Por Aquiles Lázaro
Agosto 2021

Banksy es, sin duda, uno de los artistas más relevantes de nuestro tiempo en el llamado street art. Su esbozo biográfico es un gran espacio en blanco, marcado por el hecho de que su identidad permanece anónima al público: Banksy es el seudónimo, pero nadie sabe quién es. Lo más que han esbozado los estudios es determinar que el artista comenzó su carrera en la última década del siglo xx, en Bristol, Inglaterra. Fuera de eso, abundan las especulaciones sobre su identidad.

El street art es, en muchos sentidos, subversivo. Surgido en contextos de marginación social en las periferias urbanas de las grandes capitales imperialistas, marcado por discursos de ilegalidad y violencia, el graffiti se apropió culturalmente de espacios urbanos exclusivos. Los marginados asaltaron las propiedades privadas y públicas.

La figura de Banksy resulta significativa desde varias perspectivas. Primero, porque hace de su arte una plataforma explícitamente política. Me parece relevante porque, en estos días, cada vez es más difícil encontrar artistas que sostengan abiertamente la función política del arte; en este sentido, la postura de Banksy debe considerarse, si no la más original o radical, al menos valiente y franca.

En segundo lugar, la naturaleza misma del street art lo hace un modelo icónico de la llamada masificación del arte. El discurso de “democratizar” el arte académico para llevarlo al gran público pocas veces se detiene en el complejo tema de cómo exactamente puede lograrse tal hazaña. El arte académico es, por su origen, elitista; nació en las cúpulas dirigentes de las sociedades mientras el resto, la masa analfabeta, cargaba la pesada losa de la producción de la vida material. ¿Cómo se concilia esta contradicción de origen en sociedades que siguen teniendo, básicamente, esa misma estructura? A este respecto, Banksy es una figura importante: en lugar de sacrificar la calidad artística para “acercarse” al pueblo, avanza en la dirección de expandir los estrechos límites del arte académico para hacerlo más inclusivo, más rico y menos rígido. Él resume esta postura así: “A mí no me interesa tanto convencer al mundo del arte de que lo que yo hago es ’arte’. Más bien me importa convencer a la gente del graffiti de que lo que yo hago es vandalismo verdadero”.

El tercer punto, no menos importante, es el anonimato de su identidad. Siglos después, el artista del siglo xxi sigue considerándose un ser iluminado que levita por encima del resto de los mortales. Ama desfilar por festivales y exposiciones; saborea leer su nombre en reseñas y libros. Banksy, en cambio, se pierde entre las multitudes, se funde con el resto del mundo, de las personas de carne y hueso que todos los días van al trabajo y todos los meses pagan la luz. 

Y sin embargo, Bansky no puede escapar a la máquina social que lo engendró: el capitalismo imperialista de las países que someten al mundo. Muy en el fondo, el suyo es el discurso político típico, mainstream, de las izquierdas imperialistas; no representa al migrante hondureño, a la madre de Somalia, a las niñas bombardeadas en Yemen. Representa, eso sí, a los chicos de Nueva York y París, anticapitalistas veganos y con playeras de apoyo a la comunidad LGBT+, a las chicas de Berlín y Londres comprando ropa en tiendas hipster de segunda mano, con un vaso de bambú en la mochila para no usar desechables al pedir un café para llevar.

El de Banksy es un discurso político completamente superficial, inofensivo; y es precisamente por eso que desfila por el mundo portando el estandarte de arte contestatario. Cuando Banksy trabaja sobre un muro abandonado, al día siguiente llegan los buitres del mercado del arte y arrancan el muro de cuajo para venderlo en los escaparates de las élites del mundo.

Es natural. Los discursos políticos verdaderamente radicales, “impresentables”, jamás llegarán al gran público; no por esas vías. La revolución no será transmitida, sentencia el título de un célebre filme cubano. Parafraseando: el arte que dé voz a los oprimidos del mundo jamás desfilará por los museos. No por ahora.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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