Por Jenny Acosta
Abril 2021

En los últimos años han surgido distintos grupos de manifestantes que tienen dentro de su programa de acción la intervención en un aspecto específico de la sociedad, es decir, que notan que hay problemas en un sector y buscan una solución que, en muchos casos, se limita al sector en cuestión. Algunos de los movimientos más emblemáticos en este sentido son el ecologismo, el animalismo, el campesino y el feminismo. Cada uno de estos tiene una serie de demandas que responden a los problemas que atañe a su sector: el medio ambiente, los animales, los campesinos y las mujeres, por poner algunos ejemplos.

De estos movimientos, el feminismo ha cobrado mucha importancia en la vida política del país. Cada vez las manifestaciones que enarbolan esta bandera son más comunes, cuentan con más participantes y logran alcanzar sectores y espacios sociales nuevos, muchos de los cuales parecían utópicos en el pasado.

Aunque podría establecerse toda una cronología del movimiento feminista, este trabajo se centra en abordar lagunas importantes que no se llenarán con los datos más “precisos”, pues en cuestiones de este tipo, la ideología como censora de los temas a investigar y recuperadora de “lo importante” juega un papel de primer orden, sin que esto suponga que es el origen del problema. Para el enfoque buscado aquí, lo más conveniente es analizar cómo se presentan actualmente los problemas que dinamitan las manifestaciones feministas y para esto tampoco es necesario rescatar las extensivas cifras al respecto. El hecho de que en marzo —en plena cuarentena por COVID-19— se registrara un aumento en las llamadas por violencia de género demuestra la situación alarmante a la que están sometidas las mujeres, incluso en el hogar que ellas mismas cuidan. Las organizaciones feministas, no sólo de México, alertaron sobre esta situación y buscaron paliarla de alguna manera.

Erradicar la violencia de género y la legalización del aborto han sido dos de las demandas que con más ahínco ha encabezado el feminismo mexicano. La equidad en los salarios y la participación visible de las mujeres en la vida pública también han estado presentes, pero no con la misma fuerza. Esto se entiende porque en este último par ha habido avances que satisfacen a algunos sectores de la población femenina; sin embargo, estos no han sido extensivos a todos los aspectos en los que las mujeres han presentado alguna exigencia, sobre todo, en lo relativo a la violencia de género.

Los triunfos de las manifestaciones feministas deben ser reconocidos en su totalidad, pero lo mismo ha de acontecer con sus deficiencias. Algunas de estas últimas representan, desde mi perspectiva, un atraso respecto a lo que movimientos feministas anteriores nos enseñaron; principalmente, con respecto al feminismo socialista, al feminismo de clase, representado en Flora Tristán y Alexandra Kollontai.

¿Cuáles son estas lecciones? Podemos presentarlas en dos puntos:

  1. Un feminismo popular y bien organizado que no solo se conformaba por elementos de la intelectualidad; buscaba contar con mujeres de todos los sectores y hacía labor constante para que los sectores menos letrados, en específico las trabajadoras, se involucraran en todos los niveles de la organización. No se limitaba a lanzar convocatorias abiertas para asistir a alguna manifestación —cosa que probablemente sucedía, pero no como la constante y nutriente principal de las mismas—, se trataba más bien de organizaciones con trabajo constante entre su base.
  2. Un feminismo que no se limita al feminismo, pues tenía claro que las condiciones de opresión a la mujer bajo el capitalismo no podían ser transformadas si no se lograba el cambio en toda la configuración social. La parcialización como elemento orgánico del movimiento no estaba presente y, aunque sí hubo momentos de participación exclusivamente femenina, no eran lo común: estaban pensados dentro de un programa que no se limitaba a sus demandas.

En resumen, un feminismo con perspectiva de clase, pues siempre tuvo presente que su lucha debía responder, en primer lugar, a las necesidades de las mujeres trabajadoras, pero que las más elementales de estas no eran exclusivas del género femenino, sino de toda una clase social; por tanto, en primer término, la lucha era de clase. En contraposición con las posturas más radicales de nuestra coyuntura, el enemigo no era el varón per se, sino la configuración social concreta que permitía y alentaba la superioridad varonil y la inferioridad femenina. La agenda del movimiento feminista, si bien tenía particularidades, no estaba desligada de la presentada por las organizaciones socialistas.

Las dos pensadoras que inspiran esta reflexión son bien conocidas por su compromiso militante y la defensa de estas ideas en sus escritos.

