del siglo XXI. Por su extensión territorial, el tamaño de su población, el crecimiento de su economía, su sistema político y el gobierno consolidado del Partido Comunista, Estados Unidos identificó a China como un país que potencialmente podía amenazar el orden liberal internacional nacido de la Segunda Guerra Mundial y que podía atentar contra la hegemonía estadounidense consolidada con la caída del bloque socialista. En contra de esta percepción, China siempre consideró que ese tipo de planteamientos ignoraban su verdadera situación de país en desarrollo y defendió que China estaba muy lejos de ser una potencia y menos todavía de ser un rival para Estados Unidos.

Desde los tiempos de Deng Xiaoping hasta el gobierno de Hu Jintao (1978-2012), los líderes chinos mantuvieron deliberadamente un perfil bajo que le permitiera al país desarrollarse económica y tecnológicamente sin generar reacciones agresivas por parte de los países del capitalismo central. Esto fue así hasta la llegada de Xi Jinping al poder, en 2013. El nuevo mandatario asumió que China había llegado a un momento de su desarrollo en el que ya no podía seguir tratando de ocultar sus verdaderas dimensiones y decidió que era conveniente que el país le planteara al mundo sus objetivos e intereses en el escenario internacional.

Xi llegó a la presidencia con un conjunto de políticas adecuadas a la nueva etapa que vivía China. Planteó la eliminación de la pobreza extrema para 2020, la transformación de China en un país socialista moderno para 2049 y lanzó la idea del Sueño Chino, la gran propuesta de Xi para su periodo de gobierno. En pocas palabras, el Sueño Chino se entiende como el rejuvenecimiento de la nación China, lo que quiere decir que China vuelva a ser un país grande, rico y poderoso, tal como lo fue por milenios antes de la llegada de las potencias europeas en el siglo XIX (Rosales, 2020).

El Sueño Chino contempla una política de carácter interno y otra política de carácter externo. Al interior, el objetivo es elevar las condiciones de vida del pueblo chino para alcanzar una sociedad socialista moderadamente acomodada y armoniosa. Al exterior, Xi lanzó la propuesta de una Comunidad de Futuro Compartido por toda la humanidad, dentro de la cual se desarrolló la iniciativa de La Franja y La Ruta, el gran proyecto chino de inversiones para conectar diversas regiones del mundo y dinamizar más la producción y el comercio.

La Trampa de Tucídides

Antes de que Xi Jinping llegara al poder, la creciente proyección internacional de China ya había captado la atención del gobierno de Estados Unidos. Desde que se normalizaron las relaciones entre China y Estados Unidos (1978) la apuesta de los norteamericanos fue que la integración de China al sistema internacional liberal y el desarrollo de una economía abierta necesariamente conducirían a la modificación del sistema político chino, al establecimiento de una democracia liberal y a la caída del Partido Comunista. De esta manera, China se integró al sistema internacional y tuvo un impresionante desarrollo económico derivado de la reforma y apertura de Deng Xiaoping; sin embargo, la modificación del sistema político, la implantación de una democracia liberal y la caída del Partido Comunista nunca ocurrieron. Así, en la primera década del siglo XXI China se había convertido en una potencia económica gobernada por el Partido Comunista y con una proyección internacional creciente.

Ante la nueva situación de China, Estados Unidos decidió cambiar su estrategia respecto al país asiático. Fue así como el gobierno de Obama, en 2010, desarrolló la estrategia Pivote a Asia. Esta nueva política asumía que Asia se había convertido en una región especialmente importante para el gobierno estadounidense, pues en ese espacio se debía contener la expansión de China y disminuirla hasta donde fuera posible; simultáneamente, la nueva estrategia norteamericana buscó limitar el crecimiento chino imponiendo sanciones económicas, políticas y militares. En este contexto, Estados Unidos fortaleció los nexos con sus países aliados en la zona (Japón, Corea del Sur, Taiwan, etc.) y comenzó las acusaciones contra China en los foros internacionales. Con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos las sanciones económicas y el hostigamiento diplomático se recrudecieron, escalando las tensiones entre ambos países.

