Por Victoria Herrera
Enero 2021

La transición de una determinación a otra aparece como una ruptura cualitativa a partir de una serie de cambios cuantitativos. Los cambios no representan una evolución progresiva de una cantidad a otra sino rupturas de lo progresivo. Los intelectuales de los siglos XVIII y XIX creían que la historia no admitía saltos, de la misma manera que las especies o la corteza terrestre evolucionaban lenta y progresivamente.

Pero las revoluciones sociales de los mismos siglos, revoluciones burguesas, demostraron que la historia avanzaba a partir de grandes saltos cualitativos. Aun así, persistió la imagen de los avances lentos y progresivos. Como las revoluciones escapaban de esta regla, eran vistas como anomalías, aberraciones históricas. Pero la persistencia de este prejuicio no cambiaba el hecho de que las revoluciones burguesas habían aparecido como saltos cualitativos de una determinación a otra, que habían roto lo progresivo del feudalismo. Sin embargo, las revoluciones de ambos siglos habían roto las antiguas estructuras sociales de una manera que, a todas luces, presentaba características distintivas respecto a las transformaciones cualitativas del pasado.

La transición de la antigüedad al feudalismo había avanzado casi sin la intervención consciente de los hombres, casi a su pesar. Los partidarios del nuevo régimen social no habían tenido que organizar una fuerza social consciente que propiciara el alumbramiento de la nueva época. De este modo, el cambio advino a través de un proceso incontrolado, inconsciente, casi al margen de las voluntades humanas. Por eso, el feudalismo surgió con características inconcebibles, como una aparición extraña.

Sin embargo, la transición del feudalismo al capitalismo presentó otras características. Mucho antes de las revoluciones burguesas, escritores de diferentes latitudes intuyeron las características de una nueva sociedad. Algunos incluso elaboraron alternativas más allá del régimen social capitalista. De cualquier forma, las revoluciones burguesas estuvieron precedidas por dos procesos: uno de carácter espiritual, una revolución ideológica que socavó las bases intelectuales del antiguo régimen; otro de naturaleza político-organizativa, a través del cual los futuros revolucionarios organizaron sus fuerzas. A pesar de todo, el desarrollo de las revoluciones burguesas incluyó un alto grado de espontaneidad. Claro que las mayorías sociales participaron en cada una de esas revoluciones, pero como apéndice o complemento arrastrado por el sector organizado, en este caso la burguesía. Sus demandas, por tanto, quedaron sujetas a la voluntad de la nueva clase dominante. Desde este punto de vista, las reformas sociales habrían de ser implementadas desde el poder, impulsadas, en el mejor de los escenarios, por un príncipe benévolo, es decir, un reformador imbuido de una sensibilidad extraordinaria y que como tal se elevara por encima de los conflictos de clase. Pero las reformas anheladas nunca descendieron del cielo a la tierra por la buena voluntad de un monarca humanista, sino por la presión, organizada o no, de las masas populares.

Por tanto, el curso de los acontecimientos históricos ha demostrado que el problema toral de cualquier transformación social cualitativa consiste en preparar y organizar el cambio. En México, la revolución de 1910 no hizo más que demostrar el principio leninista de que las “revoluciones no se hacen, se organizan”. Es claro que nadie puede negar que la revolución mexicana se haya realizado; en efecto, se hizo. Lenin no quiso decir que los estallidos revolucionarios acaezcan sólo si son organizados. Las revoluciones pueden hacerse así, a secas, pero a riesgo de baños de sangre y de encontrarse, a fin de cuentas, con un monstruo que termina por devorar a sus propios creadores inconscientes. Aquí tenemos el ejemplo de Francisco I. Madero. El historiador norteamericano John Womack Jr. señaló hace tiempo el gran problema de la revolución maderista, encabezada por una unidad superficial de rebeldías congregadas, amontonadas unas sobre otras, con liderazgos débilmente unidos. Allá, el ejemplo de la revolución rusa, organizada por los miembros de un partido probados por décadas de obstáculos y persecuciones. Porfirio Díaz sabía muy bien de qué estaba hablando cuando anunció el despertar de un tigre. Díaz había vivido un periodo de anarquía civil; por esto, conocía el peligro de las aventuras revolucionarias. El tigre revolucionario terminó por devorar al hombre que, muy a la ligera, había turbado su sueño.

Las circunstancias actuales recuerdan, por una parte, que las verdaderas transformaciones cualitativas exigen la participación de las masas populares, término que no hace referencia a la superchería de un pueblo con una sabiduría garantizada de antemano, sino al pueblo organizado, educado y consciente; por otra, que las transformaciones exigen de una organización previa, concienzuda, científica, sin la cual, el tigre popular, como todos los tigres, podrá saciar su sed de sangre, pero, a fin de cuentas, regresará a la rutina, al sueño, para volver a empezar.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.