En Biografía de una mujer emancipada, Kollontai expresa que, aunque en Rusia ya había un “… feminismo pequeñoburgués bastante fuerte… mi concepción marxista del mundo me indicaba con absoluta claridad que la liberación de la mujer solo podía ocurrir como resultado del triunfo de un orden social nuevo y un sistema económico distinto.”[1] Para Alexandra, la liberación femenina no era una cuestión independiente de la lucha de clases. Ella distingue un feminismo pequeño burgués de uno proletario; es decir, un movimiento que busca mejoras “progresivas” para la mujer, manteniendo, en sus bases, el contexto social; mientras, la otra vertiente, la del feminismo proletario, sabe que los cambios logrados en ese contexto social sólo son paliativos, pero nunca la solución total. Por tanto, esta corriente lucha por una nueva forma de organización social.

Precisamente por esto último, el feminismo por el que Kollontai abogaba mantenía la unidad de todos los sectores oprimidos por el capitalismo, pues tenía claro que la liberación estaba en proporción directa con la alcanzada por aquellos sectores que sufrían por su condición de explotados. Evidentemente, la relación con el socialismo como movimiento que va más allá del feminismo no es sencilla; la misma Kollontai cuenta las dificultades que tuvo para que sus mismos compañeros comprendieran la importancia que el feminismo tenía en la revolución y el porqué las revolucionarias no podían dejar esta cuestión como una cuestión relevante sólo para las mujeres pequeñoburguesas. No obstante, dichas dificultades no condujeron a una ruptura con sus compañeros de lucha, sino a actuar consecuentemente, haciendo la labor necesaria para transformar las concepciones de los miembros del partido. Los logros que la Revolución de 1917 trajo para las mujeres trabajadoras rusas, a pesar de las prohibiciones posteriores, dejan en claro el trabajo logrado en este sentido.

Flora Tristán, la paria del feminismo y socialismo, también tiene mucho que decirnos al respecto. La Unión Obrera es un texto que piensa y crítica la perspectiva de los más oprimidos por el capitalismo: los proletarios y las mujeres. Flora vivió ambas perspectivas.

Hay un momento en el que se dirige a los obreros varones para hacerles ver que la opresión no es exclusiva de un género: “… tratad de comprender bien esto: la ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción, os oprime también a vosotros, hombres proletarios.”[2] Es clara su intención porque los obreros se sepan también oprimidos, como lo están mujeres, por la misma configuración política-económica y, por ello, deben unir fuerzas con ellas. En nuestro momento parece necesario hacer la recomendación, pero al revés, pues si bien la mujer obrera es doblemente oprimida en el capitalismo, la solución no está en una separación dogmática del movimiento entre hombres y mujeres, pues las condiciones que permiten la explotación de la mujer, también hacen lo propio con el hombre. Antagonizando frentes no se gana nada, pero se pierde mucho.

L. von Stein dice refiriéndose a Flora: “Se manifiesta en ella con más fuerza que en los otros reformadores la conciencia de que la clase obrera es un todo, de que debe hacerse conocer como un todo, actuar en forma solidaria, con voluntad y fuerza comunes, en vista de un objetivo común si quiere salir de su condición.”[3] El que la sociedad funcione como una totalidad a partir de las condiciones capitalistas de producción conduce a pensar que la transformación de las condiciones de los parias sociales debe funcionar también como una unidad; que las mujeres oprimidas no pueden tener un movimiento pretendidamente independiente del de los varones, pues la lucha por los derechos reales de uno implica al otro sector. Para cambios epidérmicos y discursos espumosos no hay mayor problema.

De lo anterior podría desprenderse la siguiente pregunta:  ¿se somete la lucha que las mujeres deben dar por sus derechos a la lucha del proletariado? Según las posturas de Kollontai y Tristán, no. La lucha feminista adquiere más bríos cuando comprende a la sociedad como una totalidad y responde congruentemente, participando en y con el movimiento de los parias, teniendo claro que sus banderas más profundas no se realizarán sólo con su lucha, por más tenaz y unificada que esta sea, pues el enemigo la sobrepasará.

Este texto rescata el feminismo socialista para el movimiento de hoy en día, partiendo de la comprensión del capitalismo como una totalidad que exige una unificación de todos aquellos sectores que busquen cambiar su situación, principalmente a la clase social más oprimida: los proletarios sin distinción de género.


Jenny Acosta es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Kollontai, Alexandra, Autobiografía de una mujer emancipada y otros escritos, editorial Fontamara, México, 2015, página 80.

[2] Tristán, Flora, La Unión Obrera, Colección Socialismo y Libertad, versión electrónica, página 60.

[3] L. von Stein, Geschichte der sozialen Bewegung, Leipzig, 1850, II, Citado en: Ídem.

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