Por Miguel Alejandro Pérez
Diciembre 2020

La 4T se ha venido presentado a sí misma más como un “cambio de régimen” que como un simple “cambio de gobierno”. En este tenor, algunos de sus defensores más obcecados e intransigentes satisfacen la vanidad propia caracterizando la “epopeya” cívica que culminó el 1 de julio de 2018 con la fraseología de las antiguas épocas revolucionarias. En esos momentos de placentera expansión espiritual su pecho se hincha e inflama de un orgullo autocomplaciente e insano, sobre todo cuando alardean acerca de la estrepitosa e inefable caída del “Antiguo Régimen”. Algunas veces incluso alguien se permite, sin sombra alguna de pudor, la expresión en francés: Ancien Régime, entonces la vanagloria adquiere dimensiones tan estratosféricas que el paladín en turno guarda un momento de silencio para que las sílabas de esa expresión rimbombante provoquen un efecto de solemnidad sobre el auditorio, al tiempo que imposta una actitud de gravedad y circunspección tal que no cabe en sí mismo, como si el espíritu de la Revolución estuviera a punto de hablar a través su persona… sin embargo, la atmósfera de mayestática severidad revolucionaria acaba justo cuando el héroe homérico vuelve a abrir la boca, sólo para improvisar una cháchara conmemorativa alrededor de sus méritos personales como pionero en la brega contra los poderes establecidos. Muchas veces sólo se trata de reclamar las utilidades que le corresponden por derecho de antigüedad revolucionaria: “yo estuve desde y con el licenciado López Obrador…, por tanto, tengo derecho a x o aun a ”. Se entiende, una inversión debe reportar beneficios a quien invierte. Y los beneficios deben ser materiales, hasta si la inversión fue sólo moral, ¡más todavía si sólo fue de índole moral!

Bien decía Marx que “es demasiado cómodo ser «liberal» a costa de la Edad Media”. En efecto, aunque resulta mucho más cómodo ser “revolucionario” a costa de hombres como Peña Nieto o Felipe Calderón. Por esto, cuando la cansina muletilla a propósito del “cambio de régimen” surte resultado, los paladines de la 4T se conciben o imaginan a sí mismos como autores integérrimos de un verdadero cataclismo revolucionario, cosa que puede parecer verdadera respecto a las dos o tres últimas administraciones; mientras que, por otro lado, López Obrador se les representa como un Robespierre redivivo, bien es cierto que se le equipara con Vicente Fox o el propio Peña Nieto. Gulliver era un gigante en Lilliput, mas en Brobdingnag no era mucho mayor que una rata. “Nada es grande ni pequeño si no lo es por comparación”, advertía Swift. En el caso de la 4T y del presidente López Obrador este sencillo principio parece más justo que los dislates en torno a un apoteósico “cambio de régimen”. A decir verdad se trata de una vieja historia sin embargo siempre nueva, gracias a la cual se sabe, tiempo ha, que “las ratas no dejarán nunca de creer que el gato es mucho más fuerte que el león”, si bien este gato merece cierto crédito, puesto que ha tenido no sólo el buen tino de disfrazarse de león, sino también el sabio recaudo de “rugir” de vez en cuando, no importa que “a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo”.

Dicho esto, no cabe duda de que la pobreza de contenido siempre exige el auxilio de unas cuantas frases grandilocuentes que subsanen, a cualquier precio, la miseria sustancial con oropeles y baratijas formales. De esta forma, los pigmeos hallan el modo de no discernir sus verdaderas estaturas. Claro que deben hacerlo así, las comedias históricas reclaman de sus Tartufos lo mismo que las tragedias históricas solicitan de sus Macbeths: la suspensión momentánea de su incredulidad. Comedia o tragedia, ¡da igual!, la representación requiere que los integrantes del reparto (estelares, secundarios o hasta de cuarta importancia) asuman el papel que les corresponde en la puesta en escena. De otra manera se encontrarían en la penosa situación en que se descubrieron Adán y Eva inmediatamente después de haber mordido la manzana prohibida, es decir, avergonzados de su desnudez, pero de una desnudez incluso más vergonzosa e ingente. Los “padres de la humanidad” cubrieron sus partes íntimas con una hoja de parra, pero ni la hoja de un helecho gigante puede tapar o esconder las desnudeces históricas.

