Por Ehécatl Lázaro
Marzo 2021

Después de la normalización de las relaciones diplomáticas entre China y Estados Unidos, con la visita de Nixon a Mao en 1973, la política exterior de Estados Unidos se planteó el objetivo de integrar subordinadamente a China al orden internacional de Breton Woods. Así, durante las décadas de 1980 y 1990 la estrategia estadounidense respecto a China consistió en promover la desestatalización de la economía con el supuesto de que una economía abierta al mercado internacional necesariamente debía conducir a un cambio del sistema político: de ser una economía socialista gobernada por el Partido Comunista, China pasaría a ser una economía capitalista globalizada con un sistema democrático liberal.

La economía china atrajo capitales de todo el mundo cautivados por las facilidades para la inversión y por los bajos salarios de la abundante fuerza de trabajo, se impulsaron Zonas Económicas Especiales para promover la transferencia tecnológica de las empresas extranjeras a las empresas chinas, se privatizó casi la totalidad de la economía (hoy el 84% de las empresas son privadas) y, como corolario de la inserción subordinada al sistema económico internacional, China fue admitida en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Sin embargo, no hubo ningún cambio sustantivo en el sistema político chino y el Partido Comunista se mantuvo en el poder.

La política de reforma y apertura que China aplicó en los años 80, 90 y 2000 se basó en el modelo de manufacturar productos de bajo valor agregado orientados a la exportación, generó tasas de crecimiento económico inéditas en la historia mundial y permitió que millones salieran de la pobreza. Pero este modelo de crecimiento también tuvo sus consecuencias negativas, como la contaminación medioambiental, la desigualdad, sobrecapacidad y problemas de rentabilidad; la crisis de 2008 lo volvió prácticamente inviable. En sustitución se planteó un modelo de crecimiento basado en la tecnología y en productos de alto valor agregado (cuarta revolución industrial) al tiempo que China hacía fuertes inversiones en algunas regiones de África, Asia y América Latina, y las Olimpiadas de Beijing 2008 le mostraban al mundo el progreso económico y social que disfrutaba el país asiático.

Fue a partir del cambio de modelo económico y de la creciente proyección internacional que Estados Unidos comenzó a ver con preocupación a China. Durante el mandato de George W. Bush la política exterior estadounidense se enfocó en Medio Oriente como parte de su cruzada contra el terrorismo. El gobierno de Obama mantuvo la fuerte presencia militar en los países de Medio Oriente y alentó las Revoluciones de Colores del norte de África. Sin embargo, en su segunda administración Obama comenzó a implementar una política conocida como “Pivote a Asia”, la cual consistía en cambiar el centro de su política exterior del Medo Oriente a China para contener el crecimiento de ese país. Estados Unidos asumió a China como un rival estratégico.

Con el Pivote a Asia Obama intentó aislar comercialmente a China mediante el TPP, reforzó sus lazos militares con los países aliados del sudeste asiático (Corea del Sur, Japón, etc.), y en general buscó frenar crecimiento chino. Trump continuó la política exterior anti-china aunque con otras estrategias, como el inicio de la guerra comercial, la imposición de sanciones económicas y la campaña discursiva que señalaba a China como un peligro para la supervivencia de las sociedades occidentales. Bajo la administración Trump las relaciones diplomáticas entre China y Estados Unidos alcanzaron el grado de deterioro más alto desde los tiempos de Nixon.

Biden pretende retomar el papel de líder mundial al que renunció Trump y busca aplicar una política exterior más activa contra China. El primer paso de esta nueva política fue la cumbre bilateral de alto nivel realizada en Alaska los pasados días 18 y 19 de marzo. Acostumbrados a imponerle al mundo sus propias decisiones, los representantes de Estados Unidos acusaron a China de violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos en Hong Kong, Xinjiang y Taiwán. Por su parte, los representantes chinos respondieron que Estados Unidos no estaba calificado para hablarle a China desde una posición de fuerza, afirmaron que los puntos de vista del gobierno estadounidense no representan a todo el mundo sino solo a Estados Unidos y exigieron respeto a su soberanía. Después de la cumbre la delegación china se retiró sin ofrecer un mensaje a los medios en señal de descontento, lo que se comprende si se considera que un día antes de la cumbre Estados Unidos aplicó sanciones a 24 individuos chinos.

La cumbre bilateral en Alaska es el episodio más reciente del fracaso de la política exterior estadounidense que pretende subordinar a China a los intereses y decisiones de los Estados Unidos. Hoy China enfrenta a Estados Unidos en condiciones de igualdad y reclama también un diálogo entre iguales.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.