Por Jesús Lara
Octubre 2020

En su obra clásica, “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, Vladimir Lenin mostró cómo, a finales del siglo XIX,  Rusia había entrado irremediablemente en la senda del sistema capitalista mundial. Con un análisis estadístico impresionante para la época, Lenin ilustró la forma en la que el capitalismo cumplía en Rusia sus dos únicas funciones progresistas: desarrollar y socializar las fuerzas productivas. A grandes rasgos, lo primero se refiere al aumento en la productividad del trabajo y lo segundo a involucrar progresivamente a todos los miembros de una formación social en un proceso de producción único. Estos dos fenómenos, a su vez, sientan las bases materiales para la futura sociedad socialista, basada en la propiedad social de los medios de producción y su administración planificada democráticamente. Una sociedad de este tipo nunca podrá desplegar su máximo potencial con un aparato productivo ineficiente y desarticulado.

La importancia de este análisis es que le da al proletariado las herramientas para juzgar el papel de uno u otro gobierno burgués. Porque aunque todos ellos desempeñan la función de proteger el dominio de las clases propietarias sobre el resto, la forma de gestionar el desarrollo capitalista varía en el tiempo y en el espacio. De tal forma que, al mismo tiempo que el proletariado se organiza para arrancar concesiones que mejoren su nivel de vida, debe preguntarse: ¿está el gobierno en turno facilitando el desarrollo y socialización de las fuerzas productivas? O, de forma equivalente, ¿se están expandiendo en términos de empleo los sectores más productivos de la economía? ¿Se está mejorando la infraestructura pública para conectar más eficientemente a todos los puntos del país? ¿Están avanzando las capacidades científicas y tecnológicas? ¿Se está facilitando el acceso a los medios de vida (tanto en infraestructura pública como en bienes de consumo) suficientes para el desarrollo material e intelectual de la clase trabajadora?

Estas son solo algunas de las preguntas clave. La primera es particularmente importante para el caso mexicano, en tanto el grueso de la población se haya ocupada en actividades de muy baja productividad y que ofrecen condiciones laborales sumamente precarias: informalidad rampante, autoempleo y desempleo disfrazado. ¿Por qué? La teoría del desarrollo económico clásico pone el énfasis en la inversión, es decir, en la rapidez con  la que crecen los acervos de capital fijo, que, a grandes rasgos, están constituidos por  la maquinaria, equipo e instalaciones productivas. De manera simple: la cantidad de personas que pueden emplearse en los sectores más modernos de la economía está limitada por el capital fijo existente. Por lo tanto, la expansión de los “buenos” empleos (¿los “menos peores” en el caso mexicano?) requiere que la acumulación de capital fijo (inversión) sea más acelerada que el crecimiento de la fuerza laboral.

Allí donde la inversión se ralentiza o detiene, crecen la informalidad, el autoempleo y la precariedad. Esto, a su vez, empuja a la baja los salarios en el sector formal. Por lo tanto, a la luz de este análisis, el combate a la pobreza en países como México pasa necesariamente por la mejora en las condiciones de empleo y, por lo tanto, en la aceleración de la inversión. Esto, cabe señalar, no tiene nada que ver con la idea dominante según la cual basta darle todas las facilidades y garantías al sector privado para que invierta y eso se traduzca en bienestar. Tal enfoque ha sido demostrado falso en la teoría y en décadas de práctica. La inversión pública desempeña un papel central y debe coordinar planificadamente la inversión privada para tratar de alcanzar los resultados previamente descritos. Inversión especulativa, poco intensiva en trabajo o desarticulada del resto del aparato productivo en poco o nada ayuda al desarrollo del país.

El análisis de lo que pasó con la inversión fija bruta y la adquisición de maquinaria y equipo nos permitieron tener perspectivas para la situación en nuestro país desde el inicio del gobierno de López Obrador. La tendencia fue clara desde el principio: en 2019 la inversión se estancó y desde inicios de 2020 empezó a caer. Con el inicio de la crisis colapsó definitivamente.

La manifestación obvia fue, durante 2019 y al iniciar 2020, la bajísima generación de empleos formales. Después, la destrucción de estos empleos. Las causas las podemos encontrar en la caída en la inversión pública en infraestructura, obras y servicios, cuyos recursos se han canalizado a transferencias monetarias y a las megaobras del presidente. Adicionalmente, el manejo errático de la economía y el discurso hostil de AMLO han generado un clima de incertidumbre y reticencia en la clase capitalista. No hay política industrial y se apuesta todo al comercio exterior. No hay pues, elementos progresistas en este gobierno ni perspectivas de que la cosa cambie en el corto y mediano plazo. 


Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales

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