Por Victoria Herrera
Mayo 2021

La mala relación o absoluta desavenencia entre verdad y política es un viejo lugar común. No sólo en México, sino en buena parte del mundo. Pero no hace falta ir tan lejos, ni en el tiempo ni en el espacio, para comprobar la vigencia de este tópico, especialmente entre los políticos profesionales, quienes para esto se pintan solos. Para muestra un botón. No hace tanto que el presidente López Obrador pronunció estas “aladas palabras”: «No crean que tiene mucha ciencia el gobernar. Eso de que la política es el arte y la “ciencia” de gobernar no es tan apegado a la realidad. La política tiene más que ver con el sentido común, la política tiene que ver más con el juicio práctico». Desde este punto de vista, verdad y política son dos cosas no sólo completamente ajenas y absolutamente extrañas entre sí, sino incluso contrarios absolutos, es decir, conceptos que se excluyen mutuamente. Política y verdad son, pues, incompatibles, de suyo irreconciliables. Y esta es, sobre poco más o menos, una idea compartida por la mayoría de quienes se dedican a la política en México, sin importar estofa o ralea.

Si por azares del destino pudiéramos saber qué piensan todos o la mayor parte de nuestros políticos acerca de este problema comprobaríamos que en su inmensa mayoría comulgan con el presidente López Obrador en cuanto a la opinión de que “no tiene mucha ciencia el gobernar”. Para muestra otro botón: «La única manera de realmente hacerlo es con huevos, ¿me entiendes?, y yo he demostrado en muchas ocasiones, perdóname que te lo diga en estos términos, pero yo he demostrado en muchas ocasiones de qué tamaño tengo los huevos, yo le menté la madre a un secretario de Hacienda en funciones y me he aventado tiros con presidentes de televisoras, y me he aventado tiros con estos y con los otros. (Las negritas son de VH)». Este breve pero surtido florilegio de “verdades” políticas pertenece al inefable Alfredo Adame. Para este representante típico del circo político nacional todo se trata nada menos que de “huevos”. A decir verdad, Adame sólo reduce a su última expresión o vuelca en términos coloquiales la afirmación políticamente correcta del presidente López Obrador. “No tiene mucha ciencia el gobernar” —dice el titular del poder Ejecutivo—. “La única manera de realmente hacerlo es con huevos” —traduce Adame—. El sastrecillo valiente acabó con siete moscas de un solo golpe. Pero Adame y el presidente López Obrador superan aquel portento: fulminan de un solo plumazo casi cinco siglos de desarrollo de la ciencia política desde la publicación de El príncipe de Maquiavelo. Y sin embargo ambos son tan sólo dos muestras, aunque altamente representativas, de la “clase” política mexicana, entre la mayoría de cuyos integrantes prevalece la misma impresión: que su actividad profesional tiene que ver menos con la ciencia que con el tamaño de sus gónadas, con la “valentía” de mentar madres o aventarse “tiritos”.    

Ahora bien, tal concepción de la política no es más que una cara de la moneda. Su otra faz es una concepción recíproca de la verdad. En efecto, si se acepta que “en el arte de la política es esencial mentir, saber ocultar astutamente las propias opiniones y los verdaderos fines hacia los que se tiende; saber hacer creer lo contrario de lo que realmente se quiere, etc.”; si se admite, en fin, que la esencia misma del poder es la de ser engañoso, que “gobernar” no es la “gran ciencia”, también se acepta, consciente o inconscientemente, que la esencia misma de la verdad es precisamente la de ser impotente, impráctica, inaplicable. Pero precisamente de esto último, del carácter supuestamente impráctico e impotente de la verdad, surge el reverso necesario del estereotipo correspondiente al político cazurro: el “intelectual avinagrado en su propia estupidez e incapacidad para obrar”, ese representante típico de un “intelectualismo cansino e incoloro”, “pedante y árido”, que da a luz “una entera caterva de fantasiosos presuntuosos, más deletéreos para la vida social que los microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos”, que da lugar a un “revoloteo de superficiales inteligencias enciclopédicas” que discurren “de todo y de todos con uniforme imperturbabilidad”. A partir de estas dos concepciones complementarias se concluye que verdad y política son irremediablemente irreconciliables. Por tanto, habría que reconocer que la verdad es ajena a la política y que la política es incompatible con la verdad.

