Por Anaximandro Pérez
Septiembre 2020

Hace algunos meses, en medio de esta pandemia, se publicó el libro Men on Horseback: The power of Charisma in the Age of Revolution de David A. Bell, célebre historiador de la Universidad de Princeton en los Estados Unidos.[1] Se trata de un estudio bien informado, construido bajo una perspectiva weberiana, que sostiene la tesis de que la conformación del perfil del líder carismático, populista y autoritario que sobrevive hasta el día de hoy es un producto de la era de las llamadas Revoluciones Atlánticas de finales del siglo XVIII a principios del XIX.

En ese sentido, la obra se interesa en grandes hombres de la época. Se trata de las vidas políticas de cinco figuras fundamentales de la época, que dejaron una honda impresión en la cultura occidental. El quinteto se compone de contemporáneos que, en ocasiones, procuraban emular las formas de aprehender y ejercer la política del otro: el primero es el jefe revolucionario corso Pasquale Paoli (1725-1807), dirigente de los rebeldes que lucharon en contra de los yugos genovés y, posteriormente, francés, sobre la isla de Córcega; continúa con el comandante de la Revolución de Independencia de las Trece Colonias inglesas de América del Norte y primer presidente de los Estados Unidos, George Washington (1732-1799). A éste lo sigue la carrera de Napoleón Bonaparte (1769-1821), comandante de los ejércitos de la Revolución Francesa que se convirtió después en Emperador de su nación; en cuarto lugar, aparece el libertador de los esclavos negros de Saint-Domingue (Haití), Toussaint Louverture (1743-1803), y, en quinto, el gran libertador de la América del Sur, Simón Bolívar (1783-1830).

Bell acepta que las acciones de esos personajes, todos emanados de filas del ejército –de ahí men on horseback u hombres sobre caballo–, sólo fueron posibles en el marco de circunstancias históricas muy particulares. Esto es, en tiempos de efervescencia de los pueblos, debida a extremas tensiones económicas y sociopolíticas. No obstante, dice también, en el ejercicio de la política, de tipo absolutamente personalista en los cinco casos, las decisiones de cada dirigente moldearon sobremanera el desarrollo posterior de sus países.

¿Cómo fue posible esto? Bell lo desarrolla con detenimiento en cada caso. Pero, en resumen, vistas en su conjunto las carreras de esos líderes revolucionarios, la llegada a la cúspide del poder les fue posible porque una parte significativa de sus connacionales, y varias multitudes de extranjeros, veían representados sus intereses en las características que encarnaba cada sujeto. Se trataba, entonces, de individuos carismáticos, es decir, en la época se les veía como seres casi divinos, con cualidades superiores al común, ya fueran físicas, morales, intelectuales, políticas, etc. Por su “calidad” se creía casi ciegamente en ellos, independientemente de la veracidad o factibilidad de sus virtudes, propuestas y disposiciones.

Cabe señalar que, en ocasiones, las virtudes heroicas de aquellos hombres eran ciertas. Pero muchas otras veces se trataba únicamente de imágenes falsas de heroicidad vacía, creada en manos de buenos propagandistas, y libradas a una opinión pública que no poseía un conocimiento concreto del sujeto en cuestión. El autor demuestra que esta configuración de los héroes se lograba echando mano de todos los medios posibles. Varios de ellos –notablemente Napoleón– tenían a su servicio verdaderas maquinarias de publicidad, o estaban rodeados de aduladores que no vacilaban en utilizar la grandilocuencia huera para hinchar el orgullo del líder y ganar su favor. Hoy en día, en los archivos y galerías de arte podemos encontrar, en los más diferentes formatos, las representaciones glorificadas de esos hombres. Un ejemplo es la representación del emperador de los franceses en las pinturas de Jacques-Louis David y Antoine-Jean Gros, entre otros. [2]

Es claro que figuras así, divinizadas, darían una suerte de esperanza a la gente inmersa en la oscura crisis revolucionaria. Las imágenes positivas de los líderes, infladas por la propaganda, ganaban la admiración del público y así franqueaban el camino para que los hombres a caballo accedieran al poder y jugaran roles preponderantes en la formación de naciones, sin ser cuestionados en su heroicidad. El problema evidente, como queda claro, es que la forma no era siempre fondo, y aunque estos héroes popularizados ganaban el control de sus respectivas sociedades con el apoyo de sus pueblos, posteriormente se inclinaban hacia un despotismo absoluto, que funcionaba como medio para la satisfacción de caprichos personales o de clase, a costa de sus bases sociales.

