Por Ehécatl Lázaro
Septiembre 2020

Introducción

El Golpe de Estado consumado en Bolivia el 10 de noviembre de 2019 constituye una experiencia especialmente atractiva para los estudiosos de los procesos sociales. Por años los analistas calificaron la gestión del Movimiento al Socialismo (MAS) como una experiencia exitosa en el terreno económico, social, político y cultural. Durante los 13 años que gobernó Evo Morales, Bolivia se convirtió en el país sudamericano con mayor crecimiento económico, disminuyó la desigualdad económica notablemente, integró a los grupos indígenas a la vida política nacional, y reconoció constitucionalmente el carácter plurinacional del Estado. Por eso, aunque la situación política permitía calcular tensiones sociales motivadas por los comicios presidenciales de 2019, ningún estudioso de las ciencias sociales tenía en el horizonte la posibilidad de que un Golpe de Estado pudiera cortar de tajo el proceso de cambio boliviano.

El Golpe significó un reto intelectual para las ciencias sociales latinoamericanas. Se trataba de identificar a los actores nacionales y extranjeros que habían participado, analizar las relaciones que estos actores guardaban entre sí, reconocer los principales procesos políticos y sociales que desembocaron en el Golpe, y señalar los errores cometidos por el gobierno de Evo, todo lo cual habría configurado el escenario necesario para el ensayo y éxito de un Golpe de Estado. La mayoría de los analistas se pronunció apresuradamente sobre el tema, respondiendo con urgencia a una interrogante candente. Académicos latinoamericanos como Atilio Boron, Néstor Kohan, Raúl Zibechi, Boaventura de Sousa, Frei Betto, Raquel Gutiérrez Aguilar, entre otros, abordaron el caso desde la Sociología y las Ciencias Políticas. Por su parte, Álvaro García Linera, Silvia Rivera Cusicanqui, María Galindo, junto a otros analistas bolivianos menos reputados, intentaron explicar los acontecimientos desde una perspectiva más cercana al proceso. Tanto los intelectuales latinoamericanos como los bolivianos redactaron breves ensayos, escritos al fragor del momento, en los que expusieron sus interpretaciones del Golpe[1].

Pasada la coyuntura, prácticamente no se escribió ningún análisis más; parecía que todas las líneas interpretativas se habían agotado. Esta situación cambió con la aparición de Golpe de Estado en Bolivia. La soledad de Evo Morales, un ambicioso trabajo redactado por Hugo Moldiz, ex Ministro de Gobierno de Evo en 2015, publicado en abril de 2020. En su libro, Moldiz ofrece un análisis amplio que estudia la dinámica boliviana desde los primeros años del siglo actual hasta noviembre de 2019. El texto de Moldiz se plantea dos objetivos: primero, caracterizar lo ocurrido como un Golpe de Estado y no como una rebelión, en contra de lo que argumentaron autores como Zibechi y Cusicanqui; segundo, hacer una lectura crítica de los errores del gobierno de Evo y de los movimientos sociales. La publicación de este material viene a llenar un vacío interpretativo en la producción teórica sobre el caso boliviano: la lectura de los dirigentes del MAS.

El objetivo del presente ensayo es exponer las conclusiones autocríticas a las que ha llegado la dirigencia del MAS acerca del Golpe de Estado de 2019. Para ello se hará una revisión de los análisis elaborados por Álvaro García Linera y Hugo Moldiz, pues aunque varios miembros del gabinete masista, Evo mismo, han expresado sus opiniones, Linera y Moldiz son los únicos que han reflexionado sobre los acontecimientos desde las ciencias sociales. La búsqueda pretende centrarse en las críticas que estos autores hacen al funcionamiento interno del MAS, para identificar los puntos clave que hicieron vulnerable al partido en un escenario de crisis como el de 2019. Se revisa primero el análisis de Linera, posteriormente el de Moldiz, y finalmente se presentan conclusiones sobre las reflexiones de ambos autores.

Álvaro García Linera

No es sencillo adentrarse en el pensamiento de Álvaro García Linera a propósito del Golpe de Estado. Quien fuera vicepresidente de Evo Morales durante sus 13 años de gobierno, no ha redactado un documento en el que analice con profundidad los procesos que desembocaron en el ascenso violento de un nuevo bloque de poder en Bolivia. Hasta ahora ha expuesto sus conclusiones de manera fragmentada, sobre todo en el ámbito del periodismo, respondiendo a las interrogantes planteadas por sus interlocutores en diversos foros. A pesar de esta limitación, si se hace una revisión exhaustiva de los materiales disponibles es posible identificar los elementos que Linera considera determinantes en el triunfo del Golpe de Estado. Con este objetivo, se seleccionaron tres entrevistas en las que el exvicepresidente reflexiona sobre el tema: “Conversatorio con Álvaro García Linera”[2], “Cruce de palabras”[3] y “Diálogos por la democracia”[4].

