Por Miguel Alejandro Pérez
Enero 2021

En su tesis nueve sobre Feuerbach, Marx escribe que “a lo que más llega el materialismo contemplativo, es decir, el materialismo que no concibe la sensoriedad como actividad práctica, es a contemplar a los distintos individuos dentro de la «sociedad civil»”. Esta clase de materialismo, agrega Marx en la tesis tres, “conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad”. Por esto, vale decir que “el punto de vista del antiguo materialismo es la «sociedad civil»”.

En efecto, el defecto fundamental del materialismo premarxista era que sólo concebía la realidad “bajo la forma de objeto o de contemplación”, mas no como “práctica”, como “actividad humana objetiva”. Los materialistas franceses del siglo XVIII, por ejemplo, aseguraban que no habían “principios innatos”, sino que “todas las funciones psíquicas del hombre” eran “sensaciones transformadas”. A partir de esto, sostenían que el hombre, con todas sus opiniones, nociones, concepciones, sentimientos, etc., era fruto o resultado de la influencia de su medio ambiente social sobre él. En su opinión, el hombre era lo que su medio ambiente (sobretodo la sociedad, aunque también la naturaleza) hacía de él. En el mismo sentido, asumían que la humanidad en su desarrollo histórico estaba determinada por el desarrollo del medio ambiente social, por la “historia [desarrollo] de las relaciones sociales”.

Pero si el mundo espiritual de los hombres era el fruto de su medio ambiente, es decir, si las relaciones sociales eran la causa y los hombres, la humanidad, el efecto, aparecía entonces el problema de explicar “la historia de las relaciones sociales”, es decir, la historia de las variaciones o modificaciones del medio ambiente social. Cuando se veían en la necesidad de resolver esta cuestión, los materialistas franceses contradecían su tesis inicial. En términos generales, decían que el mundo (el desarrollo social) estaba gobernado por las opiniones e ideas de los hombres. De esta suerte, obtenían una contradicción fundamental: por un lado, sostenían que “el hombre, con todas sus opiniones”, era el producto de su medio ambiente, mientras que, de otra parte, aseguraban que “el medio social, con todas sus cualidades”, era el producto de las opiniones. De esta contradicción radical, dice Plejánov, cabe decir “lo que dijo Kant de sus antinomias”, a saber, que la “tesis es justamente tan correcta como la antítesis”.

Los materialistas franceses, señala el propio Plejánov, “fueron incapaces” de resolver este embrollo. Cuando más, se limitaron a adoptar el punto de vista de la interacción; concluyeron que el medio ambiente social determinaba las opiniones de los hombres y que estas últimas condicionaban e influenciaban su medio ambiente social. De este modo, creyeron haber resuelto la cuestión. Empero, el punto de vista de la interacción, por muy razonable que parezca, no resuelve este problema. En relación con la contradicción fundamental de los materialistas franceses, ese punto de vista no explica “el origen de las fuerzas que interactúan”, “el factor histórico que produce” ambas fuerzas, i.e., el medio ambiente social y las opiniones de los hombres. Por supuesto que cada faceta de la vida social “influye a las otras y, a su vez, experimenta la influencia de todas las demás”; cierto que todos los aspectos de la vida social interactúan entre sí, pero reconocer esa interacción indudable e indiscutible no ayuda a localizar e identificar el factor que, en este caso, determina tanto el desarrollo del medio ambiente social como el desarrollo de las opiniones.

Ahora bien, la tesis materialista acerca de que los hombres representan el producto de sus circunstancias (medio ambiente o relaciones sociales) establece la exigencia progresiva de transformar, en primer lugar, el medio ambiente social. Desde esta perspectiva, la virtud del hombre depende de la disposición equitativa de relaciones sociales razonables. Sin embargo, la modificación positiva del medio ambiente social, la “reforma del ambiente”, supone, a su vez, a los “reformadores”, “¿pero dónde surgirán éstos, si para llegar a serlo necesitan ser antes reformados por el ambiente?”, como bien advierte R. Mondolfo. A esto mismo hace referencia Marx cuando escribe que “el propio educador necesita ser educado”. De esta guisa, surge un círculo vicioso: la transformación de los hombres presupone la transformación del medio ambiente social, mientras que la “reforma” de este último implica a los “reformadores”, hombres ya reformados. Los materialistas franceses resolvían este cerco con ayuda de expedientes utópicos o racionalistas. Holbach, por ejemplo, introducía la figura de un “buen príncipe imaginario”, quien, “apareciendo como un deus ex machina”, solucionaba la contradicción. Helvecio, por otra parte, esperaba “modelar una humanidad perfecta mediante una perfecta legislación”. Esto demuestra la exactitud del juicio de Marx sobre el materialismo contemplativo. En efecto, esta clase de materialismo “conduce (…), forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes”, toda vez que imagina una serie de hombres “sabios” y “virtuosos”, príncipes ilustrados o legisladores avisadísimos, a quienes coloca por encima de la propia sociedad.

A pesar de todo, esas utopías reformadoras, ilustradas o racionalistas, ofrecen una solución artificial, idealista y abstracta, de la contradicción fundamental de los materialistas franceses. La transformación del hombre supone la transformación de su medio ambiente social; la transformación del medio ambiente social presupone, a su vez, a los “transformadores”. Spinoza expresa el mismo problema con otras palabras: “Para forjar el hierro se requiere un martillo, y para tener un martillo es necesario fabricarlo, para lo cual hay necesidad de otro martillo y de otros instrumentos, y así hasta el infinito; de modo que alguien podría intentar probar que los hombres no tienen ninguna posibilidad de forjar el hierro”. El marxismo descubre la solución, la única posible, de esta disyuntiva fundamental, en el activismo revolucionario.

“En el principio era la acción”, dice el Fausto de Goethe. “Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución en la práctica humana”: “el problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico”, señala Marx. En este sentido, sólo la práctica o praxis revolucionaria puede decidir acerca de la realidad o irrealidad de un problema teórico. De acuerdo con esto, Engels escribe en 1892: “Los hombres actúan antes de argumentar. Y la actividad humana había ya resuelto la dificultad mucho antes de que el sofisma humano la inventara”. Por esto, el propio Engels señala que “una duda de cualquier especie puede resolverse únicamente mediante la acción”.

En su tesis tres, Marx explica que la transformación del medio ambiente social coincide con la transformación de los hombres en el momento de la práctica revolucionaria. En suma, sólo el activismo revolucionario soluciona la contradicción fundamental, teóricamente insoluble, del materialismo francés. En la lucha (acción) por modificar sus circunstancias, por transformar el medio ambiente que los rodea, los hombres se transforman a sí mismos, adquieren una conciencia revolucionaria. Para obrar sobre la realidad es preciso comprenderla, pero no se conoce ni se comprende nada sino haciendo, esto es, la realidad no se entiende verdaderamente sino obrando sobre ella, transformándola. Según G. Bruno, el hombre no contempla sin acción ni obra sin contemplación; respecto al hombre vivo, real, advierte Spinoza, “un cuerpo privado de pensamiento” y “un pensamiento privado de cuerpo” representan dos abstracciones igualmente falsas; la acción establece la indisolubilidad de ciencia y potencia. Con base en esto, el activismo revolucionario o praxis representa la síntesis de pensamiento y acción, la unidad “del hacer y del conocer”, “del vivir y del interpretar”, “del transformar y del entender”. Por tanto, el materialismo marxista no afirma una concepción contemplativa, pasiva, mecanicista o estática, sino una filosofía activista, de la acción. El marxismo es, ante todo, activismo: “The proof of the pudding is in the eating (la prueba del pudín se hace comiéndole)”.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.