Por Jenny Acosta
Mayo 2021

Este 2021 se cumplen 76 años de la derrota del nazismo por las fuerzas armadas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Podría esperarse que, al tratarse de un hecho histórico, de algo real, la narración e interpretación de los sucesos fuese la misma; sin embargo, el paso del tiempo y las investigaciones históricas al respecto, han demostrado que existe más de un modo de concebir estos sucesos que marcaron el siglo XX y que continúan influyendo en el XXI.

Cuando terminó la Guerra, Winston Churchill, primer ministro británico, telegrafió a Stalin, líder de la URSS, aseverando que “Las generaciones futuras reconocerán su deuda con el Ejército Rojo en una forma tan franca como lo hacemos nosotros que hemos vivido para presenciar estas pujantes hazañas”. 76 años después se puede decir que no pasó así, por lo menos no como un fenómeno general. En la narrativa histórica presentada en este siglo, fueron los Estados Unidos quienes vencieron al nazismo; esto lo sabe cualquiera gracias al montón de películas, series, libros, cómics, de consumo cultural promedio en el que los Estados Unidos salvan al mundo y la URSS aparece como parte de los malos.

Esta narrativa excesivamente simplificada ha sido suficiente para “educar” al ciudadano promedio. Sin embargo, es ineficiente para convencer al sector que tiene una visión más “crítica” de la sociedad o que por lo menos cuenta con una preparación académica por encima del promedio. Desde 1941, Martin Dies, miembro del Congreso de EE. UU. de 1931 a 1945 y primer presidente del Comité de Actividades Antiestadounidenses, tenía clara la necesidad de un discurso anti-URSS. Cuando Roosevelt declaró que la defensa de la Unión Soviética era crucial para Estados Unidos, él le escribe al presidente Roosevelt diciendo que pretende “aprovechar todas las oportunidades que se me presenten para dar a conocer al pueblo americano las similitudes que existen entre Stalin y Hitler”. La carta no menciona las características específicas a que Dies hace referencia, posiblemente porque la realidad que estaba viviendo el mundo entero mostraba que nazismo y comunismo eran totalmente diferentes.

El 5 de mayo de 1953, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) aprobó el “Programa de Adoctrinamiento”, con el fin de financiar proyectos de intelectuales, artistas e investigadores para que hicieran contrapeso a la doctrina comunista. Un programa de este tipo atacaba al comunismo sin una amenaza abierta de guerra. Así, se financiaron congresos, revistas, investigaciones, exposiciones culturales, películas, todo lo que pudiera contribuir a presentar al comunismo como la otra cara del fascismo. Uno de estos congresos financiados por la CIA fue el Congreso por la Libertad Cultural en el que participaron intelectuales de gran influencia como Benedetto Croce, Karl Jaspers o Bertrand Russell; el presidente de este Congreso fue Michael Josselson, conocido oficial de la CIA. El Congreso contó con el financiamiento para presentarse en todo el mundo.

El modo más eficaz que se encontró para igualar comunismo y fascismo fue a través del concepto de totalitarismo, cuya definición es tan general que permite hacer equiparaciones abstractas, y tan conveniente que solo se aplica a los estados que van contra el capitalismo, pero nunca a las naciones verdaderamente totalitarias como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania.

Estos hechos aparentemente lejanos, continúan teniendo una fuerte influencia en la producción cultural contemporánea, y siguen cumpliendo su finalidad al quitarle a la URSS el mérito que le corresponde por derrotar al nazismo equiparándola a este. Una investigación honesta sobre los hechos tendría que reconocer los errores de la URSS, pero también que fue esta la única nación que se atrevió a ir contra el nazismo cuando nadie más quiso hacerlo.


Jenny Acosta es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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