Por Arnulfo Alberto
Enero 2021

Para muchos, Estados Unidos fue y es un modelo de sociedad capitalista exitosa, donde los valores de la democracia burguesa han prevalecido inalterados por más de dos siglos. El mundo entonces ha visto conmocionado los disturbios en el congreso por una turba alentada claramente por el todavía presidente Donald Trump, quien se niega a reconocer los resultados de las elecciones presidenciales de noviembre, alegando un fraude electoral que no ha sido confirmado por ninguna autoridad del país.

Lo cierto es que la relativa estabilidad del imperio norteamericano es un espejismo detrás del cual se encubren innumerables problemas estructurales cuyo desenlace inevitablemente ahondará más la polarización política que ha ido creciendo en sus entrañas. En efecto, el éxito se basa en un sistema capitalista cuya división internacional del trabajo ha puesto en ventaja a los países ricos, lo que les ha permitido apropiarse de las materias primas y recursos naturales de los países pobres. A esto hay que sumar una política exterior beligerante que promueve los intereses de la clase dominante norteamericana a escala global, con el objeto de expandir su influencia económica y política alrededor del mundo, sin importar los costos humanos y materiales o la reducción al caos de países enteros, como muestran los casos de Siria, Libia e Irak.

Al nivel interno, el imperio basa su política en la protección más absoluta de la propiedad privada y en el libre mercado más salvaje. La mercantilización de los bienes públicos como la educación y la salud quizá mejor reflejan la cara más horrorosa de este país. Millones de estadounidense no cuentan con acceso al sistema de salud por ser demasiado oneroso, a la vez que las universidades cierran las puertas a la educación superior de los jóvenes de bajos ingresos sobre todo de las minorías étnicas.

Ciertamente una parte de la población pertenece a la llamada clase media, con estándares elevados de calidad de vida, pero los salarios se han mantenido estancados desde hace décadas, lo que ha reducido los ingresos de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, la concentración de riqueza se ha ido concentrando en cada vez menos manos, produciendo un nivel de desigualdad sin parangón entre los países ricos.

En su afán con mantener un crecimiento sostenido y frente a la escasez de fuerza de trabajo promueve la inmigración masiva. Se alienta una migración legal de mano de obra calificada alrededor del mundo para cubrir las necesidades de personal de los grandes corporativos. Por otro lado, a pesar de las redadas y la política de deportaciones, las elites políticas y económicas, saben que los trabajadores no cualificados juegan un papel importante en el mercado laboral y económico del país. Además, el gobierno ha llevado a cabo importantes reducciones paulatinas de impuestos a las grandes fortunas con la idea errónea de generar un ambiente propicio para la iniciativa privada. A pesar de estas medidas, la influencia de EE. UU. y su participación en la generación de riqueza global se reduce año tras año, en una batalla en la que China, el gigante asiático, cada vez lleva más la delantera.

Todo esto crea tensiones entre los grupos menos favorecidos o empobrecidos en las últimas décadas, lo que, sumado a las tensiones raciales, que nunca desaparecieron por completo, crean el panorama perfecto para la desestabilización. Con la irrupción al congreso por adeptos a Trump asistimos, pues, a un episodio más de la crisis en la que el imperio estadounidense se sumerge gradualmente. En pocos días el demócrata Joe Biden será ungido como nuevo presidente con el control de la cámara de representantes y de senadores. Tendrá el poder suficiente para avanzar una agenda progresista en beneficios de las mayorías empobrecidas o acelerar la debacle de la alicaída potencia.


Arnulfo Alberto es maestro en economía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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