Por Aquiles Celis
Junio 2021

Ricardo Flores Magón ha sido una de las figuras más significativas en la historia del movimiento obrero de nuestro país, pero al mismo tiempo (y quizás por eso) uno de los prohombres de la Revolución Mexicana más ocultos, generalmente opacado por la figura de Francisco Villa, Emiliano Zapata o Francisco I. Madero. Y a pesar de la centralidad de su papel político en la lucha por la autonomía del sector obrero y la consecución de un poder popular, la historiografía oficialista lo ha relegado a la segunda fila en categoría de “precursor” de la revolución mexicana, celando de esta forma la autonomía y la legitimidad de su lucha.

Por otro lado, el movimiento con tintes anarquistas iniciado en el norte del país, tiene sus matices, y la figura de Flores Magón sus distintivos. Esto nos permite analizarlo de forma particular en el amplio abanico de individuos, dentro de la homogénea gama de fuerzas que emergieron durante de los últimos años de la dictadura de Porfirio Díaz y a partir del advenimiento del conflicto armado en el año de 1910.

En este sentido, dentro de las distintas corrientes que se agruparon, inconformes, contra el gobierno porfirista destacó esta fuerza política que hizo de su epicentro el norte del país, fundamentalmente en los cinturones industriales, y ubicó al naciente proletariado, es decir, a los trabajadores fabriles, como el estamento social más importante en el conflicto armado y como la clase que revolucionaría la sociedad.

Desde una tradición política subversiva y contestataria, el anarquismo mexicano compuesto por los hermanos Enrique y Ricardo Flores Magón, Antonio de Pío Araujo, Rosa Méndez, Tomás Labrada, entre otros, identificaron su actividad política con el Partido Liberal Mexicano (PLM), una corriente heredera de los clubes liberales de San Luis Potosí, propuestos por Ponciano Arriaga y materializados por Camilo Arriaga y que tenían como objetivo de su lucha el antirreleccionismo y la apertura de las libertades políticas.

De esta forma, el anarcosindicalismo mexicano, junto a algunos representantes del liberalismo promaderista como Juan Sarabia o Antonio l. Villarreal, compusieron la Junta Organizadora del PLM y, en el año de 1906 publicaron un programa, que esbozó un diagnóstico de la situación general del país luego de más de 20 años de gobiernos porfiristas y propuso como soluciones para esos problemas la necesidad de reformar el Estado y lograr una apertura de las instituciones políticas a la participación ciudadana.

El programa del PLM estuvo marcado por una tendencia liberal en lo económico y nacionalista en lo político, haciendo énfasis en las reformas a la educación, la milicia, la inmigración, el clero, el trabajo, el campesinado, la tierra, el crédito, la abolición de impuestos, la confiscación de bienes a los enriquecidos, los presidios, etc. Empero, llama la atención el carácter reformista del programa del PLM, teniendo en cuenta la participación de los miembros más conspicuos del anarcosindicalismo mexicano en la redacción de dicho documento.

Surge entonces la pregunta: ¿cómo conciliaron sus diferencias dichas corrientes de pensamiento? La respuesta la encontramos en la correspondencia entre los hermanos Flores Magón. Ricardo aseguró que esta alianza fue simplemente una cuestión táctica: si desde un principio se hubieran anunciado los intereses abolicionistas o ácratas del ala más radical del PLM, los planteamientos se hubieran desvanecido en el desinterés o los hubieran tachado de incendiarios desde el primer día; sin embargo, bajo la égida del PLM, Flores Magón sostuvo: “hemos ido prendiendo en los cerebros ideas de odio contra la clase poseedora y la casta gobernante.”

Precisamente esa estrategia fue la que impulsó la participación política de los anarquistas sin renunciar a sus principios fundacionales; al mismo tiempo los mantuvo alerta frente a las propuestas reformistas del PLM; de las intenciones democrático-burguesas del carrancismo o de las propuestas de Villa y Zapata. José Revueltas recupera de este movimiento las propuestas de la emancipación de la clase obrera, la independencia ideológica de la misma y de la conquista de su libertad política, y, sobre todo, de su libertad económica.

Una vez madurado el pensamiento del anarcosindicalismo mexicano este movimiento abjuró de su identificación con el liberalismo, sosteniendo la falsedad de la sentencia de Juan Sarabia, que decía que la población mexicana luchaba por la boleta electoral.

Los anarquistas sostuvieron que no, que la independencia económica de la clase obrera era el último escaño para construir una sociedad más equitativa. En suma: la libertad política de las clases más desfavorecidas solo le concedería un mismo derecho tanto a campesinos como a obreros: el derecho de reventar de miseria. Era necesaria, por tanto, otra vía.


Aquiles Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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