Al mismo tiempo que las élites políticas y económicas norteamericanas comenzaron su campaña contra China, los medios de comunicación estadounidenses hicieron lo propio y en las universidades se empezaron a desarrollar teorías que le permitiera a Estados Unidos enfrentar mejor su rivalidad con China. Fue en ese contexto que el politólogo estadounidense Graham Allison, profesor de Harvard, planteó la idea de la Trampa de Tucídides, primero en un artículo del Financial Times escrito en 2012[1] y posteriormente en el libro Destined for war (Allison, 2017).

La Trampa de Tucídides afirma que en la historia existe una tendencia que permite concluir que ocurrirá un conflicto bélico entre China y Estados Unidos. Allison presenta 16 casos de los últimos 500 años en los que una potencia emergente desafió la hegemonía de una potencia consolidada y concluye que solo en cuatro de esos casos el conflicto se resolvió sin una guerra de por medio. En el resto, la guerra fue el mecanismo mediante el cual la potencia emergente se impuso o la potencia consolidada conservó su hegemonía. En los 12 casos que hubo un conflicto armado, ninguna de las dos potencias buscó deliberadamente la guerra, pero esta finalmente estalló por el entramado internacional que se había formado en torno a una potencia o la otra. El nombre lo tomó Allison del historiador griego Tucídides, autor de La guerra del Peloponeso, un texto que describe la guerra entre la potencia emergente Atenas y la potencia consolidada Esparta durante el siglo V a.C.

De esta manera, Graham Allison justifica una agresiva política exterior estadounidense que no busca mejorar las relaciones con su contraparte china, sino derrotarla militarmente. Con base en esta idea desarrollada por Allison, además de los planteamientos de otros politólogos proimperialistas[2], desde hace años el gobierno norteamericano se prepara en el terreno económico, tecnológico y militar para lo que considera un inevitable conflicto bélico con China. La preparación va más allá del desarrollo de capacidades: en los últimos años se han multiplicado los ejercicios militares cerca de las costas chinas en espera de una reacción que pueda justificar el inicio del conflicto armado. Esta es la forma en la que EE.UU. ha decidido afrontar su rivalidad con China: la guerra.

La Comunidad de Futuro Compartido

El concepto de Comunidad de Futuro Compartido por Toda la Humanidad fue lanzado por Xi Jinping en 2012, en el XVIII Congreso del Partido Comunista de China, y se convirtió en una de sus principales políticas exteriores a partir de que Xi asumió la presidencia, en 2013 (Llandres, 2021). Si bien al inicio este concepto fue propuesto como una variación del multilateralismo, con el paso del tiempo se ha ido desarrollando para definir objetivos más claros. Actualmente, se entiende que la Comunidad de Futuro Compartido consta de tres partes (Yiwei, 2021):

  1. Avanzar en el desarrollo común, promover el renacimiento de las diferentes civilizaciones y unir a los pueblos del mundo. Xi Jinping ha dicho que el desarrollo común no es retórica diplomática, sino un aspecto fundamental para que China pueda rejuvenecer como nación. El desarrollo de un país depende del desarrollo de los demás países.
  2. Ofrecer la sabiduría china y la forma en la que China ha podido resolver algunos problemas comunes de la humanidad. Para ello es necesario romper las relaciones de centro–periferia y la dependencia que han existido hasta ahora. El destino común de los países es la interdependencia.
  3. Rechazar el occidente-centrismo y el antropocentrismo tal como se han venido practicando. La nueva era tecnológica definida por la inteligencia artificial y el internet de todo permiten pensar en un futuro que se aleje de las dinámicas perjudiciales que han prevalecido hasta ahora.

Los planteamientos englobados en el concepto de Comunidad de Futuro Compartido han jugado un papel importante en la diplomacia china desde 2013 y Xi Jinping ha impulsado su aceptación en los foros internacionales de mayor renombre: en la 70 asamblea general de la ONU, en 2015, Xi planteó la propuesta de la Comunidad de Futuro Compartido e invitó a todos los países a trabajar coordinadamente para poder construirla; en 2017, Xi logró que el concepto se integrara en una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU; y en 2021, en el Foro Económico Mundial de Davos, Xi hizo un llamado a practicar el multilateralismo y promover la construcción de la Comunidad de Futuro Compartido.