Esto explica la necesidad enfermiza, casi compulsiva, de la 4T respecto a toda clase de eslogans o consignas altisonantes que de una u otra forma oculten, ante todo de su propia vista, la pequeñez y mezquindad de su propio movimiento. Sólo de esa manera se pueden sobrellevar las parodias históricas de ese género, sainete que, desde hace más de dos años, ha venido cumpliendo la misión ignominiosa de ridiculizar las luchas de la Independencia, la Reforma y la Revolución sobre la base de una farsa que repite, a por b, la historia de ese célebre emperador que caminaba desnudo creyendo que iba ricamente ataviado. En este sentido, la desnudez histórica de la 4T resulta más que obvia, por cuanto que lo que pomposamente se ha autoproclamado y celebrado como un “cambio de régimen” históricamente inédito aparece, cuando mejor, como algo mucho más humilde a la vez que más peligroso, aunque de una peligrosidad similar a la del escandaloso perro proverbial, cuyos ladridos nunca se convierten en mordidas, pues se trata nada menos que de una “revolución de las conciencias”, si bien de una especie todavía más inocua, ya que tal revolución espiritual ha sido, ante todo, una “revolución moral”.

De acuerdo con esto las cosas ya no son lo que solían ser. Por supuesto que el “cambio de régimen” costó sangre, sudor y lágrimas. Al principio, el “elefante reumático” se  negó a dar un solo paso, pero después de ese periodo decisivo e incierto la 4T salió avante de ese trance, hasta el punto de que, ya en diciembre de 2019, el principal artífice de esa hazaña inenarrable pudo hacer este audaz pronóstico: “Pienso que en un año más (…), es decir, en diciembre de 2020 ya estarán establecidas las bases para la construcción de una patria nueva. Para entonces, —agregó— (…) será prácticamente imposible regresar a la época de oprobio que significó el periodo neoliberal o neoporfirista”[1]. En esos momentos promisorios tan sólo 11 compromisos se interponían entre la derrota irreversible del “Antiguo Régimen” y la eclosión del “nuevo orden”. “Lo viejo no acaba de morir, y lo nuevo no acaba de nacer”[2], explicó el venerable presidente de la República; once compromisos más y el nuevo régimen acabaría de nacer. Amén de que las transformaciones sociales no se pueden pronosticar igual que las precipitaciones meteorológicas, nunca antes se había estado más cerca de la gloria eterna, tan cerca que casi se podía tocar con las manos, oler o, de mañanera en mañanera, escuchar. Según esto se estaba más para acá que para allá. Aun así había que esperar a que llegara el mes anunciado; hasta entonces únicamente quedaba esperar ansiosamente ese acontecimiento.

Hubiera sido mejor esperar sentado, pero había “razones” para no perder la esperanza, pues incluso poco antes del mes convenido se informó que solamente restaban cinco, ¡nada más que cinco!, compromisos por cumplir. Ese día, la voz cantante de la 4T pronunció estas “aladas palabras”: “Sigue en pie el compromiso de terminar de sentar las bases del México del porvenir para el primero de diciembre próximo, cuando se cumplan dos años de gobierno”[3]. Es decir, tan sólo cinco compromisos antes de terminar de “establecer las bases para la construcción de una patria nueva”. Una vez cumplidos esos cinco pendientes, el “cambio de régimen” sería, ahora sí, irreversible. ¿Y después de eso qué? Ah, bueno, luego de eso, coser y cantar. En las esclarecidas palabras del prócer eximio de la 4T: “sólo quedará la tarea de terminar la obra de transformación y seguir gobernando con rectitud y amor al pueblo para contar siempre con su respaldo”[4].

