Por Aquiles Lázaro
Febrero 2021

La UNAM publicó recientemente su Encuesta Nacional sobre Hábitos y Consumo Cultural 2020, diseñada por su Coordinación de Difusión Cultural.

Quiero decir, primero, que es difícil aceptar este estudio como una encuesta nacional, representativa de una tendencia general. El cuestionario online fue contestado por poco más de 8 mil personas, la mayoría de ellos con educación universitaria, la mayoría de la Ciudad de México y la mayoría con ingresos económicos por arriba del ingreso más bajo. Se trata de la llamada clase media, que, según los parámetros de la OCDE, agrupa al 45% de la sociedad mexicana. Así que, más que una panorámica nacional, el estudio nos brinda los comportamientos de consumo cultural de esta clase media.

Quien quiera consultar brevemente el material, puede remitirse directamente al estudio gráfico, donde encontrará en figuras claras la información estadística. Por su parte, la versión completa del documento incluye un análisis cualitativo y estadístico, y presenta cinco ensayos de destacados investigadores en materia cultural.

Yo, por mi parte, me limito a señalar muy brevemente algunos puntos relevantes.

La revelación más grave de este material aparece implícita en el hecho de que, en México, la desigualdad en el acceso a los bienes y servicios culturales es tal, que los sectores populares ni siquiera aparecen representados en este tipo de ejercicios estadísticos. Se parte del hecho de que los consumidores de la oferta cultural son, de facto, esas clases medias, y se ignora la investigación sobre los perfiles culturales que definen a las clases populares que, como consecuencia de la creciente desigualdad económica en nuestro país, son cada vez más numerosas. El modelo cultural actual ha fracasado en sus intentos por “democratizar el acceso a la cultura”, como le llaman en los discursos; es más, puede decirse que tal objetivo es cada vez menos prioritario. En esa línea avanza esta publicación de la UNAM.

Segundo. La distribución porcentual de los consumos de contenidos revela también el dramático debilitamiento de la oferta cultural del sector público. Los ataques presupuestales de la 4T contra las instituciones culturales cobran aquí su consecuencia fáctica: Netflix, WhatsApp, Facebook, YouTube, et al arrasan a las producciones de la televisión cultural y de las compañías gubernamentales de teatro, danza, ópera, etc. El discurso de austeridad que reivindica retóricamente a las culturas populares, en los hechos está destruyendo las pocas plataformas públicas de creación y distribución cultural. Aquí debe considerarse también la política obradorista, neoliberal por excelencia, de no apoyar prácticamente a ninguna área de la cultura ante las terribles turbulencias financieras provocadas por la pandemia.

Se me acaba el espacio, pero quiero dedicar las últimas líneas a comentar brevemente el perfil cultural de esa llamada clase media. La sobrevaloración de su propia condición en la pirámide social, en lo que respecta a sus capacidades adquisitivas, ha sido ya mostrada por varios estudios. Pero un fenómeno similar sucede en sus patrones de consumo cultural. Ese grupo de mexicanas y mexicanos con estudios universitarios y un ingreso relativamente estable, se autoconcibe como un grupo de personas cultas, educadas, informadas y de pensamiento crítico (cito casi textualmente el vocabulario más recurrido); y sobre esta base, reproduce frecuentemente un discurso arrogante de superioridad frente a los sectores populares. La realidad, según nos revela esta encuesta, es que alimentan su intelecto principalmente de series de Netflix, rolas de Spotify y memes de Facebook; es lo que un joven historiador llamó recientemente “chatarra cultural del neoliberalismo”. Actividades como ver teatro, danza o escuchar música académica, incluso leer un libro, son entre ellos bastante esporádicas.

Por último, es muy relevante notar que los únicos dos proyectos de diagnóstico e investigación que han estudiado los efectos de la pandemia en el sector cultural provienen de la UNAM. El gobierno federal brilla por su ausencia. El lugar que ocupa la cultura en el proyecto de la cuarta transformación es, a estas alturas, por todos conocido; pero este año su condición de irrelevante se agrava aún más: hay pandemia y hay elecciones. La cultura tendrá que esperar, por lo menos, a que termine el sexenio.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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