1. Clase media tradicional y nueva clase media popular indígena

Proveniente de una tradición marxista-leninista, Linera analiza lo social a partir de la lucha de clases. De acuerdo con García Linera, el crecimiento económico, la reducción de la desigualdad y la indianización del Estado, procesos desarrollados durante el gobierno de Evo, generaron una nueva clase media de origen popular indígena (CELAG, 2020). Linera apunta que esta nueva clase media está constituida por una población indígena, mayoritariamente rural, que estuvo marginada durante décadas por el Estado, y que a partir de 2006 inició un proceso de movilidad social: aumentaron sus ingresos, se trasladaron a las ciudades para integrarse al mercado de las urbes, algunos se convirtieron en empresarios exitosos y otros se volvieron funcionarios del gobierno. Esta nueva clase media popular indígena ahora comparte espacios que durante décadas le estuvieron negadas a los indios, como el ser empresario, el vivir en los “buenos barrios” de las ciudades y el ser gobierno, lo que, a decir de Linera, constituye una experiencia inédita en la historia boliviana.

La nueva clase media indígena fue percibida como una amenaza por las clases medias tradicionales, aquellas que surgieronen de la Revolución de 1952 y que mantuvieron ese estatus por generaciones. No solo tenían que compartir los espacios que consideraban “suyos” con la nueva clase media indígena, sino que el gobierno del MAS prefería funcionarios, empresarios y académicos indígenas que tuvieran algún nexo con los movimientos sociales o los sindicatos, lo significaba un capital cultural y social que las clases medias tradicionales no tenían. Mientras los indígenas experimentaron un raudo ascenso social gracias a los esfuerzos del gobierno por disminuir las desigualdades existentes, la clase media tradicional se mantuvo en el mismo estatus que había tenido por décadas; la Bolivia de Evo no se preocupó por crear para ellos otros mecanismos de movilidad que también les permitieran experimentar cierto ascenso social.

Estas condiciones generaron un resentimiento de la clase media tradicional contra la nueva clase media indígena y que comenzó a expresarse mediante el odio racial. Fue esta clase media tradicional —que en los primeros años de gobierno del MAS había respaldado a Evo— el sector demográfico que más se movilizó contra los resultados electorales de 2019. No solo aceptaban la idea del fraude desde antes de que se realizaran los comicios, sino que se opusieron a que la elección se repitiera y demandaron la renuncia de Evo Morales y su gabinete. Fueron ellos quienes salieron a las calles a golpear indios, quienes secuestraron a familiares de los ministros para obligarlos a renunciar y quienes saquearon y quemaron las casas de los ministros. Estaban dispuestos a todo para evitar que los indios siguieran gobernando. Así se explica la violencia racista ejercida por los Comités Cívicos de los nueve departamentos del país, a la cabeza de los cuales se colocó la derecha de Santa Cruz, la más conservadora de Bolivia.

Aunque este resultado pareciera obligado dada la determinación del MAS de reducir las desigualdades e integrar a los indios plenamente a la dinámica del país, García Linera advierte que no lo es. A juicio del exvicepresidente, “sin negociar un solo milímetro los procesos de igualación social, de mejoras del bienestar popular y de la ampliación de las clases medias, el gobierno de Evo debió crear vasos comunicantes con esos sectores para facilitarles reconocimientos y mecanismos flexibles de ligera movilidad social ascendente”. Estas medidas habrían impedido “el encuevamiento resentido de las clases medias, que siempre ha sido el mejor caldo de cultivo de las salidas fascistoides”.

2. Construcción discursiva del partido gobernante

El éxito del combate a la desigualdad social se reflejó en la conformación de la nueva clase media de origen popular e indígena, sin embargo, un porcentaje significativo de este sector le retiró su apoyo al gobierno de Evo y prefirió votar a otros candidatos en la elección de 2019. De acuerdo con Linera, la tesis que afirma que las clases medias que producen los gobiernos progresistas siempre se enajenan y se vuelven contra ellos mismos es falsa en el caso de Bolivia (CELAG, 2020). Las condiciones específicas de la sociedad boliviana han permitido que la nueva clase media indígena mantenga relaciones étnicas y familiares con sus comunidades de origen, además de que no niega la indianidad de la que proviene y a la que lleva incluso en la piel, pues este carácter se convirtió en un capital cultural que le abrió oportunidades inaccesibles para la clase media tradicional. Sin embargo, Linera acepta que una parte de las nuevas clases medias populares indígenas no votó por Evo , lo que se reflejó en el 47% de preferencia electoral de 2019, lo que está lejos del 61% obtenido por el MAS en 2014.