El chiste se cuenta sólo. Sin embargo, antes de reír de buena gana no se debe olvidar que rira bien qui rira le dernier. Pues bien, el mes esperado ha llegado; por tanto, la 4T consummatum est, vale decir que para bien más que para mal, sobre todo si se considera que su inspirador egregio, el señor presidente de la República, ha aceptado que las bases fundamentales de este proyecto ya han sido construidas, con lo que, de uno u otro modo, él mismo autoriza el contraste del dicho con el hecho. Cabe recordar que el ser coincide con el hacer, no con el decir ni con el prometer, mucho menos con el baladronear. Como se sabe, el problema de la verdad objetiva, no es un problema teórico, sino práctico, por consiguiente, “es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento”[5]. En este sentido, la 4T se ha presentado una y otra vez como un “cambio de régimen”, sin embargo, ¿qué ha sido en los hechos después de que ya han sido sentados sus “cimientos”? Se baladroneó acerca de un gran salto que iba a alcanzar su mayor altura en diciembre de 2020, pero ¿qué altura alcanzó realmente ese salto?

Para esto, nada más apropiado que escuchar las palabras del inefable presidente López Obrador, cerebro, alma e instigador de esta hazaña histórica sin par: ahora “hay una nueva corriente de pensamiento (…)”, “el corrupto está quedando mal visto, estigmatizado. Fuchi caca”[6]. De acuerdo, 4T: 1, corruptos: 0, pero.. ¿eso era todo? ¿Esa era la meta final, el sublime objetivo de sus afanes, de sus esfuerzos titánicos? Palabras más, palabras menos, ese era, en efecto, el propósito de su titanomaquia. En suma, “cambiar de régimen” quiere decir, en la jerga estridente de la 4T, “crear una corriente de pensamiento”. Como se puede notar, los montes parieron una vez más, igual que tantas otras veces, un terrible ratón, a pesar de que el hórrido estruendo y los fragores previos prometían el nacimiento de un leviatán furibundo. Aun así, no se deben subestimar las capacidades subversivas de la “roedora crítica de los ratones”, por mucho que se haya temido el advenimiento de un Behemot apocalíptico. Mas cuando el engendro de ese parto sonoro proclama que “en estos tiempos más que en otros transformar es moralizar”[7], todas las dudas e incertidumbre posibles se desvanecen en un tris tras. Cervantes tenía razón: el orden de la naturaleza establece que “en ella cada cosa engendra a su semejante”, razón por la cual de un roedor no cabe esperar nada menos que una apocada “revolución moral”, no obstante que su nacimiento haya estado anunciado por truenos, relámpagos y anuncios estremecedores. 

Nadie minusvalora ni desdeña los grandes alcances de la llamadas “revoluciones morales”. Sin embargo, verdad es que la premisa fundamental de la 4T, conforme a la cual “transformar” equivale a “moralizar” no quiere decir, en el fondo, otra cosa que permutar una idea por otra, es decir, desechar una interpretación “falsa” de la realidad nacional para sustituirla por otra igual o acaso más falsa que la anterior, bien que acorde con un dogma supuestamente “moral”. De esta manera se combaten ilusiones o productos de la conciencia, se lucha contra “ideas” o “frases”. En el mejor de los casos, a esto se ha reducido el épico “cambio de régimen” prometido por la 4T. Desde este punto de vista, las viejas ideas inmorales han sido reemplazadas por las nuevas ideas morales. Pero en esto se ha seguido el procedimiento del monje Gorenflot, quien un día de ayuno, sintiéndose repentinamente asaltado por un deseo irrefrenable de comer un pollo, encontró un medio muy hábil para satisfacer su capricho y evitar el pecado al mismo tiempo. Sabiendo que ese día únicamente podía comer pescado, tomó el pollo que había despertado su apetito y sin mayor dilación practicó sobre él la ceremonia del bautizo, “poniéndole el nombre de carpa. Y no estando prohibido el pescado en día de ayuno, Gorenflot comió el pollo so pretexto de que estaba bautizado carpa”[8].