Empero, la experiencia de las masas se topa siempre con la impostura. Por eso, se hacía evidente que no todas las virtudes de los líderes eran ciertas. Así ocurrió, por ejemplo, con Washington, quien fomentó el ascenso de los republicanos, es decir, la sección más conservadora de la clase política estadounidense, y aceptó firmar un tratado impopular de amistad con los británicos en 1794. La gente dejó de creer en él, pues los norteamericanos se habían independizado precisamente de los ingleses, y no de manera pacífica, sino al final de una cruenta guerra civil (1776-1783).[3]

En otros casos, la experiencia política de las masas resultaba mucho más sangrienta: se encarnizaba sobre el pueblo que luchaba junto al popular jefe de Estado. Tal vez el caso más significativo fue el del imperio francés. El régimen de Bonaparte, dice Bell, fue “completamente autoritario desde el inicio, con una fuerte censura de la prensa y un parlamento domesticado que generalmente seguía sus órdenes.” Napoleón modificó su propia constitución “para hacerse cónsul de por vida y enseguida, dos años después de eso,” en 1804, “tomó el título de emperador”. Su gobierno se acercó a los elevados números de prisioneros y ejecutados ­–por motivo de diferencias políticas– que hicieron las dictaduras más crueles del siglo XX.[4]

Asimismo, con las guerras napoleónicas (1803-1815), que no fueron sino un ensayo imperialista de Francia para apoderarse de Europa, Napoleón enfrascó a su pueblo en combates verdaderamente mortíferos. La mayoría de las campañas francesas, sostenidas por el pueblo en armas que era la Grande Armée, tuvieron por objetivo cumplir con las ambiciones personales de su emperador y las clases poderosas del imperio. Y nuevamente, siempre para ganarse a los franceses, Bonaparte aprovechó su prestigio militar y el incesante trabajo de sus propagandistas. Esto resultaba particularmente útil frente a Francia, pues los franceses habían desarrollado un sentimiento inigualable de orgullo patriótico desde la defensa que hicieron de su revolución frente a las monarquías europeas (1789-1795).[5] Por el imperio bonapartista, el continente vivió la primera guerra total europea: la economía de todos los países sufrió contracciones graves para atacar o defenderse del enemigo; Francia quedó con un saldo de 1 millón de pérdidas humanas; si a esto se suman los decesos de los demás reinos, el continente perdió cerca de 4 millones de habitantes. Finalmente, la caída del emperador, en 1815, trajo de regreso al poder al linaje de los Borbones, quienes gobernaban antes de la Revolución Francesa de 1789.

Otros casos que abrieron las puertas al caos fueron el de Bolívar y Louverture. Las decisiones unipersonales, y muchas veces poco atinadas del primero, aplicadas sobre todos los territorios que liberó (Colombia, Vanezuela, Bolivia, Ecuador, Perú), marcaron la pauta para la disidencia entre las bases políticas y sociales bolivarianas, así como para la inestabilidad político-económica que sufrieron los estados latinoamericanos durante el resto del siglo XIX. De la misma manera, la caída del Espartaco que liberó a los esclavos de los franceses en Saint Domingue, la prisión y muerte de Louverture en Francia (1803), abrieron el camino del poder a los antiguos militares de sus filas; pero esto sólo inauguró una serie de gobiernos dictatoriales, tan sanguinarios como impopulares, que sembraron en Haití el inicio de un largo historial, aún inacabado, de crisis políticas y humanitarias subsecuentes.

