Por Diego Martínez
Marzo 2021

El proceso electoral de este año tiene una gran relevancia; por su magnitud y significado se compara con el proceso llevado a cabo en el 2018. Esto parece una obviedad, pero que, bien pensado, encierra problemáticas de todo el sistema político mexicano que deben ser analizadas.

En primer lugar, se presenta como la oportunidad de evitar que el nuevo presidencialismo que Morena representa se fortalezca y, en segundo lugar, este proceso confirmará si la “cuarta transformación” es diferente o no respecto a los partidos políticos en lo referente a los procesos electorales.

Este último punto lleva la reflexión sobre los partidos políticos. Discutir el papel de los partidos políticos puede parecer algo tan superfluo, en el sentido de que ya mucho se ha dicho sobre ellos, pero es importante en tanto que la figura del partido sigue siendo el eje en torno al cual se desarrolla la política oficial. Así mismo, esto lleva a repensar el papel de las clases populares en la próxima contienda electoral, ya que son sectores altamente representativos, pero a los que, en este tipo de procesos, se les suele asignar un papel secundario, como comparsa de los partidos oficiales.

Sobre partidos y democracia

Sin duda alguna, una de las características de los actuales partidos políticos en México es la falta de límites, de fronteras político-ideológicas que permitan delimitar el significado de lo que cada uno de ellos representa. En el pasado, antes de que se instalara de manera plena el sistema de partidos que hoy impera, era prácticamente impensable la ausencia de tales líneas definitorias de cada partido. Incluso los dos partidos más importantes, representantes de la misma clase política, el PRI y el PAN, mantenían sus diferencias programáticas e ideológicas. Esto sin mencionar la existencia de partidos representantes de las clases populares como el Partido Comunista Mexicano  y el Partido Popoular Socialista.

A finales de los 80 comienzan a desaparecer esas fronteras, un fenómeno que, con el paso del tiempo, en el lenguaje cotidiano se ha conocido como chapulineo político. Una de las principales características del sistema de partidos mexicano, más allá de  la existencia de contrapesos entre el partido que ejerce el poder político y los de la oposición, es la facilidad con la que los integrantes de cada uno de ellos se pasan de uno a otro. Prácticamente todos los partidos, desde los más insignificantes como Nueva Alianza, PT o PVEM, hasta los más grandes como PAN, PRI, PRD y Morena, han intercambiado militantes.

Hoy es imposible decir que un partido tenga un programa y principios definidos  que sean fielmente seguidos por cada uno de sus integrantes, como si cada partido representara a un determinado sector de la sociedad. “La política dominante en México es la política de la clase dominante” (Revueltas, 2020), y el sistema de partidos es la actual forma que esa política ha encontrado para mantener el poder dentro de una misma clase. En principio todo se arreglaba con el traspaso de poder dentro de los integrantes de un solo partido, el PRI; pero ahora, el conflicto entre los sectores subalternos y la clase dominante es tan grave que esta última debe dar la apariencia de que verdaderamente pone en juego el poder durante los procesos electorales, y para tal objetivo se creó el sistema de partidos.

Los resultados de tal sistema se observaron con claridad en las elecciones del 2018, y el proceso electoral en curso viene a confirmarlo. En la primera tuvimos que en diferentes niveles hubo cambios de partido para obtener candidaturas. Solo por mencionar algunos, el gobernador de Puebla, Miguel Barbosa, se había caracterizado por ser un acérrimo enemigo del obradorismo; sin embargo, logró obtener la candidatura por Morena (debemos recordar que Barbosa realmente salió perdedor en las elecciones); así también el caso de la senadora Téllez, quien fuera avalada por el actual presidente de la república y que, en la primera oportunidad, abandonó al partido por el cual compitió. Esto demuestra lo difuso que son los límites entre los partidos, así como lo aparente de nuestra democracia.

La actual campaña es continuación del 2018, ahora definida con la alianza entre partidos. Por un lado, la alianza que cumple el papel de “oposición” formada por el PRI-PAN-PRD. Como ya se mencionó, en algún momento las diferencias entre estos partidos hacían impensable tal alianza. Por otro lado, la alianza oficialista Morena-PT-PVEM no representa algo diferente, esto sin mencionar que la composición interna de Morena es en sí misma una amalgama de políticos provenientes de diversos partidos. Cada una de estas alianzas se esfuerza por mostrarse como dos cosas diferentes, pero en el fondo ambas forman parte de la misma cara de la moneda. Los primeros representan el pasado, que fue rechazado en el 2018, y los segundos, un presente que, de manera acelerada, acumula un sentido de decepción dentro de la ciudadanía.

Por contradictorio parezca, el sistema de partidos jugó un papel importante dentro de la política mexicana, principalmente en lo que se refiere al presidencialismo. Las elecciones de 1988 podrían ser consideradas como punto máximo del sistema presidencialista nacional, pues fue el momento en el que este último demostró ser insuficiente para mantener el control de la clase política sobre el resto de la sociedad y mantener una relativa estabilidad social. También marcó la desaparición de un partido reivindicado como vanguardia política de las clases trabajadoras.

