Por Miguel Alejandro Pérez
Marzo 2021

Primaria e inmediatamente, la realidad no se presenta al hombre “en forma de objeto de intuición, de análisis y comprensión teórica”. Esto quiere decir que, originariamente, el hombre no adopta hacia la realidad la actitud especulativa de una “mente pensante”, cual si fuera un sujeto abstracto cognoscente aislado del mundo, sino que, en cuanto “ser que actúa objetiva y prácticamente”, en cuanto “individuo histórico”, la realidad se le presenta, precisamente, como el campo en que despliega o ejerce su “actividad práctico-sensible”. Así pues, originaria, primaria e inmediatamente, el individuo “en situación” establece una relación práctico-utilitaria con las cosas, base material de su intuición (también práctica e inmediata) de la realidad, esto es, de sus propias representaciones de las cosas y del sistema correlativo de conceptos con el que aprehende, capta y fija, el “aspecto fenoménico” de la misma realidad.

Dentro de estos límites, “todos los hombres son filósofos”. En efecto, en su relación práctico-utilitaria con la realidad, los individuos históricos se crean cierta “filosofía espontánea” e inconsciente, implícita, de entrada, en el lenguaje mismo, el sentido común y la religión popular o “folklore”.  Mas esta filosofía popular no es crítica ni coherente, no es, en una palabra, un orden intelectual, sino una concepción del mundo ocasional y disgregada, es decir, ecléctica, y que, como mescolanza abigarrada y “llena de matices”, combina toda suerte de creencias, “elementos del hombre de las cavernas”, desahogos críticos”, prejuicios de “épocas históricas pasadas”, opiniones, supersticiones, etc., con “principios de la ciencia más moderna y avanzada”.

Criticar esta clase de filosofía popular, espontánea e inconsciente, significa hacerla consciente; significa elevar el nivel de conciencia del pueblo en general “hasta el punto al que ha llegado el pensamiento mundial más avanzado”. Socializar, difundir verdades científicas ya descubiertas e introducirlas en su conciencia, en lugar de encerrarla en el marco restringido de la filosofía espontánea. Elevar la conciencia del pueblo hasta la ciencia de su tiempo o, en palabras de Gramsci, “que una masa de hombres sea llevada a pensar coherentemente y en forma unitaria la realidad presente” constituye un “hecho filosófico mucho más importante y original que el hallazgo, por parte de un genio filosófico, de una nueva verdad que sea patrimonio de pequeños grupos intelectuales”. “Lo que queda limitado en una sola cabeza —decía Feuerbach— es teoría”, mientras que “lo que une a muchas cabezas, hace masa y se abre paso en el mundo, es praxis”.

En este sentido, la filosofía espontánea de las clases trabajadoras, cuya base es la práctica utilitaria inmediata, explica la popularidad de la idea de que en México todos los males derivan de la corrupción de los gobiernos anteriores. Pero, por muy razonable o justa que parezca a primera vista, esta idea o más bien intuición inmediata pertenece, en realidad, a la etapa inferior del proceso de desarrollo del conocimiento, la etapa sensorial, etapa que corresponde a las sensaciones y las impresiones. En consecuencia, el discurso anticorrupción capta una sola (ni siquiera la más importante) de las formas fenoménicas de la realidad social, la corrupción, pero no su estructura, su “núcleo interno esencial”.

La corrupción forma parte del mundo de las formas fenoménicas, del mundo, mucho más familiar, cotidiano e íntimo, de la pseudoconcreción; representa, en pocas palabras, el “lado fenoménico” de la realidad social, cuya esencia no se capta inmediatamente, no se manifiesta directamente, sino que se muestra en “algo distinto de lo que es”. La corrupción es, por tanto, un fenómeno que indica o revela “algo que no es él mismo”.

“No puede haber conocimiento al margen de la práctica”, advertía Mao Zedong. De acuerdo con esto, en el orden que sigue el proceso de desarrollo del conocimiento el primer paso, necesario e inevitable, es el contacto y comercio directo e inmediato con las cosas del mundo exterior, pues “si uno no entra a la guarida del tigre, ¿cómo podrá apoderarse de sus cachorros”. En esta medida cabe decir que, en última instancia, todo conocimiento auténtico nace de, comienza con la experiencia directa, con la práctica utilitaria inmediata, la cual, a su vez, es la base del conocimiento sensorial de la realidad, de la filosofía espontánea o sentido común. El conocimiento sensorial representa un grado de conocimiento de la realidad, la etapa inferior del proceso cognoscitivo: a grandes rasgos, concierne a los aspectos aislados, las apariencias y las conexiones externas de las cosas. Por esto, Mao decía que la sensación, lo sensorial, “sólo resuelve el problema de las apariencias”.

Desde este punto de vista, el discurso anticorrupción corresponde a la etapa sensorial del proceso cognoscitivo. En otras palabras, constituye un reflejo incompleto, superficial y unilateral, de la realidad social, una intuición práctica e inmediata que no traduce la esencia del mundo exterior objetivo. Por otra parte, el discurso anticorrupción considera el “lado fenoménico” de las cosas como su esencia misma, en suma, desconoce la diferencia entre fenómeno y esencia. Tampoco distingue entre representación y concepto de las cosas ni reconoce la necesidad de que el conocimiento avance de la etapa sensorial a la racional o lógica, de las sensaciones al pensamiento, es decir, de lo inferior a lo superior, de lo superficial a lo profundo, de lo unilateral a lo multilateral.

El conocimiento lógico de la realidad social, “comprender lo que la cosa es”, quiere decir conocer su estructura, su núcleo interno esencial (la “cosa misma”, si se quiere). Para esto es preciso, en primer lugar, “la separación del fenómeno respecto de la esencia”, “de lo secundario respecto de lo esencial”, “descartar lo falso para conservar lo verdadero”. En síntesis, “dar un salto del conocimiento sensorial al racional”. Desdoblar el todo unitario, descomponer o escindir la realidad única “en lo esencial y lo secundario”, no significa negar la experiencia directa, negar la sensación, negar la realidad de la experiencia sensorial; el conocimiento lógico aísla algunos aspectos del todo, “mata” la realidad única, “desecha la cáscara para quedarse con el grano”, no para negar la realidad del mundo de las formas fenoménicas, sino más bien para revelar su carácter secundario “mediante la demostración de su verdad en la esencia de la cosa”.

El conocimiento lógico, en suma, no descarta la corrupción como algo irreal o menos real que la esencia, coherencia o estructura interna de la realidad social; revela, en cambio, su carácter fenoménico o secundario. De este modo, alcanza incluso una comprensión mucho más profunda de la legalidad, la estructura y el orden de ese fenómeno específico, puesto que, si “la realidad es la unidad del fenómeno y la esencia”, el conocimiento sensorial y el conocimiento lógico son etapas, cualitativamente diferentes, pero no desligadas entre sí, de un proceso cognoscitivo único, de donde resulta que, así como “no podemos comprender inmediatamente lo que percibimos”, “podemos percibir con mayor profundidad sólo aquello que ya comprendemos”.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.