Por Jenny Acosta
Abril 2021

En marzo de 2021 la Secretaría de Educación Pública (SEP) lanzó una convocatoria abierta para rediseñar los libros de texto gratuitos sobre los que se basa la educación pública en México. Los ganadores del concurso verían su trabajo publicado, tendrían un ejemplar del libro en el que se publicaría su diseño y un reconocimiento con valor curricular. La reacción de los artistas con la formación necesaria para participar en la convocatoria no se hizo esperar y lanzaron una Anti Convocatoria, una iniciativa que buscaba denunciar la precarización del trabajo artístico en el país, precarización que la SEP continuaba al creer que los trabajos, por lo menos los ganadores, no se deberían pagar.

La creencia de que el artista trabaja solo por amor al arte, como entretenimiento, incluso de que lo hace no es un trabajo, tiene un origen diverso. Podría considerarse que se inserta dentro de una concepción más generalizada y que se ha afianzado con el impulso de las sociedades capitalistas: solo es trabajo pagable aquello que produce valor. No es que el arte no pueda contener valor o no sea una mercancía valiosa, sino que, al ser una actividad marginal en la lógica de producción capitalista, al requerir más tiempo de elaboración y al tener un mercado mucho más reducido que muchas otras mercancías, las ganancias obtenidas a través de la actividad artística son irrisorias y vivir de ellas se vuelve muy difícil, por lo que el ciudadano promedio reafirma su creencia de que el arte no es un trabajo porque no se puede vivir de él. Además, esta consideración se refuerza con las figuras de otros artistas, como Vincent Van Gogh, Edgar Allan Poe o Amadeus Mozart, que a pesar de vivir en la pobreza continuaron creando obras de arte por las que recibieron poca o ninguna gratificación económica.

Pero en un sistema de libre mercado generalizado, en el que se hace imposible sobrevivir sin entrar dentro de la lógica de trabajar para ganar dinero y poder vivir, es injusto, incluso inhumano, pedir que quienes se dedican al arte sigan los pasos de sus antecesores y produzcan sin obtener un pago por el tiempo y esfuerzo invertidos. Los “premios” de la convocatoria de la SEP parecen ignorar, además, la crisis económica que la pandemia por covid-19 está provocando en todo el mundo que, por todo lo descrito anteriormente, el sector artístico es de los que más resienten. Es imposible presentar datos del impacto económico que la pandemia produce entre los artistas, pues la misma Secretaría de Cultura federal los ignora, así lo expresó la secretaria Alejandra Frausto el 31 de marzo de 2021; a pesar de que 82 millones de pesos serán invertidos en diversas convocatorias dirigidas a la creación artística, es muy difícil que se focalicen en los sectores artísticos que más lo requieren y que sea un monto suficiente, precisamente porque hay desconocimiento exacto de la situación.

Pero esta ausencia de planeación en los apoyos para el sector artístico se refleja también en la política que la “cuarta transformación” ha adoptado como bandera: la austeridad, que ha barrido con lo poco que se había alcanzado en los años anteriores. La destrucción de fideicomisos centrales para el fomento de la cultura mexicana, como el FIDECINE o el FONCA, demuestran que la lógica que sigue la SEP con su convocatoria es el resultado de la política efectiva de la “cuarta transformación”, en la que hay un recorte sistemático al presupuesto para cultura y en la que lo poco alcanzado se sacrifica en pro de la demagogia.


Jenny Acosta es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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