En pocas palabras, el estudio comparativo de Bell logra mostrar, mediante esos casos paradigmáticos, la configuración histórica del perfil político del líder-gobernante carismático y autoritario que existe por lo menos desde entonces: un líder que haciéndose atractivo frente a la gente, logra hacerse del poder (si tiene la oportunidad) y después gobierna impopularmente, como rey absoluto. De la misma manera, en Men on Horseback destacan, entre otras, tres situaciones importantes: a pesar de que un sujeto político parezca o sea anunciado masivamente como individuo superior al común, cuyas virtudes lo hacen capaz de mejorar, por ejemplo, la forma de vida de sus conciudadanos, eso no implica que se trate de algo estrictamente cierto; una sociedad que elige el gobierno de un sujeto carismático, sin conocer sus verdaderas propuestas e intenciones, puede verse condenado a vivir bajo los designios arbitrarios de una sola voluntad; una dictadura de esta clase puede sumergir a su país en la represión, el caos, el atraso y la muerte masiva de gente inocente.

Ahora bien, ese perfil político sobrepasó al siglo XIX. En el siglo XX los excesos autoritarios de los gobernantes decimonónicos quedaron rebasados. En ese sentido, en muchos países del mundo se pueden historiar casos en que se reproducen las tres situaciones antedichas, es decir, ascensos de líderes de este tipo, los cuales, aprovechando su popularidad, ejercieron el poder político de manera despótica para satisfacer sus ambiciones particulares. Pero, posiblemente el caso en que se ha expresado de manera más cruel hasta qué punto es capaz de llegar un gobernante carismático-autoritario, es el de la Alemania Nazi.

Ian Kershaw, biógrafo de Adolf Hitler, señala que antes de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), ningún hombre habría dado un solo peso por el futuro dictador nazi. “Las personas de su entorno lo consideraban un bicho raro, a veces el blanco de burlas benignas o un personaje ridículo, desde luego no un futuro líder nacional en ciernes. Todo eso cambió a partir de 1919. Se convirtió cada vez más en objeto de la adulación de las masas, al final casi sin límites (así como de un profundo odio de sus enemigos políticos).” Un cambio tan insólito, de la burla a la credibilidad, sólo se puede explicar “en el cambio de las circunstancias de la sociedad alemana, traumatizada por la derrota en la guerra, la agitación revolucionaria, la inestabilidad política, la miseria económica y la crisis cultural.” En ese marco social, “se produjo una “relación simbiótica […] entre el individuo [Hitler] con la misión de eliminar la humillación nacional de 1918 y una sociedad cada vez más dispuesta a considerar a sus líderes decisivos para su futura salvación, para rescatarla de la situación desesperada en la que, para millones de alemanes, les había sumido la derrota, la democracia y la represión”.[6]

Hitler llegó al poder con un discurso político de odio y exterminio. Pero sobre todo llegó gracias al respaldo de 13 millones de alemanes de todas las clases sociales que veían con buenos ojos al partido nacional socialista y votaron por él, y gracias al aval europeo implícito, a través de la nula intervención de las dos grandes potencias del momento, Francia e Inglaterra. El 30 de enero de 1933 Hitler obtuvo la cancillería de la presidencia del general Paul von Hindenburg, pero éste murió el 2 de agosto de 1934, lo que inmediatamente puso el poder absoluto en manos de los nazis. Su ascenso le permitió a Hitler practicar sin ningún obstáculo la violencia contra sus enemigos políticos. Todos los poderes quedaron sometidos al “Fürher” (guía). En ese sentido, en Alemania, dice Kershaw, se trabajaba en “aras del Fürher”: “los supuestos objetivos de Hitler servían para sugerir, activar o legitimar iniciativas en diferentes niveles del régimen, que impulsaban de forma intencionada o inconsciente, la dinámica destructiva del gobierno nazi”. Esto implicaba dos situaciones. Por un lado, se hacía lo que Hitler quería que se hiciera, así sus ideas antisemitas y anticomunistas se tradujeron en los genocidios horrorosos en Europa y en la Unión Soviética que todos conocemos; por otro lado, bajo la égida de las políticas de Hitler, la sociedad alemana comenzó a asumir un cariz de violencia funcional, es decir, la gente podía cometer venganzas utilizando la fuerza bruta (como la destrucción de inmuebles, los maltratos, los asesinatos, etc.) sobre sus enemigos personales, el justificante: la cultura política estigmatizadora lanzada desde el poder hitleriano.[7]