Con respecto a su “cambio de régimen” la 4T ha obrado exactamente igual que el monje Gorenflot. Con todo, “los nombres no cambian las cosas”; “en la lucha contra los hechos, decía Plejanov, es impotente el ingenio más brillante”. El pollo sigue siendo pollo a pesar de que se le llame pescado, mientras que la 4T es, si se quiere, una “nueva corriente de pensamiento”, por más que se le llame “cambio de régimen”. “Al gato llamadle gato”, con mucha mayor razón si el héroe de esta cruzada moral ha declarado algo como esto: “Estoy convencido que la mejor manera de evitar retrocesos en el futuro depende mucho de continuar con la revolución de las conciencias para lograr a plenitud un cambio de mentalidad que, cuando sea necesario, se convierta en voluntad colectiva, dispuesta a defender lo alcanzado en beneficio del interés público y de la nación”[9].

En fin, los paladines de la 4T se equivocan de medio a medio cuando pontifican sobre el “cambio de régimen” que, según ellos mismos, representa su movimiento. Su pecho se infla e inflama en vano, aun en las ocasiones en que se permiten la expresión francesa Ancien Régime. Cuando más se trata de una “revolución de las conciencias”; cuando menos de un vulgar “cambio de mentalidad” análogo al que se practica en los cursos o terapias de pensamiento positivo. No por otro motivo el Robespierre mexicano ha difundido principios de cambio tan radicales e irrisorios como estos: “tratar de bajar de peso y procurar vivir en calma y sin angustias, esto es, sin estrés, además de defender el derecho a gozar del sol, del cielo, del aire puro”[10]. En resumen, la 4T ha combatido principalmente algunas ideas sobre la realidad nacional, pero no ha combatido, ni por equivocación, la realidad misma, el mundo real. A las frases antiguas no ha sabido oponer más que otras frases, muchas veces más sosas e ingenuas que las frases anteriores, es decir, a los prejuicios neoliberales no ha sabido contraponer más que los triviales prejuicios posneoliberales: decálogos, cartillas morales, guías éticas, mandamientos cívicos o sermones hueros acerca de la verdadera espiritualidad o los perjuicios del consumismo y las actitudes materialistas. Sin embargo, cambiar una idea por otra, una frase por otra, no puede llevar a nadie “más allá de las viejas condiciones del mundo, sino solamente más allá de las ideas de estas condiciones”. En realidad, el “postulado moral” de intercambiar una conciencia por otra “viene a ser lo mismo que el interpretar de otro modo lo existente, es decir, de reconocerlo por medio de otra interpretación”[11]. En esta medida, la 4T representa el perfecto conservadurismo, pese a su estridente fraseología supuestamente “revolucionaria”.

En una palabra, la pólvora “revolucionaria” ha sido gastada estérilmente en vulgares infiernitos. Gato por liebre, un dogma por otro dogma, a esto se ha reducido el “cambio de régimen” que presuntamente ha significado la 4T. Resta recalcar que el multicitado “cambio de régimen” ha consistido, ante todo, en la propagación masiva y permanente de una moral abstracta, anodina e insulsa. Así como la sabiduría popular enseña que “en la forma de agarrar el taco se conoce al que es tragón” se puede decir que el modo de entender el problema moral revela el verdadero carácter de la 4T. En este orden de ideas, resulta claro que el gobierno actual sostiene el punto de vista de la moral abstracta o eterna, perspectiva que, a su vez, deriva de su concepción filantrópica y altruista del pueblo. Visto por los prohombres de la 4T el pueblo aparece como una masa amorfa de descamisados e ilotas que debe ser “bizarra y caballerescamente” acaudillada por una caterva aristocrática de filisteos moralizadores o evangélicos predicadores del bien. No hace tanto que el sumo pontífice de esta “revolución franciscana” expresó sus verdaderas ideas respecto a este punto. Estas son las sesudas disquisiciones de ese varón esclarecido: “La justicia es atender a la gente humilde, a la gente pobre. Esa es la función del gobierno… hasta los animalitos, que tienen sentimientos, ya está demostrado, ni modo que se le diga a una mascota: «A ver, vete a buscar tu alimento». Se les tiene que dar su alimento (…)”[12]. He aquí los revolucionarios sentimientos que alberga su “alma de querube”; en el fondo de su “corazón de lis” se hallan férreamente enquistados los más rancios prejuicios de la visión caritativa del pueblo como una grey de dóciles “mascotas” que deben ser altruistamente alimentadas por un príncipe benevolente. ¡Y encima de eso se tiene que agradecer la buena voluntad del príncipe filantrópico!

