Por Citlali Aguirre
Mayo 2021

La interacción del hombre con su entorno ha existido siempre. Las sociedades humanas producen y reproducen las condiciones materiales de su existencia a partir de un proceso de intercambio (metabólico) de energía y materia con la naturaleza, generando así una determinación recíproca entre sociedad y naturaleza. Al organizar sus sociedades, los humanos  modifican de un modo particular su entorno natural. Así, las diversas modalidades de organización productiva de las sociedades han implicado un trato particular y diferenciado para con el mundo natural[1]. A veces el hombre ha beneficiado y a veces perjudicado a los sistemas y procesos ecológicos.

A partir de la Revolución Industrial y el consecuente desarrollo del capitalismo se duplicaron las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEIs); se disparó la polución, la alteración de hábitats y extinción de especies, así como la aparición de enfermedades y pandemias.  Particularmente, la industria del petróleo y el gas ha sido la principal causante de la catástrofe ecológica. Sin embargo, el sistema económico prevalente no ha encontrado la manera de que la economía crezca si no es con combustibles fósiles. A pesar de los compromisos pactados en el Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París (COP21), las emisiones de GEIs no disminuyen. En palabras del economista ecológico Joan Martínez Alier “en lugar de una transición energética que deje los combustibles fósiles de lado, lo que hay son adiciones energéticas: los países extraen más carbón, gas y petróleo que antes, y están poniendo muchísima energía solar y eólica, pero como un extra”.

Al mismo tiempo crece también en todas partes la depredación de recursos, y no precisamente a causa del aumento de la población humana. Existe un comercio ecológicamente desigual entre los países ricos del Norte y los países pobres del Sur, con el consecuente desplazamiento de los costos ambientales en la misma dirección: Estados Unidos importa más de la mitad del petróleo que consume; la Unión Europea importa cuatro veces más toneladas de minerales, petróleo, carbón y soja  de lo que exporta, mientras que América Latina está exportando seis veces más toneladas de estos productos de lo que importa. Las economías del Sur se apoyan considerablemente en un aumento de las exportaciones de productos primarios[2], pero se quedan con los costes de las actividades extractivas de los capitales del Norte (afectaciones al entorno natural y a la salud humana) y no han logrado incorporar dichas externalidades negativas locales en los precios de los productos que exportan[3].

La misma desigualdad observamos en las emisiones de dióxido de carbono, causa principal del cambio climático. A decir del informe sobre la Desigualdad Extrema de las Emisiones de Carbono de la  Oxfam, la huella de carbono (indicador que mide la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) producidos por un individuo, organización, evento o producto)  media del 10% más rico de la población es hasta once veces superior a la mitad más pobre de la población y la huella de carbono media del 1% más rico de la población mundial podría multiplicar por 175 a la del 10% más pobre. El informe continúa “si bien el nivel de emisiones de algunas economías emergentes como China, India, Brasil y Sudáfrica es elevado y aumenta rápidamente, las emisiones derivadas de los hábitos de consumo incluso de su población más rica siguen siendo inferiores a las de sus homólogos en los países ricos miembros de la OCDE”[4].

Otro ejemplo es el de los vehículos eléctricos. Estos son una buena noticia en la lucha contra el cambio climático, pero la extracción de los minerales para fabricar sus baterías genera problemas ambientales en países del Sur en desarrollo. Más de la mitad de las reservas naturales de litio se encuentran debajo de las regiones andinas de Bolivia, del salar del desierto de Atacama, en Chile, y de Argentina. Como la extracción de este mineral requiere grandes cantidades de agua subterránea, los productores de quinoa y pastores de llamas indígenas ahora tienen que competir con los mineros para acceder al agua en estas regiones, que son de las más secas del mundo. Respecto al cobalto, empleado para aumentar la eficiencia de las baterías, casi la mitad de las reservas mundiales se encuentra en la República Democrática del Congo, de ahí se extraen dos tercios de la actual producción global. Sin embargo, según informes de la UNICEF, casi el 20 por ciento del cobalto extraído en este país africano proviene de minas artesanales, donde unos 40 000 niños trabajan en condiciones extremadamente peligrosas: rodeados de polvo con metales tóxicos que provocan problemas de salud como enfermedades respiratorias y defectos congénitos.

