Por Pablo Hernández Jaime
Febrero 2021

La pobreza es uno de los principales problemas de nuestra sociedad. De acuerdo con el Banco Mundial[1], para 2017, 9.2% de la población mundial vivía con menos de $2 dólares al día. Considerando una población mundial de 7 mil 500 millones de habitantes, esto equivale a 690 millones de personas. Para hacernos una idea, de acuerdo con la Cepal, en 2017, América Latina y el Caribe contaba con poco más de 636 millones de habitantes[2]. Es decir, que la población mundial que vivía en pobreza extrema en 2017 es incluso mayor que toda la población de nuestra América.

Tan solo en México, para 2018, la población con ingresos inferiores a la línea de pobreza extrema era de 16.8%, es decir, 21 millones de personas[3]. En otras palabras, aproximadamente una de cada seis personas en México no percibe ingresos suficientes para adquirir la canasta alimentaria, y ya no hablemos de pagar renta, comprar ropa o ir al médico. Pero, para visualizarlo mejor, consideremos que el Estado de México es la entidad federativa más poblada del país, con casi 17 millones de habitantes; es decir que la gente que no gana lo suficiente para comer supera a la población de todo el Estado de México[4].

Y bueno, pues con la actual crisis sanitaria, este solo ha empeorado. De acuerdo con proyecciones preliminares del Banco Mundial, durante 2020, entre 88 y 115 millones de personas habrían caído en pobreza extrema al redor del mundo[5]. En México, estas proyecciones consideran que la población en pobreza extrema por ingresos podría aumentar hasta en 8.5%, lo que equivaldría aproximadamente a 10.7 millones de personas, haciendo un total de 31.7 millones viviendo en pobreza alimentaria, esto es, uno de cada cuatro mexicanos[6].

Esta es la magnitud del problema y este es también su panorama.

Sin embargo, aun hay quienes desestiman el problema de la pobreza, y es frecuente escucharlos formular alguna de las siguientes apelaciones: la primera es que “la pobreza es un estado de conciencia” y la segunda que “el pobre es pobre porque quiere”.

Me gustaría detenerme a analizar ambas sentencias.

Muchos hemos escuchado decir que “la pobreza es un estado de conciencia” o “un problema de mentalidad”. Vaya, como que solo es cosa de tener buena actitud para dejar de ser pobre. En adelante denominaré a este tipo de formulaciones “argumentos o apelaciones mentalistas”.  

Pero ¿qué dicen este tipo de formulaciones y por qué es importante analizarlas? Para responder será necesario primero definir el concepto de pobreza.

La pobreza es una situación de carencia en la satisfacción de necesidades[7]. En otras palabras, decimos que una persona es pobre cuando no puede satisfacer sus necesidades porque carece de los medios para hacerlo.

Ahora bien, los argumentos mentalistas sobre la pobreza no son de un solo tipo. Sin embargo, hay al menos tres variaciones que se repiten con frecuencia. A continuación, analizaré cada una.

Las necesidades son prescindibles y voluntarias

El primer argumento puede resumirse con la frase “no es más pobre el que menos tiene sino el que más necesita”, y apela al carácter relativamente prescindible y voluntario de algunas necesidades. La base del argumento es que, si la pobreza es insatisfacción de necesidades, y para sufrir insatisfacción primero hay que tener necesidades, entonces la solución a la pobreza es prescindir del mayor número posible de necesidades.

El problema con este argumento es que confunde necesidades con apetencias, siendo estas últimas prescindibles y voluntarias, mientras las necesidades no.

Pero vamos por partes. ¿Qué son las necesidades y, por qué no son prescindibles o voluntarias?

Formalmente, la necesidad es el vínculo de causalidad o implicación. Esto se puede expresar, sencillamente, diciendo que dada una relación de causalidad pq, la presencia de p necesariamente derivará en q, aunque no al revés. Si quisiéramos afirmar lo contrario, la relación de implicación tendría que ser doble p q, y ahora sí, la presencia de q necesariamente derivará en p. La cuestión es que la necesidad es eso que une a dos cosas que están implicadas o que lleva a una causa a derivar en su consecuencia.

De manera similar, las necesidades humanas están referidas a la implicación causal existente entre ciertos bienes y prácticas, con nuestro bienestar y subsistencia. En otras palabras, la satisfacción de nuestras necesidades tiene como consecuencia nuestra subsistencia y bienestar. Si descuidamos nuestras necesidades más básicas, por ejemplo, sufriremos daño: experimentaremos malestar, enfermaremos y, en ultima instancia, moriremos.   

Ahora bien, cuando digo que las necesidades humanas son imprescindibles, quiero decir dos cosas: primero, que las necesidades no se pueden suprimir, precisamente porque su satisfacción permite nuestra subsistencia y bienestar. La segunda es que, aunque podemos experimentar privación, incluso voluntariamente, esto no pasa sin menoscabo de nuestro bienestar o subsistencia, por lo que dicha satisfacción también resulta imprescindible. 

Por otro lado, cuando digo que las necesidades no son voluntarias, lo que quiero decir es que la voluntad no puede suprimir las necesidades. Podemos dejar de comer voluntariamente, pero no podemos suprimir nuestra necesidad de comer.

Volviendo al argumento inicial, por tanto, cuando alguien dice que la pobreza es un estado de conciencia porque “pobre no es el que menos tiene, sino el que más necesita”, lo que está queriendo decir es que las personas en pobreza podrían decidir necesitar menos, por lo que tendrían menos necesidades insatisfechas y, por tanto, serían menos pobres. Pero, como ya vimos, las necesidades son imprescindibles y no son voluntarias, por lo que esta apelación es falsa.

