Junio 2021

Habría que evitar en primer lugar la tentación de identificar la experiencia propia con el juicio de la historia, tanto del lado de los triunfadores como del lado de los perdedores. Muchos han caído en este error y por lo mismo han pergeñado análisis impresionistas y subjetivos acerca de los resultados de las recientes elecciones. Así, mientras unos, ensoberbecidos, se han dejado arrastrar por un triunfalismo grosero y arrogante: baten palmas y ríen estrepitosamente, satisfechos en su propia mediocridad, otros más, políticos tradicionales de los partidos tradicionales, han sido presas de la desesperación y el pesimismo más absolutos: se mesan barba y cabellos o prorrumpen en llanto, no de indignación o furia combativas, sino de impotencia, como si se tratara del fin del mundo. Sólo unos cuantos han conservado la calma y han demostrado amplitud de miras, carácter y un compromiso férreo e inconmovible con un objetivo histórico que exige de ellos y de quienes marchan con ellos la vida entera, su entrega incondicional. Ante esta perspectiva histórica, un revés electoral, en lugar de amilanarlos o de esparcir entre sus filas el veneno del derrotismo, multiplica, triplica, decuplica, su fuerza y su voluntad: el combate es su medio natural; su idea de felicidad, la lucha.

Un revés electoral, para quienes han superado pruebas más duras en condiciones todavía más duras, cien o mil veces más desfavorables que las actuales, sólo significa la oportunidad de reconocer y enmendar los errores para enseguida continuar la marcha, sabiendo que su camino, el camino de la lucha, no “está sembrado de rosas”, sino que “está lleno de zarzas y de espinas”. Ellos nunca han creído que su camino sea un “juego divertido” por donde no haya más que “marchar de victoria en victoria, al son de La Internacional y con las banderas al viento”. De modo que un revés electoral no los llena de miedo o de desazón e incertidumbre. Saben bien que si no pudieron acabar con ellos cuando apenas eran un proyecto en ciernes, menos ahora, cuando cuentan con una fuerza mucho mayor.

Por esto parece pertinente evitar la tentación de confundir la experiencia propia con el juicio de la historia y no caer ni en la loca algarabía de los triunfadores ni oscilar de un extremo de impotencia a otro aun peor. No se trata de ser optimista o pesimista, sino realista. Hecha esta consideración, ¿qué demuestran los resultados de las elecciones? Para alguien como John Ackerman parece no haber la menor sombra de duda: “los resultados electorales demuestran que la mayoría de los mexicanos queremos seguir caminando hacia adelante construyendo nuevos horizontes y esperanzas en lugar de retornar al oscuro pasado de saqueos, corruptelas y privilegios”. En pocas palabras, Ackerman considera que “el pueblo de México ha ratificado en las urnas su apoyo para Morena y la Cuarta Transformación”. Sin embargo, este balance trasluce ante todo la experiencia personal del propio Ackerman, quien, con el egocentrismo peculiar de ciertos intelectuales, se apresura precisamente a identificar su impresión individual con el juicio de la historia. En primer lugar, ¿es verdad que la mayoría de los mexicanos queremos seguir por la vía que Ackerman embellece cursilonamente adosándole frases huecas como esa de “seguir caminando hacia adelante construyendo nuevos horizontes y esperanzas”? Considerando que únicamente votaron poco más de la mitad de la Lista Nominal de Electores no parece cierto que “la mayoría de los mexicanos” quiera ir por ahí construyendo horizontes y esperanzas, como cree Ackerman; si a esto se agrega que el total de los votantes se dividió casi por la mitad entre la coalición de Morena y la alianza opositora, ¿de qué “mayoría de los mexicanos” se está hablando entonces? La verdad sin exageraciones ni figuraciones o cuentas alegres es que muchos millones de mexicanos ni siquiera salieron a votar y que quienes lo hicieron no votaron mayoritariamente por Morena.    

Por otra parte, ¿cuántos de quienes votaron por Morena lo hicieron por las razones que imagina Ackerman? ¿Cuántos realmente fueron a votar movidos por la voluntad unánime e inamovible de ratificar “en las urnas su apoyo para Morena y la Cuarta Transformación”? ¿Cuántos acudieron a votar con la convicción de que era necesario “seguir caminando hacia adelante construyendo nuevos horizontes y esperanzas en lugar de retornar al oscuro pasado de saqueos, corruptelas y privilegios”? ¿Habrá alguien que se trague este cuento guango de hadas? No hay peor ciego que el que no quiere ver y lo que Ackerman no quiere ver o reconocer es que los triunfos electorales de Morena están montados sobre la compra masiva de conciencias, el uso clientelar de programas asistenciales, amenazas, violencia y una compra también masiva de votos el mismo día de las elecciones. Si cualquiera de los obtusos triunfalistas de hoy fuera capaz de mirar la verdad cara a cara vería que su cuadro idílico revela una ingenuidad pueril que sólo oculta o pretende ocultar las innumerables trapacerías que el autoproclamado movimiento de la regeneración nacional ha tenido que cometer para conseguir sus victorias. Por supuesto que no sólo Morena comete este tipo de ardides. Pero disfrazar este cuadro de artimañas encimándole el vestuario ridículo de una auténtica cruzada democrática emprendida por el pueblo de México en aras de la continuidad de la “cuarta transformación” representa el colmo de la demagogia y de la ingenuidad política, las columnas de Hércules de una vanagloria que se refocila y chapotea grotescamente en su propio charco de mentiras.   