Esta y otras puntadas semejantes descubren el trasfondo reaccionario e insultante de esa presuntuosa “revolución moral” propugnada por una aristocracia “izquierdista” de “padrecitos laicos”. Trotsky tenía una opinión sumamente cruel de estos sedicentes “revolucionarios” disfrazados con barbas postizas de profeta; un juicio cruel, pero justo: “Que manipulen todos los colores del arcoiris —decía—; a pesar de ello siguen siendo, en resumidas cuentas, los apóstoles de la esclavitud y de la sumisión”[13]

Ni hablar. Que los moralistas de la 4T digan misa cuantas veces quieran; aunque juren y perjuren mil veces más que protagonizan un “cambio de régimen” nunca antes visto, no son más que los taimados apóstoles de una tormenta moral… en un diminuto vaso de agua.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Véase “Mensaje con motivo del primer año de gobierno 2018-2019”, versión estenográfica, Presidencia de la República (sitio web), 1 de diciembre de 2019, consultado 8 de diciembre de 2020, https://www.gob.mx/presidencia/articulos/version-estenografica-mensaje-con-motivo-del-primer-ano-de-gobierno-2018-2019?idiom=es.

[2] Cfr. Ernesto Núñez, “Lo viejo no acaba de morir (crónica sobre AMLO en el Zócalo)”, Aristegui Noticias, 2 de diciembre de 2019, consultado 8 de diciembre de 2020, https://aristeguinoticias.com/0212/mexico/lo-viejo-no-acaba-de-morir-cronica-sobre-amlo-en-el-zocalo.

[3] Véase “Discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador en su Segundo Informe de gobierno”, AMLO (sitio web), 1 de septiembre de 2020, consultado 8 de diciembre de 2020, https://lopezobrador.org.mx/2020/09/01/discurso-del-presidente-andres-manuel-lopez-obrador-en-su-segundo-informe-de-gobierno.

[4] Ibíd.

[5] Cfr. Carlos Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, en Federico Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Moscú, Editorial Progreso, 1974, pp. 54-55.

[6] Cfr., Redacción, “Fuchi caca, dice AMLO a los corruptos; hay una nueva corriente de pensamiento por la 4T”, Sin Embargo, 10 de febrero de 2020, consultado 8 de diciembre de 2020, https://www.sinembargo.mx/10-02-2020/3727845.

[7] Véase, Ibíd. “Discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador en su Segundo Informe de gobierno”.

[8] La anécdota aparece en Jorge Plejánov, Materialismo militante, Argentina, Editorial Calomino, 1946, pp. 36-37.

[9] Cfr. Ibíd. “Discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador en su Segundo Informe de gobierno”.

[10] Cfr. Redacción, “Ser optimistas y no materialistas: el decálogo de AMLO para salir del COVID y enfrentar nueva normalidad”, Animal Político, 13 de junio de 2020, consultado el 8 de diciembre de 2020, https://www.animalpolitico.com/2020/06/decalogo-amlo-convid-ser-optimista-no-materialista.

[11] Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, España, AKAL, 2014, p. 15.

[12] Redacción, “AMLO compara la atención a personas en pobreza con cuidar animales”, Animal Político, 29 de marzo de 2019, consultado el 8 de diciembre de 2020, https://www.animalpolitico.com/2019/03/amlo-compara-atencion-pobreza-animales.

[13] León Trotsky, Su moral y la nuestra, Argentina, Ediciones El Yunque, 1983, p. 21.

Referencias

Engels, Friedrich, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Moscú, Editorial Progreso, 1974.

Marx, Karl y Friedrich Engels, La ideología alemana, España, AKAL, 2014.

Plejánov, Jorge, Materialismo militante, Argentina, Editorial Calomino, 1946.

Trotsky, León, Su moral y la nuestra, Argentina, Ediciones El Yunque, 1983.