Por Ehécatl Lázaro
Noviembre 2020

El multilateralismo está en crisis. O al menos es una idea muy compartida en los análisis más recientes de política exterior y cooperación internacional. Y no se trata de una afirmación sin sustento, sino que responde a los movimientos que han ocurrido en el último lustro en la geopolítica mundial. En efecto, el ascenso de jefes de Estado antiglobalistas en países como Estados Unidos (Trump), Reino Unido (Boris Johnson) y Brasil (Bolsonaro), y el auge de movimientos ultranacionalistas en España, Francia, Italia, entre otros países europeos, han llevado al debilitamiento de los organismos multilaterales que funcionaban como espacios de coordinación para facilitar la gobernanza mundial. Quizá las pruebas más fehacientes sean el abandono de la OMS por parte de Estados Unidos y la salida de Reino Unido de la Unión Europea.

Tras cuatro años de un gobierno volcado al interior con la política de “Make America Great Again”, la llegada de Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos ha generado expectativas sobre un posible retorno de la potencia norteamericana a su papel de líder mundial, lo que traería aparejado el fortalecimiento de los organismos multilaterales bajo la dirección estadounidense. Sin embargo, basta hacer una revisión somera de la historia del multilateralismo para concluir que un escenario así es poco probable.

El multilateralismo comenzó a desarrollarse al final de la Segunda Guerra Mundial como una política internacional orientada a contener la expansión del comunismo en los países del llamado “mundo libre”. Esta conformación de organismos multilaterales tuvo como telón de fondo la expansión económica de la posguerra (los años dorados del capitalismo), el conflicto entre el bloque capitalista y el bloque socialista, y el ascenso de Estados Unidos como potencia mundial. Con el derrumbe de la URSS, los organismos multilaterales que no solo incluían acuerdos comerciales, sino también militares, se extendieron a Europa Oriental y Asia Central, abarcando aquellos países que habían pertenecido al bloque socialista y que en el nuevo contexto buscaban integrarse a la dinámica económica mundial. Así, la globalización de los años 90 y de los 2000 coincidió con la consolidación de Estados Unidos como potencia hegemónica única e indiscutible.

Pero las cosas comenzaron a cambiar sensiblemente en la segunda década del siglo XXI. Después de la crisis de 2008 se hizo evidente que China se había convertido en un importante actor geopolítico, y la activa política exterior que estableció el gigante asiático a partir de la llegada de Xi Jinping al poder, en 2013, despejó las dudas que quedaban sobre las capacidades de China para modificar el orden político global. En sus últimos años como presidente, Obama organizó a los aliados de Estados Unidos en el sudeste asiático para iniciar una ofensiva conjunta contra China y comenzó la negociación de acuerdos comerciales que detuvieran su crecimiento económico; sin embargo, a su llegada al poder Trump optó por favorecer el dinamismo económico interno antes que disputarles a los chinos la hegemonía en Asia-Pacífico. La estrategia económica de Trump consistió en relocalizar las industrias manufactureras del sudeste asiático en Estados Unidos, para lo cual emprendió una guerra comercial con China, pero sin que las agresiones contra China fueran un fin en sí mismo, sino solo un medio.

Biden promete dar un giro de 180° en la política exterior estadounidense y unir al “mundo libre” contra sus enemigos: China y Rusia. Lo cierto es que la economía estadounidense de hoy no goza del crecimiento de la posguerra, ni es la superpotencia única que señoreó al mundo durante los años 90, todo lo cual dificulta el restablecimiento de los esquemas multilaterales de gobernanza bajo la égida norteamericana. Por otro lado, China ha desplegado una política exterior que busca ganar aliados mediante la iniciativa One Belt One Road, y ha comenzado a ganarse la aceptación de países de la Unión Europea y del sudeste asiático con acuerdos comerciales que buscan integrar mecanismos multilaterales de cooperación internacional. El fruto más reciente de estos esfuerzos es la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), firmada en noviembre de este año.

Puede concluirse que el multilateralismo tradicional (dirigido por Estados Unidos para sus objetivos económicos y geopolíticos) en efecto está en crisis, pero esto no debe entenderse como la cancelación de toda otra posibilidad de multilateralismo. Hoy China se presenta como un polo de poder capaz de plantear una reorganización del orden político mundial que rompa con la preponderancia estadounidense; su proyección internacional en el manejo de la pandemia es la prueba más reciente. Sin embargo, queda por ver si los chinos encontrarán las vías adecuadas para superar lo que han denominado la Trampa de Tucídides y si podrán conjurar una nueva Guerra Fría.


Ehécatl Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.