Por Jenny Acosta
Marzo 2021

En 2020, la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) presentó un informe sobre la situación de los museos en todo el mundo; en este se estimó que, debido al cierre tras la emergencia sanitaria internacional, 13% de los museos en todo el mundo no sobreviviría al golpe económico. La UNESCO manifestó su preocupación sobre este hecho, pues desde 2012, la cantidad de museos en todo el mundo se amplió en un 60%, contribuyendo así a la difusión e investigación en distintos ámbitos, por lo que invitó a los gobiernos a realizar planes de apoyo para los espacios museísticos.

El gobierno mexicano ignoró completamente esta recomendación. El ciudadano común puede saber el estado en el que están los contagios de covid-19 en el país gracias al semáforo de covid-19 que la Secretaría de Salud va actualizando. Dependiendo del color del semáforo es que se pueden realizar ciertas actividades; por ejemplo, si el semáforo está en rojo solo se permiten los trabajos esenciales, aquellos sin los que la economía nacional iría a franca quiebra; pero si el semáforo pasa a naranja, se amplía el rango de actividades permitidas. Evidentemente muchos sectores se han visto económicamente afectados por estas medidas, y algunos han podido hacer presión para que se voltee hacia ellos y se visibilice la mala situación por la que están pasando. Un ejemplo de ello son los restauranteros de la Ciudad de México: las protestas que organizaron permitieron que se flexibilizaran las medidas sanitarias para ampliar sus ingresos y no cerrar.

Hay, sin embargo, otros sectores cuya fuerza de presión no está respaldada por los grandes consorcios comerciales, por lo que su crisis económica es vista como un costo que se puede sortear sin problema. De marzo de 2020 a septiembre-octubre del mismo año muchos museos cerraron sus puertas al público. A algunos se les permitió abrir durante dos o tres semanas, máximo un mes, pero el alza de contagios obligó a que cerraran nuevamente sus puertas. Según Forbes México, este cierre ha significado la caída del 70% en los ingresos de vario museos en la Ciudad de México, situación que se vuelve especialmente crítica para los museos privados que funcionan exclusivamente con lo recaudado en entradas y donaciones.

Es cierto que algunos, como el Museo Jumex o el Soumaya, están respaldados por grandes capitales, otros reciben financiamiento del Estado, pero muchos se mantienen con recursos propios. Estos últimos son los que se encuentran en especial peligro, pues no tienen ninguna entrada económica segura, ni propia ni externa. Aunque tampoco es que los museos públicos la pasen mejor, pues sus ingresos “seguros” son cada vez más recortados y no pueden generar recursos propios al tener las ventanillas cerradas. Algunos de ellos, como el Museo Elvis Presley o el Museo Metropolitano de Nueva York (ambos en EE. UU), han sorteado la crisis ofertando recorridos virtuales con costo. Los museos mexicanos, al borde de la desaparición, no pueden, siquiera, financiar la digitalización de su catálogo, menos aún encontrar mecanismos que inviten al ciudadano promedio a gastar en un recorrido de este tipo –y esto sin considerar la crisis económica generalizada y la ausencia de conexión a internet en buena parte del territorio nacional–.

Mientras los museos en específico, pero la oferta cultural en general, sortean las consecuencias económicas de la pandemia, el gobierno ha preferido financiar “proyectos culturales” para taparle el ojo al macho, por ejemplo, la unificación de las cuatro secciones de Chapultepec bajo la dirección del artista (sic) Gabriel Orozco. La cultura tendrá que rascarse con sus propias uñas, como lo ha hecho durante los últimos dos años.


Jenny Acosta es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.