Linera está en contra la tesis de la enajenación de las nuevas clases medias, que pone el acento en la falta de memoria de las capas populares, y que de esa manera las responsabiliza por los infortunios que el gobierno progresista pueda tener. En su lugar, Linera plantea que los gobiernos necesitan ampliar y modificar su discurso político en aras de contemplar también los intereses, deseos y preocupaciones de aquellos que han pasado de las clases bajas a las clases medias. Se necesita modificar el discurso conforme cambian las condiciones sociales, pues de otra manera se vuelve obsoleto y anquilosado al mantener la plataforma de la que se partió, y se dejan de considerar las expectativas del nuevo grupo socioeconómico. Por lo tanto, es comprensible que las clases medias perciban que un partido político fundamentalmente orientado hacia las capas populares no tenga nada que ofrecerles a ellas. Esto fue lo que ocurrió entre el MAS y un sector de la nueva clase media, que habiendo votado por él en elecciones pasadas, dejó de hacerlo así en 2019. La solución a este problema, plantea Linera, es que “el bloque de poder inicial que dio lugar al proceso progresista o revolucionario con el tiempo debe transformarse en otro bloque de poder, ampliando discursos y propuestas en correspondencia a los desplazamientos estructurales de las clases sociales del país”.

3. Batalla cultural

Linera detecta que a partir del tercer gobierno de Evo el MAS comenzó a abandonar la batalla cultural, cediendo a las clases medias tradicionales y a la oligarquía espacios como los medios de comunicación y la academia (TV UNAM, 2020). Este abandono tuvo dos implicaciones en la disputa política. La primera fue permitir que las nuevas clases medias de origen popular indígena recibieran la influencia política de las clases medias tradicionales, las cuales ya le habían retirado su apoyo a Evo Morales y utilizaban los periódicos, la televisión, la radio, y la academia para expresar su inconformidad. La segunda fue permitir que las clases medias tradicionales reprodujeran y alimentaran el discurso de odio racial que había comenzado a germinar entre ellas ante el rápido ascenso social de los indígenas. Al final, las clases medias tradicionales lograron instalar matrices de opinión que desempeñaron un rol determinante en el Golpe de Estado, como la idea del fraude, que fue instalada entre la opinión pública meses antes de las elecciones. Haciendo un balance de la importancia que tiene este ámbito en la estabilidad de los gobiernos progresistas, Linera afirma que la disputa cultural es tan importante como tener una buena economía.

4. Fuerza civil de defensa

La movilización social es importante en las coyunturas críticas del proceso de cambio, pero es necesario contar también con una fuerza civil de defensa que proteja las conquistas de igualdad y los avances de la democracia de manera permanente (Telesur, 2020). Esta apreciación de Linera es compartida por Evo Morales y Juan Ramón Quintana, ministro de la presidencia durante las tres administraciones del MAS. La necesidad de una fuerza popular que defienda los logros del gobierno se hizo evidente con el Golpe de Estado de 2019, cuando la policía se amotinó; en esas circunstancias, era necesario crear “milicias armadas del pueblo”, según palabras de Evo. Durante la crisis de octubre y noviembre de 2019, una considerable cantidad de seguidores del MAS se movilizó a la Plaza Murillo para defender la Casa Grande del Pueblo, donde residía Evo Morales, sin embargo, la capacidad de los Comités Cívicos y los demás grupos que desplegaron la violencia racial en todo el país superó al dispositivo de seguridad planteado por el MAS.

Hugo Moldiz Mercado

A diferencia de Álvaro García Linera, el pensamiento de Moldiz se encuentra condensado y estructurado en un solo material: Golpe de Estado en Bolivia. La soledad de Evo Morales. Este libro fue escrito mientras el exministro se encontraba refugiado en la embajada de México en Bolivia junto a otros seis exfuncionarios del MAS perseguidos por el gobierno de Jeanine Áñez. En este texto Moldiz recupera básicamente a René Zavaleta Mercado y a Antonio Gramsci para comprender y explicar no solo el Golpe de Estado de 2019, sino toda la dinámica política boliviana de los últimos 20 años. De Zavaleta Mercado, Moldiz retoma la idea de que el Golpe de Estado es la forma clásica que adopta el cambio político en Bolivia; de Gramsci, los estudios sobre la sociedad política y la sociedad civil, así como las relaciones entre clases dominantes, clases dirigentes, clases dominadas y hegemonía.

