Por Jesús Lara
Marzo 2021

Durante varias décadas del siglo pasado, el pensamiento social latinoamericano marchó al ritmo de la escuela de la dependencia. En su vertiente marxista, su postulado metodológico fundamental es que la única forma de entender al capitalismo es como un sistema mundial, en donde el desarrollo desigual entre países genera relaciones asimétricas entre el centro (los países más desarrollados) y la periferia (los países subdesarrollados). En concreto, esta es una relación de dependencia.

Algunos postulados básicos acerca del desarrollo capitalista en nuestras sociedades se pueden resumir de la siguiente forma: en el terreno económico, la burguesía imperialista aprovecha su posición de ventaja para desarrollar plataformas exportadoras en los países periféricos, buscando hacerse de materias primas y otros bienes producidos por una fuerza de trabajo superexplotada. Estos sectores están directamente controlados por la burguesía imperialista o por una burguesía nacional cliente que no tiene ningún interés en el desarrollo industrial nacional. La inserción en el capitalismo global destruye las estructuras sociales en el medio rural, lo que acelera la migración a las ciudades sin que haya un aumento correspondiente de la demanda de trabajo en los grandes centros urbanos: el resultado es una urbanización dependiente caracterizada por marginación, desempleo y subempleo crónicos. Los gobiernos nacionales tratan de corregir mediante estrategias de industrialización por sustitución de importaciones (después de la Segunda Guerra Mundial), pero tienen que iniciar por producir bienes de consumo que son intensivos en bienes de capital (que se tienen que importar de los países ricos) y fuerza de trabajo calificada; el desempleo y subempleo persisten y los países periféricos entran en problemas de balanza de pagos que amenazan permanentemente la reproducción del modelo: el resultado final es la crisis. El desarrollo en los países periféricos es, pues, el desarrollo del subdesarrollo.

Esta escuela, que produjo algunos de los trabajos más originales en distintas disciplinas e inspiró a distintos movimientos políticos, fue rápidamente abandonada a finales de los setenta, cuando la globalización capitalista, es decir, el neoliberalismo, irrumpieron violentamente en la periferia del sistema mundial. Paradójicamente, esto sucedió cuando las liberalizaciones comercial y financiera, al exponer a la industria y agricultura nacionales a la competencia de los países centrales, aumentaban la dependencia y subordinación. México es uno de los casos ejemplares: la liberalización comercial arruinó a millones de pequeños productores agrícolas e hizo quebrar a miles de empresas nacionales; el desempleo y la informalidad aumentaron mientras la economía se desindustrializaba; el desarrollo de una plataforma manufaturera de exportación basada en la inversión extranjera directa y la subcontratación de procesos intensivos en mano de obra (como la maquila) provocaron aumentos espectaculares en el comercio entre México y Estados Unidos, mismos que no se vieron reflejados en valor agregado, crecimiento económico, empleo formal y mejores salarios. En Sudamérica, el auge de las materias primas creó una falsa sensación de prosperidad y desarrollo durante la década de los dos mil; el fin de este ciclo se tradujo en estancamiento o profundas crisis económicas como en Brasil. El imperialismo reafirmó su hegemonía promoviendo golpes de Estado blandos (como en Brasil) y duros (como en Bolivia).

Los avances en materia de reducción de la pobreza y la desigualdad alcanzados en la década de los dos mil se revirtieron rápidamente. En ese contexto estalló la pandemia global por covid-19 que, al seguirse de confinamientos y freno de actividades no esenciales, redujo sustancialmente el ingreso de una parte considerable de la población. La estructura social de nuestros países, caracterizadas por el trabajo informal, el auto empleo y las micro empresas, obligó a millones de personas a seguir trabajando a pesar de la pandemia; la falta de apoyos extraordinarios en países como México agravaron la situación. El virus se siguió expandiendo, generando cientos de miles de muertes, afectando a los más pobres y marginados. Simultáneamente, millones de empleos se destruyeron; una parte importante abandonó la fuerza laboral y en México, por ejemplo, la pobreza laboral alcanzó máximos históricos a pesar de los aumentos consecutivos en el salario mínimo.

Los 22 millones de pobres nuevos en nuestro continente que reporta la CEPAL y el daño irreparable en pérdidas humanas, pues, no se pueden entender solo como efectos inevitables de un choque externo. El daño desproporcional que ha tenido la crisis sobre las clases trabajadoras de nuestros países se debe, fundamentalmente, al sistema capitalista mundial que beneficia a unos pocos países ricos y, cada vez más, solo a una pequeña élite dentro de esos países. La vacuna –desigualmente distribuida en entre los países y al interior– probablemente traerá el fin temporal de esta pesadilla; pero entonces será el momento de decidir si seguir por el mismo camino de dependencia y subordinación, o iniciar un camino de transformación social en donde las necesidades de los sectores populares estén en primer lugar.


Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.