A pesar de que Hitler fue perdiendo popularidad con el paso de los años, lo cierto es que se mantuvo en la cúspide del poder hasta 1945. Para entonces el imperialismo hitleriano había sido derrotado, pero únicamente tras la Segunda Guerra Mundial, comenzada por los propios nazis. Esta catástrofe costó al mundo más de 70 millones de pérdidas humanas entre civiles y militares. Aquí tenemos el resultado más extremo de la llegada al poder alemán de un líder carismático, quien ganó la confianza de los alemanes para después degenerar en dictador genocida.

La cuestión hoy, en el siglo XXI, es que la figura que expone Bell para el periodo de las llamadas Revoluciones Atlánticas y que Hitler desarrolló en su expresión más álgida, sigue presente en los puestos de poder de muchas naciones del mundo. En varios países existen dictaduras autoritarias que pueden clasificarse dentro de ese perfil. En México se está fabricando una de ellas.

El partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) llegó al gobierno en el contexto de un México sometido durante décadas a la dinámica de desigualdad cada vez más polarizada que se observa en el mundo. En el país no existía ninguna opción de futuro esperanzador entre las propuestas de la clase política mexicana, pues hasta 2018 los gobiernos no hicieron prácticamente nada positivo para detener el acelerado empobrecimiento de los mexicanos (salvo sus programas asistencialistas que nada remediaban), para ofrecer empleo y mantenerlos a salvo de la hidra del crimen organizado. En esas circunstancias críticas se presentaron como alternativa política Andrés Manuel López Obrador y su partido, Morena. Ellos se anunciaron entonces, por todos lados, como poseedores de la solución, como “la esperanza de México”: se trataba de emprender la lucha contra la corrupción que existía en el Estado mexicano; esto terminaría con todos los males del país. En su situación desesperada, en el hartazgo contra los políticos que hasta el momento no habían hecho nada por ella, la gente creyó, sin cuestionar, las promesas del lopezobradorismo, confió en un hombre que se presentaba a sí mismo como el salvador que los mexicanos esperaban. Aunque nunca se explicó claramente, con evidencia, cómo el combate a la corrupción podía acabar con el malestar más palpable de la cotidianeidad mexicana, la pobreza, la decisión final fue el abrumador triunfo de Morena en 2018.

Pues bien, apenas a dos años de esas elecciones ya se ve que la lucha contra la corrupción resultó una mentira. Basta para eso ver los escándalos que sin cesar salen a la luz del propio seno del morenismo. Asimismo, la pobreza y el crimen organizado se han acelerado; sufrimos la pandemia del coronavirus, que hasta hoy nos ha arrebatado más de 70,0000 vidas. ¿Qué ha hecho el gobierno de López Obrador para paliar esos males? Nada. En lugar de atacar lo que nos aqueja, a semejanza de los regímenes autoritarios de los líderes carismáticos de antaño que devinieron antipopulares, el morenismo está adoptando la forma dictatorial, unipersonal de gobernar.

En primer lugar, todos los poderes están sometidos a los proyectos nacidos de la pura voluntad del presidente: el legislativo, mayoritariamente morenista, ha aceptado tres megaproyectos de López Obrador (Aeropuerto de Santa Lucía, Tren Maya y Refinería de Dos Bocas), algunos de ellos sin que existieran estudios previos suficientes relativos a su viabilidad. El mismo poder ha aprobado este año un Presupuesto de Egresos de la Federación hecho a modo, que deja sin recursos a los municipios y propone la distribución del dinero federal entre los megaproyectos y los programas asistencialistas del ejecutivo, con la evidente intención de comprar así votos para Morena en los próximos comicios de 2021. También la voluntad de Andrés Manuel se ha impuesto sobre el único garante relativo que teníamos para unas elecciones limpias, el Instituto Nacional Electoral, el cual ha negado la formación de partidos políticos que podrían oponerse de alguna manera a la 4T.

