Por Anaximandro Pérez
Agosto 2021

Durante la época colonial la principal fuente de mano de obra para toda índole de trabajos eran los antiguos pobladores del territorio mesoamericano, los indígenas. A partir de la caída de la triple alianza de señoríos indígenas, los españoles establecieron una forma de empleo de la fuerza de trabajo conocida como Encomienda. Ésta consistía en un derecho que se concedieron los españoles para cobrar tributo, en especie y en trabajo, a los pobladores naturales de una determinada zona, poniendo de su parte el cuidado de la obediencia de la religión cristiana, la observación del respeto a las instancias civiles y la defensa de los territorios asignados. Así, los indios se vieron obligados a trabajar gratuitamente en favor de sus encomenderos durante varias décadas, hasta que, en 1542, se expidieron una serie de legislaciones conocidas como “Leyes Nuevas” de la corona que suspendieron la Encomienda por los abusos que se cometían sobre los tributarios.

Pero los indios no dejaron de ser la base de la producción colonial, porque entonces se instituyó un segundo sistema para emplearlos: el Repartimiento. Éste consistía en que cada población indígena debía enviar a trabajar un 4% de tributarios en épocas normales y 10% en los periodos de escarda y cosecha. Los enviados eran seleccionados en un rango de 15 a 60 años de edad; si eran casados trabajaban tres semanas al año y si eran solteros cuatro. Para la repartición existía un Juez Repartidor que asignaba a un patrón determinado un grupo de trabajadores, y pagaba a estos un salario fijo y bajo. No obstante, el traslado de indios de su pueblo al empleo asignado hacía ineficiente este sistema; por ello se deterioró y paulatinamente cayó en desuso.

Finalmente, fracasadas las formas anteriores, surgió una nueva especie de explotación de los indios: el trabajo Libre, o asalariado. Este consistía sencillamente en que los empleados podían darse a explotar libremente, sin ser repartidos. Pero esto no daba garantías al empleador, pues el trabajador podía elegir con quien trabajar. Por ello, los patrones pronto idearon un sistema de peonaje por endeudamiento, en el que el trabajador llegaba también libremente a su trabajo, pero el salario mezquino que recibía lo orillaba a endeudarse con el patrón, pidiéndole un adelanto en especie de mercancía para sobrevivir; así, contraía una deuda significativa cuyo pago solo podía realizarse trabajando más en las propiedades de su acreedor. De ahí, este camino se reproducía, recayendo en generaciones de trabajadores.

La sobreexplotación de los indígenas, aunada con las extendidas epidemias, resultantes de un paupérrimo nivel de vida, debilitaba a los trabajadores y produjo, desde los albores de la colonia, un continuo descenso demográfico. Tenemos, por ejemplo, que de aproximadamente 10 millones de indios que había en la zona central de México hacia 1521, quedaron, hacia las últimas décadas del siglo XVII, menos de 2 millones. La población sólo comenzó a recuperarse entrado el siglo XVIII, y esto gracias a que se mezclaron con otras gentes, como los negros, que se habían sumado también al sostenimiento de la producción de bienes.

Tal vez podría suponerse que la participación generalizada y básica de los indios durante la guerra de Independencia les llevaría a una nueva vida, por lo menos a una más justa. Pero no pasó así. El dominio de la economía y la política quedó en las manos de las clases que firmarían el acta de Independencia, que no representaban más que a los antiguos empleadores, a los ricos del virreinato. La fuerza de trabajo quedó sosteniendo un yugo añejo de propietarios mineros, latifundistas, comerciantes y de la gran propietaria: la iglesia católica.

Los indios representaban a la mayoría de la población durante toda la época colonial y durante los años sucesivos, pero nunca lograron salir de su sometimiento como empleados de unos pocos propietarios de medios de producción. Si bien hubo varios conflictos civiles en los siglos posteriores a la colonia, y si bien la clase trabajadora dejó de ser puramente indígena, nunca dejó de ser la clase mayoritaria, ni la más pobre. Actualmente estamos en una situación muy parecida, es decir, ningún proceso revolucionario ha hecho justicia a los trabajadores empobrecidos de México. Hoy existe una ínfima minoría que domina nuestra sociedad, controlando la economía y el Estado. ¿No cree usted, estimado lector, que ya es tiempo de que los trabajadores se hagan justicia?


Anaximandro Pérez es Maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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