El problema no son las carencias, el problema es sentirse pobre

El segundo argumento mentalista puede resumirse en la frase “pobre no es el que menos tiene, sino el que se siente pobre.” En primer lugar, esta apelación constituye una falacia de “pista falsa”[8], porque desvía la atención del problema en cuestión, que es la carencia, para situarla en otro problema, que es la reacción afectiva ante la carencia. El objetivo de esta apelación es cambiar un problema por otro, usurpando la definición de pobreza, de manera que ya no importan las carencias, sino la respuesta afectiva.

Generalmente, quienes invocan esta apelación buscan identificar la pobreza con el desánimo, la indefensión, la resignación o la autocompasión, considerando tales actitudes como “humillantes”. Para ellos, lo importante no es que el pobre coma, sino que pase hambre con la frente en alto.

El problema con este argumento es doble. En primer lugar, porque constituye una falacia. En segundo lugar, porque deja intacto el problema de las carencias, de manera que todo lo dicho anteriormente sobre la pobreza como falta de bienestar, sigue vigente.

La pobreza es una decisión individual

La tercera apelación puede resumirse con dos frases “no es tu culpa haber nacido pobre, pero será tu culpa seguirlo siendo” o, la más conocida, “el pobre es pobre porque quiere”.  La base de este argumento descansa en el supuesto de que la pobreza depende de la voluntad, por lo que no importan las carencias pasadas o presentes; lo que importa es la actitud mental y la voluntad con que se enfrenten esas carencias.

Esta es, probablemente, la apelación más popular, porque aparentemente es realista. Aquí no se le pide a la gente que suprima sus necesidades o que le sonría a sus carencias. Aquí se le dice a las personas que el futuro depende de ellas.

El argumento es atractivo, porque invita a la acción. Porque le dice a la gente que las cosas pueden cambiar y les da una sensación de poder que puede ser esperanzadora y reconfortante. Y esto es quizás lo único positivo de la cuestión. Es bueno que las personas en pobreza piensen que su situación puede cambiar y es deseable que quieran cambiarla y que se esfuercen por hacerlo. Pero la apelación tiene un enorme problema que vamos a denominar el “supuesto de la primacía de la voluntad.”

Argumentativamente, esto quiere decir que a la voluntad se le atribuye un poder causal preponderante sobre la realidad de las personas. En otras palabras, se asume que “querer es poder”.

Sin embargo, esto constituye una la falacia de “concreción mal colocada”[9]; en otras palabras, que, al asumir la primacía de la voluntad, omitimos toda una serie de otros factores objetivos, pues ubicamos la causalidad de todos ellos en un único elemento abstracto: la voluntad. Dejamos fuera de la ecuación cosas como el contexto de inseguridad y violencia, las condiciones del mercado de trabajo, el tipo de educación a que tuvimos acceso, la segregación y marginación espacial, la discriminación étnico-racial y de género, etcétera.

Sin embargo, situaciones tan simples como el acceso a educación privilegiada, tener conocidos con puestos de trabajo de alta remuneración o recibir una herencia son condiciones que pueden determinar si alguien será pobre o no y ninguna de ellas depende de la voluntad.

El problema con esta apelación es que individualiza un fenómeno que tiene importantes pautas estructurales. No es gratuito, por ejemplo, que, en su informe sobre movilidad social en México, 2019, el Centro Espinosa Yglesias señale que 47% de las personas más pobres se quedan pobres, mientras otro 42%, que sí logra cierta movilidad, solo se desplaza uno o dos quintiles en la distribución. En otras palabras, a pesar de sus esfuerzos y voluntad, 89% de las personas en pobreza no mejora sus ingresos significativamente o, simplemente, no los mejora. La primacía de la voluntad es falsa.   

*    *   *

Volvamos al comienzo. En México hay más de 21 millones de personas en pobreza extrema por ingresos. Esa pobreza es hambre, es enfermedad, es falta de bienestar. Y con la pandemia la cosa solo empeora. Frente a esto, hay quienes desestiman el problema. Dicen que es un asunto de conciencia. Dicen que la gente debería necesitar menos. Dicen que deberían sonreírle más a la vida. Dicen que solo es cosa de tener voluntad y echarle ganas. Pero se equivocan. La importancia de comprender la pobreza, y la importancia de desechar estos argumentos mentalistas es que, si queremos realmente solucionar el problema, va a ser necesario conocer sus causas y comportamiento. El primer paso para solucionar un problema es aceptar que existe; el segundo es conocerlo. Solo así. 


Pablo Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] https://www.worldbank.org/en/topic/poverty/overview

[2] https://www.cepal.org/es/temas/proyecciones-demograficas/estimaciones-proyecciones-poblacion-total-urbana-rural-economicamente-activa

[3] https://www.coneval.org.mx/Medicion/Paginas/PobrezaInicio.aspx

[4] https://www.inegi.org.mx/app/biblioteca/ficha.html?upc=702825197711

[5] https://www.worldbank.org/en/topic/poverty/overview

[6] https://www.coneval.org.mx/Evaluacion/IEPSM/Documents/Efectos_COVID-19.pdf

[7] http://www.scielo.org.mx/pdf/pp/v9n38/v9n38a2.pdf

[8] Copi, I. (2011). Introducción a la Lógica. Limusa

[9] Thompson, H. E. (1997). The Fallacy of Misplaced Concreteness: Its Importance for Critical and Creative Inquiry. Interchange, 28(2/3), 219–230. https://doi.org/10.1023/A:1007313324927

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