Esta política es el marco general de la iniciativa de La Franja y La Ruta, pero es además un esfuerzo por modificar las relaciones internacionales y conjurar lo más posible un eventual conflicto armado con Estados Unidos. En repetidas ocasiones el gobierno de Xi ha rechazado el señalamiento de que China es una potencia revisionista, es decir, un país que busca modificar el orden liberal internacional construido y vigilado por Estados Unidos. Lo único que busca China, afirma Xi, es el desarrollo pacífico de su pueblo. No tiene ambiciones de sustituir a Estados Unidos como potencia hegemónica ni busca construir un nuevo orden internacional. No hay motivos para una guerra, pues.

A pesar de las declaraciones de China de buscar el desarrollo de su pueblo a través de vías pacíficas, los Estados Unidos, basados en la Trampa de Tucídides, mantienen un acoso permanente sobre China y acusan al país de tratar de construir un orden internacional autoritario, sin libertades y sin derechos humanos. En este contexto, algunos de los elementos propagandísticos más empleados por los medios estadounidenses han sido los casos de Taiwán, Hong Kong y Xinjiang, así como las islas Paracelso en el mar de China meridional. Por su parte, China ha respondido en el plano internacional haciendo un llamado a favor del multilateralismo y en contra de las sanciones unilaterales dictadas por Estados Unidos.

Derivado de su propio peso específico como país potencia y de las presiones estadounidenses agudizadas en los últimos años, la posición de China en el terreno internacional ha evolucionado. Al principio China aceptaba el orden internacional liberal y lo respetaba porque gracias a su dinámica de libre mercado había podido desarrollarse en solo un par de décadas; sin embargo, al desarrollarse China se convirtió en una amenaza para dicho orden, pues, de acuerdo con sus creadores, el lugar que le corresponde al país asiático no es el de las potencias económicas del centro capitalista, sino el de un país periférico y dependiente. Ante este escenario a China se le presenta la disyuntiva de detener la búsqueda de su desarrollo para no interferir con el actual sistema internacional o perseverar en su trayectoria de desarrollo y atentar contra el estado de cosas actual. Ha sido esta situación la que ha llevado a China a buscar la construcción de un nuevo orden que le permita desarrollarse todavía más sin que los países del capitalismo central se lo impidan abierta o veladamente.

En esta búsqueda de construir un nuevo orden se enmarca la propuesta de Xi de una Comunidad de Futuro Compartido. En sus discursos de los foros mundiales, el presidente chino ha lanzado la iniciativa a todos los países por igual; sin embargo, los principales destinatarios de esta nueva política son los países del mundo periférico y dependiente: Asia, África y América Latina, precisamente los países en los que se desarrolla la iniciativa de La Franja y La Ruta. A través del concepto de una Comunidad de Futuro Compartido y la iniciativa de La Franja y La Ruta, China busca influir en los países de la periferia capitalista para poder construir un nuevo orden mundial que les dé a esos pueblos las oportunidades de desarrollo que el orden internacional actual les niega.

China se ha pronunciado por una reforma del sistema internacional que se adecue al nuevo momento que vive el mundo. Su demanda no se desprende solo del hecho de que la interdependencia entre todos los países es hoy más patente que nunca (como lo prueba la pandemia) sino que parte fundamentalmente de la certeza de que el orden actual fue diseñado y construido exclusivamente por los países imperialistas de Europa y Norteamérica. En un orden así, el resto del mundo (que es la mayoría en términos territoriales, poblacionales, de recursos naturales, etc.) solo se podía integrar subordinadamente al sistema mundial. Ha llegado el momento, plantea China, de que esta integración subordinada de los países colonizados llegue a su fin y se construya un nuevo sistema que permita oportunidades de desarrollo iguales para todos en una dinámica de cooperación.