En términos más generales, esta disyuntiva entre verdad y política equivale a la oposición mutua entre hacer y conocer, o también entre homo faber y homo sapiens. A pesar de todo, la disyunción o ruptura de la unidad entre verdad y política o entre hacer y conocer no es resultado de la mera ignorancia o maldad de los individuos, sean estos políticos o intelectuales, no importa si de altos o bajos vuelos. Por el contrario, tiene una base objetiva, social e histórica. Uno de los motores más importantes del desarrollo de la sociedad burguesa ha sido y es el sistema de la división del trabajo y de la especialización. Este sistema permite que la sociedad en general o totalidad social se haga más rica y compleja, al mismo tiempo que empobrece las capacidades, astilla las fuerzas y fragmenta las disposiciones del individuo como “totalidad en pequeño”. Así pues, la sociedad burguesa convierte a los hombres en pequeños “fragmentos” particulares del todo, de suerte que “cada cual entiende sólo de un arte mecánico en particular, sea material o intelectual”. Respecto a esta desmembración de la “esencia” humana, Hölderlin escribe: “Ves operarios, pero ningún hombre, pensadores, pero ningún hombre […]. ¿No es eso como un campo de batalla, donde yacen despedazados manos y brazos y todos los miembros, mientras la sangre derramada desaparece en la arena…?”. Esta deformación específica de la sociedad burguesa explica que la política se convierta en una “maquinaria de especialistas del poder”, de hombres que sólo entienden de la política como actividad particular y que viviendo permanentemente atados a ese “fragmento particular del todo” se forman sólo como fragmentos humanos.

Mas reconocer la base objetiva de la ruptura entre hacer y conocer no significa aceptarla resignadamente, no implica la reconciliación estoica con la realidad actual. Por el contrario, la práctica revolucionaria, la transformación concreta de la sociedad, establece también prácticamente la unidad indisoluble entre práctica y teoría, entre política y verdad. Sin embargo, tal unidad no parte de una oposición abstracta entre la supuesta índole prosaica e inferioridad del “ser” o “mundo presente” y las presuntas excelencias de una suerte de “Deber ser” abstracto e independiente de la sórdida base material de la sociedad. La unidad entre lo material y lo espiritual, entre práctica y teoría, no toma como punto de partida una verdad ajena e independiente de la práctica social, una verdad que supondría la imparcialidad y la neutralidad respecto a la contienda social o la lucha política, como esperarían ciertos intelectuales presuntamente imparciales que se creen más allá del bien y del mal y que se asumen a sí mismos como el non plus ultra de la Razón razonante, por encima de la sucia política: esto “no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto”. Nada de eso. La práctica revolucionaria advierte la relación dialéctica entre la libertad y la necesidad, entre política y verdad. Reconoce la unión o unidad de la realidad material y de la realidad espiritual, así como su acción recíproca. No sirve de nada contraponer la pureza abstracta de ideales utópicos a la crudeza de la realidad: se trata de tender un puente para unir los ideales con el presente histórico. La libertad no puede ser sino la expresión consciente de la necesidad, la necesidad hecha libertad. El hombre es libre en cuanto reconoce que no puede romper la identidad entre la libertad y la necesidad, que no puede oponer la una a la otra. No por otra razón Lenin escribe: “Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”. En suma, la práctica revolucionaria no parte de ideales abstractos ni de verdades absolutas.

A grandes rasgos, la transformación revolucionaria de la sociedad sigue aquel principio de Vico que establece la indisolubilidad “del vivir y del interpretar”, “del transformar y del entender”: verum ipsum factum. Esta concepción crítico-práctica de la historia afirma que ciencia y potencia coinciden: su exigencia crítica observa que “para obrar sobre la realidad es preciso indudablemente entenderla”, pero su exigencia práctica advierte que “no se la entiende verdaderamente sino obrando sobre ella” (verum ipsum factum), de modo que el hombre “no contemple sin acción y no obre sin contemplación”. Entre política y verdad hay la misma unidad y dependencia recíproca que entre hacer y conocer. Pero la conciencia de este lazo recíproco y la asociación de ambas actividades en una sola persona no puede surgir ni realizarse en individuos como Alfredo Adame o el presidente López Obrador, hombres que se han formado como fragmentos particulares del todo, es decir, como especialistas (si bien de escasa altura) del poder, sino en pensadores que sean hombres de acción y en hombres de acción que sean pensadores: ¿acaso no dice José Carlos Mariátegui que Carlos Marx inicia un nuevo tipo de hombre que es precisamente un “hombre de acción y pensamiento”? ¿Y no es verdad que la Revolución Rusa produce en Lenin, Trotsky, Bujarin, Lunatcharsky y muchos otros más una clase de hombre “pensante” y “operante”? “¿Y en Rosa Luxemburgo acaso no se unimisman, a toda hora, la combatiente y la artista”, la práctica y la teoría? 


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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