Moldiz periodiza la historia de la Revolución Boliviana del siglo XXI en tres etapas. Entre 2000 y 2009 ocurre el “Momento Heroico”, mismo que se subdivide en dos tiempos: el primero, de 2000 a 2005, se caracteriza porque los movimientos sociales que integran al MAS tienen la iniciativa política del país y, aunque todavía no gobiernan, en los hechos ya se han convertido en la clase dirigente; el segundo subperiodo arranca con la toma del poder por parte del MAS, en 2006, y concluye en 2009, con la promulgación de una nueva constitución plurinacional y con la derrota del separatismo cruceño. El segundo periodo de la Revolución Boliviana es la “Ralentización”: comienza en 2010 y concluye con el triunfo del “No” en el referéndum de 2016. Esta es la etapa en la que el MAS comienza a experimentar problemas políticos internos y la oposición se reestructura, venciendo al partido gobernante en 2016. Por último, el tercer periodo es el “Ocaso del Gobierno y el Golpe de Estado”, que inicia en 2016 y concluye con la expulsión violenta de la Revolución Boliviana en 2019. Empleando esta periodización, Moldiz explica la gestación y  desarrollo de los elementos determinantes del proceso  boliviano a lo largo de las tres etapas.

1. Los movimientos sociales y la fetichización del poder

De acuerdo con Moldiz, durante todo el “Momento Heroico”, los movimientos sociales y los sindicatos que se coordinaron para impulsar la creación del MAS mantuvieron una capacidad de auto organización y auto representación al margen del gobierno. Las organizaciones convocaban y se movilizaban autónomamente. Y esto no fue así solo antes de que Evo ganara las elecciones en 2005, sino que la dinámica autónoma se mantuvo durante los primeros años del gobierno evista, hasta 2009. La situación cambió sensiblemente a partir de 2010, cuando el MAS se había consolidado en el poder y la oposición estaba desarticulada. A partir de ese momento, los movimientos sociales y los sindicatos “sienten que ya se ha logrado todo y que ahora se trata de gozar de los beneficios de la conquista del poder”, para lo cual se repliegan a sus demandas específicas y dejan en manos de la burocracia la obligación de satisfacer las necesidades de la población. Así lo entendieron los movimientos sociales y así lo asumió el gobierno. A llama Moldiz la “fetichización del poder”.

El desencuentro entre el gobierno y los movimientos sociales que lo constituyeron comenzó a expresarse en tres aspectos durante la etapa de la “Ralentización”. La primera es que no existe correspondencia entre los resultados de la gestión económica y los resultados en la esfera política; mientras la economía crece todos los años y la riqueza se distribuye de forma más justa, los niveles de aprobación del gobierno comienzan a bajar. Una segunda manifestación es la incapacidad del gobierno para instalar exitosamente la idea de que la democracia de los movimientos sociales es superior que la democracia liberal representativa. Por último, la tercera manifestación es que la hegemonía política no se ha traducido en una hegemonía cultural. Estas tres manifestaciones de la fetichización del poder se desarrollaron a partir de 2010 y maduraron continuamente hasta estallar en 2020.

Adicionalmente, Moldiz plantea que la relación entre el gobierno y los movimientos sociales convirtió a estos últimos en “menores de edad”. Al dejar la iniciativa política en manos del gobierno, las organizaciones que conformaban la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam) ahora se reunían y se movilizaban solo si eran convocados por el gobierno. De esa manera pasaron de tener una participación autónoma y dinámica a depender de la iniciativa y la dirección del gobierno. Este marasmo en el que cayeron los movimientos sociales y los sindicatos debido a su alienación, explica por qué no pudieron movilizarse rápidamente en octubre y noviembre de 2019 frente a las clases medias tradicionales y los grupos oligárquicos.