En segundo lugar, el presidente no resuelve los problemas de los mexicanos. En vez de eso, hace uso de su tribuna mañanera en Palacio Nacional para estigmatizar e insultar a sus críticos intelectuales, a la prensa opositora, a las feministas, a las organizaciones sociales, etc. Ataca a todos aquellos que exigen soluciones; nunca se establece un diálogo razonado con ellos. La violencia del insulto sistemático se reproduce en las redes sociales a través de los fanáticos de Morena. Pero no se queda ahí, pues ahora, para nulificar a sus enemigos, el presidente está haciendo uso del terrorismo financiero y la represión directa del pueblo inconforme a manos de las fuerzas armadas: López Obrador está utilizando la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) a cargo de Santiago Nieto para estigmatizar como corruptos y cortar el financiamiento de los opositores, sin presentar ninguna prueba ante la autoridad competente. Ahí están los congelamientos de cuentas que han sufrido recientemente los líderes de las protestas en Chihuahua y el Movimiento Antorchista. Asimismo, los cuerpos coercitivos como la Guardia Nacional están apostados en las calles con la clara intención de reprimir e inhibir la protesta social. De hecho, la brutalidad de esta medida ha llegado al asesinato de los que protestan.

El autoritarismo del presidente amenaza la integridad de nuestra nación. Como en su época hicieron Napoleón o Hitler, ya están censuradas la libertad de expresión, la libertad de disentir y la garantía constitucional de manifestación pacífica que tiene el pueblo organizado está palideciendo de muerte. Se anuncia una tormenta desastrosa; la impulsa con energía la clase política absolutamente servil a la voluntad caprichosa del presidente. En el incierto horizonte, la desesperación comienza a dibujar dos salidas, ambas indeseables: el sometimiento del pueblo o la insurrección. Pero la historia de México ha demostrado incesantemente que el pueblo no está dispuesto a inclinarse frente a un dictador.


Anaximandro Pérez es Maestro en Historia por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] David A. Bell, Men on Horseback: The Power of Charisma in the Age of Revolution, New York, Farrar, Straus & Giroux Inc, 2020, 352 pp.

[2] Sobre la confección de la imagen de Napoleón, Bell, ibid, op. cit., pp. 125-126. El historiador, Charles J. Esdaile abunda en lo relativo a los aparatos propagandísticos de Napoleón en su libro Las guerras de Napoleón: una historia internacional, 1803-1815, Barcelona, Crítica, 2009.

[3] Bell, ibid, op.cit., pp. 83-86

[4] Bell, ibid, op. cit., pp. 124. La traducción de la cita y la paráfrasis del pasaje son mías.

[5] Sobre esto puede verse George L. Mosse, De la Grande Guerre au Totalitarisme. La brutalisation des societés Européennes, Paris, Fayard, 2014.

[6] Ian Kershaw, Hitler. La biografía definitiva, Barcelona, Ediciones Península, 2019, p.32.

[7] Kershaw, Hitler…, op. cit., p. 34.

Bibliografía

Bell, David A., Men on Horseback: The Power of Charisma in the Age of Revolution, New York, Farrar, Straus & Giroux Inc, 2020, 352 pp.

Esdaile, Charles J., Las guerras de Napoleón: una historia internacional, 1803-1815, Barcelona, Crítica, 2009.

Kershaw, Ian, Hitler. La biografía definitiva, Barcelona, Ediciones Península, 2019.

Mosse, George L., De la Grande Guerre au Totalitarisme. La brutalisation des societés Européennes, Paris, Fayard, 2014.

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