La situación antedicha ha derivado en una deuda ecológica de los países industrializados del Norte frente a los países del Sur, no solo por el saqueo de sus recursos naturales y el daño ambiental, sino por el comercio injusto y el aprovechamiento exclusivo del espacio ambiental como depósito de los GEIs o residuos eliminados por los países del Norte. Según estudios del Observatorio de Multinacionales en América Latina podríamos identificar entre los principales deudores a grandes transnacionales como la estadounidense Chevron-Texaco, Repsol, BBVA e Iberdrola. Estas corporaciones generan grandes externalidades negativas en el Sur que no son considerados en sus cuentas, ni son resarcidas o restauradas. En febrero de 2011, un tribunal ecuatoriano sancionó a Chevron-Texaco con 8.600 millones de dólares de multa por contaminar la Amazonía durante 18 años. Dentro de los deudores están también los gobiernos del Norte que apoyan la actividad exterior de estas empresas y trazan el camino legal para sus proyectos e inversiones. La Iniciativa de Materias Primas de la Unión Europea, por ejemplo, pretende conseguir que las compañías europeas tengan acceso a los minerales clave para la economía europea en los países en desarrollo, a partir de la eliminación de tasas de exportación o reglas restrictivas de inversión[5].

La creciente explotación provocada por el actual modelo económico no sólo da origen a una larga lista de problemas ambientales. También genera, cada vez más, conflictos sociales graves que se manifiestan en múltiples y frecuentes movimientos de resistencia popular e indígena contra el avance de las actividades extractivas de las empresas multinacionales. En la costa ecuatoriana, por ejemplo, los manglares han desaparecido para poner camaroneras, la gente que vivía ahí, de la recolección de conchas, ha sido poco a poco desplazada. En la India, hay una fuerte lucha contra una famosa represa en el río Narmada;  la gente protesta en defensa del río, pero también en defensa de la gente, pues si esta represa es completada,  entre 40 y 50.000 personas tendrían que dejar de habitar la región. Quizá el caso más sonado sea el de la minería: comunidades de Guatemala, Perú, Argentina, México, India e Indonesia se defienden apelando a la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos territoriales indígenas y tribales bajo el convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, o recurren  a otras acciones y planteamientos legales, generalmente sin éxito.  En la Amazonía hay comunidades que resisten contra las empresas petroleras como Texaco y Repsol. En Ecuador se plantan miles de hectáreas de pino para capturar dióxido de carbono europeo, pero algunas comunidades empiezan a protestar porque no se pueden comer los pinos, no pueden sembrar o criar ganado y, si hay un incendio, el contrato los obliga a replantar[6].

La mitad más pobre de la población mundial (aproximadamente 3,500 millones de personas), dice la Oxfam, sólo genera alrededor del 10% del total de las emisiones mundiales atribuidas al consumo individual y vive mayoritariamente en los países del Sur más vulnerables al cambio climático; mientras que el 10% más rico del mundo es responsable del 50% de estas emisiones. Ahora, los multimillonarios Bill Gates, Elon Musk, Michael Bloomberg y Jeff Bezos han adoptado un “papel activo” en la lucha contra la crisis climática. Sin embargo, todo el dinero que invierten en frenar el calentamiento global no soluciona la raíz del problema: un sistema de producción “libre”, desordenada y de consumo masivo que altera y degrada el planeta en cada uno de sus rincones; una sociedad con cada vez mayores emisiones de las cuales este 1 % de millonarios es mayoritariamente responsable.


Citlali Aguirre es maestra en ciencias biológicas por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Oddone, C. N., y Granato, L. 2005. La deuda ecológica con los países del Sur.

[2] Martínez Alier J. 2005. El Ecologismo de los Pobres. Conflictos Ambientales y Lenguajes de Valoración.

[3] Oddone, C. N., y Granato, L. 2005. La deuda ecológica con los países del Sur. 

[4] Oxfam. 2015. La Desigualdad Extrema de las Emisiones de Carbono.

[5] Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL). Deuda ecológica.

[6] Martínez Alier J. 2005. El Ecologismo de los Pobres. Conflictos Ambientales y Lenguajes de Valoración.

Referencias

Oddone, C. N., y Granato, L. 2005. La deuda ecológica con los países del Sur. Ecología política, (29), 75-86.

Oxfam. 2015. La Desigualdad Extrema de las Emisiones de Carbono. https://www-cdn.oxfam.org/s3fs-public/file_attachments/mb-extreme-carbon-inequality-021215-es.pdf

OMAL. Deuda Ecológica. https://omal.info/spip.php?article4833.

Martínez Alier J. 2005,. El Ecologismo de los Pobres. Conflictos Ambientales y Lenguajes de Valoración. Icaria, Barcelona.

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