En resumen, los resultados de las elecciones no demuestran ni que “la mayoría de los mexicanos queramos seguir caminando hacia adelante construyendo nuevos horizontes y esperanzas en lugar de retornar al oscuro pasado de saqueos, corruptelas y privilegios” ni mucho menos que “el pueblo de México ha ratificado en las urnas su apoyo para Morena y la Cuarta Transformación”. Esas son tan sólo las fantasías, impresiones y deseos personales de Ackerman, devaneos y delirios que el mismo Ackerman se ha apresurado a identificar con el juicio de la historia. ¿Qué demuestran entonces los resultados electorales? Demuestran ante todo que el pueblo de México sigue siendo víctima del engaño propio y ajeno porque aun no ha aprendido a “descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase”. Que no ha aprendido a distinguir a sus enemigos, especialmente a aquellos que se presentan, “y a veces sinceramente, como amigos”. Prueban que entre el resultado de las elecciones y el grado de desarrollo de la conciencia del pueblo mexicano hay una relación de correspondencia, de congruencia. Que, en efecto, cada pueblo tiene el gobierno que se merece porque, así como “la humanidad se propone únicamente los fines o tareas que puede alcanzar”, los mexicanos no podíamos alcanzar sino el gobierno que efectivamente hemos alcanzado repartiendo nuestro voto entre la coalición de Morena y la alianza opositora.

Pero haber alcanzado este resultado y no uno más ventajoso, ¿justifica la desesperación que han demostrado varios de los perdedores, políticos al uso convertidos a la primera de cambios en verdaderas plañideras o que, patidifusos, no aciertan a dar un paso más, víctimas de la incertidumbre? ¿No se sabe acaso, desde hace mucho tiempo, cuál es la base de clase de todas esas manifestaciones de desesperación? ¿No explicó Lenin, hace más de un siglo, que la “desesperación es propia de las clases agonizantes”, que “es propia de aquellos que, no comprendiendo las causas del mal, no ven ninguna salida, son incapaces de luchar”? Y en México ha sido expresada la misma idea con otras palabras: “Sólo se desespera el que duda del futuro de su causa. El que sabe que su causa tarde o temprano triunfará, no se desespera nunca, porque sabe que tiene motivos para esperar, una eternidad si fuera necesario”. Por tanto, oscilar de un extremo de desesperación a otro sólo se justifica cuando se trata de clases agonizantes, de quienes dudan del futuro de su causa porque o no comprenden que las raíces de su movimiento son profundas e indestructibles, o porque su causa comienza y acaba con las elecciones.

Por todo esto, quienes mejor han afrontado los resultados electorales, favorables y desfavorables, son aquellos que siempre han sabido que “sólo son fuertes los que combaten apoyándose sobre los intereses reales, bien comprendidos, de una clase determinada”, y que para los fines que se han propuesto, muchas veces vale más una derrota contrastada fuertemente que una victoria lograda con facilidad, porque el verdadero resultado de su lucha “no está en el éxito inmediato, sino en la organización más extensa de los trabajadores”. Aquellos que “estiman que tienen contra qué protestar, pero que no tienen motivos para desesperarse” han sido quienes mejor han sabido aquilatar los resultados de las elecciones; aquellos hombres y mujeres que se han forjado en lucha contra ese revolucionarismo pequeñoburgués que desarrollando fácil y súbitamente una mentalidad ultrarrevolucionaria “es incapaz de manifestar serenidad, espíritu de organización, disciplina, firmeza”; en lucha contra la inconstancia de ese tipo veleidades revolucionarias, cuya esterilidad y “facilidad de cambiarse rápidamente en sumisión, en apatía, en imaginaciones fantásticas, hasta en un entusiasmo furioso”, en lucha contra ese izquierdismo veleidoso cuyo rechazo de la “labor menuda” y su táctica de esperar los “días grandes” sin “saber reunir al paso las fuerzas creadoras de los grandes acontecimientos” son sobradamente conocidas, se han templado aquellos que mejor han asimilado las lecciones de la jornada electoral, para bien y para mal. 

Y ellos saben mejor que nadie que no se puede triunfar sin aprender no sólo “a tomar la ofensiva”, sino también a “saber replegarse con el mayor acierto”, “a llevar a cabo la retirada con acierto”, “con las escisiones menos profundas e irreparables, con menos desmoralización, con más capacidad para reanudar la acción de un modo más amplio, acertado y enérgico”. Mientras tanto, los triunfadores miopes ríen, se regodean y se cuecen en su propia salsa, envanecidos y arrogantes… olvidando una pequeña cosa, que “la política no se mueve en línea recta sino en espiral, y que lo ido volverá, solo que en un plano superior”[1]. Quienes hoy se complacen y revuelcan estúpidamente en sus triunfos aparentemente absolutos e irreversibles, quienes hoy, emborrachados en sus victorias se burlan irreflexivamente de los derrotados, restregándoles arrogantemente sus triunfos en la cara, harían bien en meterse esto en sus mientes: que lo ido siempre vuelve, sólo que en un plano superior. Para entonces, ojalá que la historia los agarre confesados.


[1] Aquiles Córdova Morán, “Democracia y organización de masas”.


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