De los años 90 al 2000, la figura del presidente cedió lugar a los demás poderes y fuerzas políticas, aunque no al nivel que pretenden los defensores de la “transición democrática”. Fue esa facilidad para cambiar de partidos, lo que permitió que Morena tenga hoy la mayoría parlamentaria. Como resultado, en estos dos años vemos un retroceso, esto es, un fortalecimiento de la figura presidencial. Bastaría con ver la cantidad de iniciativas planteadas por el Ejecutivo y aprobadas por el Legislativo sin modificación alguna (PEF y Energética). Está también el ejercicio del poder a un nivel más allá de sus funciones, que tienen que ver con la utilización del aparato estatal para la confrontación hacia personajes y grupos que no se someten a su voluntad.   

El papel de los subalternos en las elecciones

 La importancia de las elecciones actuales consiste en que significaría la consolidación del nuevo presidencialismo o la demostración de que la sociedad está lo suficientemente madura para superarlo. Pero la cosa no es tan sencilla, principalmente por el tráfico ideológico en las actuales alianzas, ya que ninguno de los partidos políticos existentes reconocidos como tales por la Ley Electoral, es decir, ni los partidos que se mueven dentro de la órbita de la política del gobierno, ni aquellos que pretenden moverse dentro de un campo de acción independiente, están en condiciones de poner al descubierto cuáles son los intereses sociales que representan (Revueltas, 2020, p. 36)

Estas palabras con las que Revueltas se refirió a los partidos políticos a mediados del siglo pasado, tienen mucha actualidad. En la contienda electoral, no pueden presentarse como lo que son ni exponer sus verdaderos intereses, tienen que dejarlos a un lado y enarbolar los intereses de los únicos quienes les pueden dar la victoria, es decir, tienen que colocarse como defensores de las clases populares, subalternas. Aquí ya podemos identificar tres sujetos dentro de la competencia: por un lado, las dos alianzas que buscan quedarse con el poder político, y por otro, el pueblo, que al no tener su propio partido se tiene que adherir a alguno de los existentes.

El papel de los partidos oficiales existentes es suficientemente conocido, y es poco probable que cambie; cada uno de ellos hará valer su poder económico y su posición dentro del gobierno para atraerse el mayor número de votos. El lugar donde se puede y se debe observar una acción diferente es en las clases populares. O se dejan llevar por los discursos, la compra de conciencias, y se mantienen como carne de cañón de los partidos, o accionan como clase y defienden sus intereses. Ciertamente, esta tarea recae principalmente en los sectores con un grado mínimo de organización dentro de la sociedad, que tengan la capacidad para irradiar esa iniciativa organizativa en el resto de las clases dominadas.

Toca a los movimientos sociales, campesinos, obreros, colectivos feministas, etc., desenmascarar a los candidatos, y demostrar que la pertenencia a un partido no significa ya, adoptar un proyecto e ideología política determinados, así como que el cambio de partido por parte de los chapulines no quiere decir que abandonen sus viejos intereses y prácticas.

Les toca trabajar a contramarea para evitar que el resto de la población, la que aún no se encuentra organizada no se deje llevar por las dádivas y las promesas de los candidatos, que no vendan su conciencia por un plato de lentejas como suele decirse. Les toca denunciar la imposición de los diputados y senadores plurinominales, pues, aunque en algún momento esta figura sirvió para restarle poder al partido dominante (PRI), hoy se ha convertido en el botín a repartir. Mediante esta forma, los partidos en alianza buscan asegurar lugares para personajes que les garanticen su influencia dentro del Congreso de la Unión sin importar si se trata de personajes capacitados o con experiencia mínima dentro de la gestión, sino que se limiten a seguir las ordenes de sus superiores. Por último, les toca dejar en claro a la sociedad que las dos alianzas en su conjunto representan a la misma clase política contra la que se votó en el 2018.

A primera vista pareciera que se dice que las clases populares y sectores organizados de la misma se aparten de la contienda electoral, ya que en ella no hay opciones de cambio verdadero. Sin embargo, es todo lo contrario, lo que se desprende de lo anteriormente dicho es que hoy más que nunca, es momento de que las clases subalternas se involucren de manera activa en la contienda electoral, no como sujetos pasivos a los que se quiera convencer, sino somo sujetos conscientes capaces de imponer sus intereses y demandas a cada candidato que pida el voto, se trata de utilizar el sufragio como herramienta de lucha. De que, al momento de tejer alianzas con un determinado candidato, se observe la trayectoria política del mismo, y no dejarse llevar por proposiciones e ideas abstractas (ya sea “cuarta transformación” o “Va por México”), sino por propuestas realistas encaminadas a mejorar sus condiciones de vida, y de que en vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al pueblo en el parlamento, el sufragio universal habrá de servir al pueblo organizado […], como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios (Marx, 1973, p. 235).

Para el pueblo, apartarse de las elecciones o seguir jugando un papel de retaguardia, significaría consolidar el presidencialismo de la “cuarta transformación” y agravar las relaciones de dominación existentes.


Diego Martínez es sociólogo por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Referencia

J. Revueltas (2020). Obra política. Tomo II. Ed. ERA