Conclusión

La Trampa de Tucídides y la Comunidad de Futuro Compartido son dos estrategias contrapuestas. Estados Unidos se apega a la Trampa de Tucídides y busca detonar una guerra contra China que le permita derrotarla militarmente y mantener así su hegemonía mundial. China se rehúsa a entrar en guerra y busca inmiscuir a Asia, África y América Latina en la reforma del sistema político internacional. Cada una de las dos potencias emplea todo su arsenal de recursos económicos, mediáticos, diplomáticos, culturales y militares para impulsar su propia estrategia.

De la mano de Joe Biden, Estados Unidos ha llamado a los países del G7 ha tomar nuevamente el liderazgo del mundo, ha aumentado la agresividad de los ejercicios militares cerca de China, mantiene las sanciones económicas impuestas por Donald Trump y explota mediáticamente los casos de Taiwán, Hong Kong y Xinjiang. En respuesta a la proyección mostrada por China en la pandemia, Estados Unidos urgió a los países ricos a donar vacunas y medicamentos a los países de renta baja o media[3], y en el G7 ya se ha comenzado a discutir un proyecto de alcance mundial que compita con la iniciativa china de La Franja y La Ruta[4].

En el extremo opuesto, Xi Jinping ha seguido profundizando las relaciones de China con Asia, África y América Latina. A la iniciativa de La Franja y La Ruta se le suman organismos internacionales como la Organización de Cooperación de Shangai y los acuerdos económicos como el recientemente firmado RCEP. Por otro lado, China ha procurado que su alcance no se restrinja a los países periféricos y ha ganado terreno tanto en Europa oriental como en países de Europa central. Al mismo tiempo, siguiendo una tradición inaugurada por Deng Xiaoping, Xi trata de evitar la guerra con Estados Unidos pero no deja de desarrollar las capacidades militares chinas que garanticen su seguridad.

El escenario de un conflicto militar, la Trampa de Tucídides, llevaría necesariamente a una nueva guerra mundial. La narrativa de una nueva Guerra Fría, impulsada por Estados Unidos, busca instalar el sentido común de que el mundo ya se encuentra en la antesala de un conflicto bélico en el que participarían todos los países del mundo. El escenario de una Comunidad de Futuro Compartido impulsado por China, plantea una reforma pacífica al sistema internacional para construir un nuevo orden más favorable para los pueblos de Asia, África y América Latina, en el que se establezcan relaciones de igualdad y respeto y se eliminen las relaciones imperialistas que actualmente rigen al mundo.

La Trampa de Tucídides y la Comunidad de Futuro Compartido son incompatibles: el éxito de una implica el fracaso de la otra. Es difícil calcular cuál de las dos estrategias terminará imponiéndose, pero puede afirmarse que la configuración global del siglo XXI y la paz mundial dependen de ello.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] El artículo puede consultarse online: https://www.ft.com/content/5d695b5a-ead3-11e1-984b-00144feab49a

[2] Por ejemplo, John Ikenberry y su libro A world safe for democracy.

[3] https://www.dw.com/es/g7-distribuir%C3%A1-1000-millones-de-vacunas-anticovid-a-pa%C3%ADses-en-desarrollo/a-57850830

[4] https://www.europapress.es/internacional/noticia-g7-prepara-superproyecto-infraestructura-internacional-competir-nueva-ruta-seda-china-20210612155504.html.

Referencias

Allison, Graham (2017), Destined for war, Washington: Scribe

Rosales, Osvaldo (2020), El Sueño Chino, Santiago: Siglo XXI

Llandres, Borja (2021), La política exterior de China y la comunidad de futuro compartido, Instituto Español de Estudios Estratégicos. Disponible en: http://www.ieee.es/publicaciones-new/documentos-de-opinion/2021/DIEEEO01_2021BORLLA_exteriorChina.html

Yiwei, Wang (2021), A human community with shared future: China’s answer to Gauguin question, CGTN. Disponible en: https://news.cgtn.com/news/2021-05-26/A-human-community-with-a-shared-future-China-s-answer-to-Gauguin–10zuadU9s2Y/index.html

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