Por Aquiles Celis
Febrero 2021

En noviembre de 1977, el Partido Comunista Mexicano firmó una declaración conjunta con el Partido Comunista de Francia en la cual ambos se alejaban de la vía de Moscú hacia el socialismo, es decir, el abandono de los principios fundamentales del marxismo leninismo; de los principios doctrinarios como “dictadura del proletariado” o “internacionalismo proletario”; la proclamación de la independencia de la órbita soviética; la adecuación de la estrategia a las condiciones de cada país mediante la lucha democrática y la alianza con las clases medias, los jóvenes o las mujeres. Esto significó la renuncia a la idea de la clase trabajadora, del proletariado, como agente de la revolución y sujeto de la historia.

Esta adecuación de la estrategia a los tiempos por parte de los partidos comunistas alrededor del orbe respondió en cierto sentido a la pérdida de hegemonía de la clase obrera como la vanguardia y la crisis del sujeto revolucionario. Las debilidades adyacentes y la pérdida de legitimidad del comunismo soviético se manifestaron mediante el masivo abandono de las militancias y, sobre todo, en su incapacidad de conectar con los sectores aliados en potencia, como la juventud o los movimientos de liberación femenina. El abandono del núcleo, del dogma soviético, potenció la diáspora de la rebeldía hacia otros horizontes de expectativas, más cercanos al hedonismo dionisiaco que a la disciplina bolchevique.

Las formas y el fondo debían ser sometidas a la crítica más radical de la juventud pujante y fue así como se ensancharon las demandas hacia nuevas discusiones: la moral, la sexualidad, el patriarcado, la guerra, la prohibición de las drogas, el Estado, la policía, la represión, etc., formaban parte de la tiranía de lo cotidiano, de aquello que debía ser sepultado en aras de una utopía en donde el hombre, por fin, de una vez y para siempre, pudiera ser libre.

Estas reivindicaciones mucho más horizontales y transversales abandonaron la rígida jerarquía del centralismo democrático, añadieron dinamismo en lo que se ha definido como la New Left, o el movimiento de movimientos. Este fenómeno comenzó en Europa y en Estados Unidos como una respuesta a las jerarquías anquilosadas de los PC´s. Para América Latina, el mito fundacional de la nueva izquierda fue, tal vez, la Revolución Cubana. La epopeya de 80 barbudos que derrotaron al imperialismo yanqui fue el nuevo evento que signó las nuevas sensibilidades de la nueva izquierda.

En ese sentido, la contracultura adquirió un significado cada vez más amplio. La proximidad a Estados Unidos creó un imaginario cultural sincrético, más cosmopolita y menos vernáculo y la Ciudad de México, la nueva París, como la definió Eric Zolov, contribuyó a configurar una nueva sensibilidad de las juventudes que veían posible la abolición de la injusticia en el presente inmediato.

El ámbito de ruptura con la URSS se produjo en la praxis política; la desestalinización se tradujo en la progresiva desafiliación de los intelectuales de los Partidos Comunistas vernáculos. El Partido Comunista mexicano sufrió una purga interna y varias de las corrientes críticas se escindieron para buscar sus propias vías de militancia y de lucha social. Esto ocasionó que la revisión del marxismo ocurriera al margen y a pesar del PCM.

El desgaste de estas estructuras, que se dio tanto en la teoría como en la práctica desembocó en un vacío hegemónico. La atomización de las posturas y del órgano nuclear que representaba el PCM auguraba un cambio de época en dónde la izquierda se expandía y abandonaba la ortodoxia teórica y política. De esta manera, desde distintos ámbitos como la cultura, los actores sociales proponían revisar y repensar todo el espectro político que abarcaba la izquierda. En ese ímpetu juvenil de asesinar a sus mayores había sin duda que derribar a los dioses y, como en toda época iconoclasta, romper con los símbolos. Este proceso dio como resultado el surgimiento de nuevas teorías que buscaban refutar y superar el marxismo, pero cuyo único mérito era el mito de la juventud.

La atomización de la fuerza política de la clase trabajadora y la bruma ideológica en torno a la organización y la vida en común jugaron muy a favor de la ofensiva neoliberal tras la caída del muro. Sin embargo, más de 30 años después, a decir del sociólogo Razmig Keucheyan, el marxismo continúa siendo la teoría de emancipación más sólida, más coherente y más plausible.


Aquiles Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.