2. La pequeña burguesía en el gobierno

De acuerdo con Moldiz, los cuadros del MAS en la burocracia le imprimieron al gobierno un sello clasemediero. A partir del periodo de “Ralentización” comenzó a manifestarse una concepción de gobierno distinta a la que había privado durante el “Momento Heroico”: en lugar de asumir el poder del Estado como una herramienta para impulsar nuevos cambios sociales, entendieron al gobierno desde una lógica gerencial característica de los gobiernos neoliberales. Esta burocracia proveniente de la pequeña burguesía irradió sus concepciones no solo al interior del gobierno, sino también a las organizaciones que lo acompañaron, lo que, según Moldiz, derivó en una clasemedización en la teoría y la práctica de los movimientos sociales y los sindicatos, que para ese momento ya habían perdido la hegemonía. Moldiz le atribuye este fenómeno al hecho de que el gobierno del MAS se integró por funcionarios y burócratas que habían formado parte de gobiernos previos, y que preferían la gobernanza a la movilización constante de las bases. En la lectura del exministro, a esta pequeña burguesía incrustada en el gobierno se debió que la Revolución Boliviana del siglo XXI haya comenzado a alejarse de Cuba y Venezuela en aras de evitar conflictos internacionales con Estados Unidos. En este punto, la interpretación de Moldiz contrasta abiertamente con la de Linera, pues mientras el primero afirma que la pequeña burguesía era la clase mantenedora del aparato estatal, el segundo sostiene que estas posiciones le pertenecían mayoritariamente a los movimientos y a los sindicatos, así como a la clase media popular indígena.

3. Tendencias geopolíticas en América Latina

Para Moldiz, el giro que experimentó la geopolítica latinoamericana desde los primeros años de la segunda década del siglo, debió ser considerda por el gobierno de Evo; sin embargo, no fue así. Moldiz plantea que desde 2016, y con mayor fuerza en los meses previos a la elección de 2019, en Bolivia se respiraba un ambiente de desestabilización y ruptura. No se trata únicamente de los esfuerzos de la oligarquía local, sino fundamentalmente de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, país que desde 2006 trabajó intensamente en el derrumbe del gobierno del MAS. En un escenario de amenaza mundial configurado por el crecimiento de China y por la existencia de gobiernos progresistas latinoamericanos, el imperialismo estadounidense necesitaba garantizar su predominio en América Latina, una zona que considera como espacio vital. Pero estas tendencias geopolíticas fueron ignoradas, calculadas erróneamente, por el gobierno de Evo.

Este señalamiento del exministro se apoya en dos hechos. El primero es el error que cometió el MAS al confiar en la OEA como garante de las elecciones de 2019. Desconociendo el papel que la OEA de Luis Almagro desempeña en la región como defensor de los intereses norteamericanos, el gobierno de Evo no solo aceptó la vigilancia de la OEA, sino que les dio un carácter vinculante a las conclusiones que obtuviera dicho organismo. La presentación de un informe electoral incompleto y antes de tiempo por parte de la OEA fue la señal esperada por las oligarquía y las clases medias tradicionales para iniciar su movilización bajo la bandera de la democracia y contra el fraude. El segundo hecho, según Moldiz, es que si el Golpe de Estado tuvo éxito se debió en gran medida a la intervención de Estados Unidos, pues la oposición estaba fragmentada y no consiguió unificarse en torno a un solo candidato en 2019. Fue la acción del imperialismo estadounidense la que terminó unificando a los liderazgos opositores en torno a Luis Fernando Camacho en octubre y noviembre. Era previsible que, como los otros gobiernos progresistas de la región, también para Bolivia existiera un plan golpista orquestado por Estados Unidos.

4. Transformación estructural de las Fuerzas Armadas

El elemento determinante para caracterizar lo ocurrido el 10 de noviembre como un Golpe de Estado fue la participación de las Fuerzas Armadas. Más allá de la violencia ejercida por las clases medias tradicionales y del motín policial, Moldiz insiste en que el pronunciamiento del general Williams Kaliman, comandante de las Fuerzas Armadas, fue lo que ogligó a Evo Morales a abandonar el poder. En su mensaje televisado del 10 de noviembre, Kaliman “sugirió” al presidente su renuncia para pacificar al país, pronunciamiento que aclaró la posición de los militares contra el presidente. En opinión de Linera, las bases masistas habían comenzado a movilizarse en las calles para frenar la violencia, y estaban cerca de neutralizar a los grupos oligárquicos y de la clase media tradicional, cuando las Fuerzas Armadas intervinieron y definieron la correlación de fuerzas a favor de los golpistas.

Moldiz recuerda que la participación de las Fuerzas Armadas en Golpes de Estado es un fenómeno ampliamente conocido en América Latina. La propia historia boliviana del siglo XX está llena de experiencias golpistas dirigidas por militares. Por esa razón, Moldiz plantea que uno de los errores más importantes del gobierno de Evo fue su renuencia a transformar estructuralmente las Fuerzas Armadas, las cuales mantienen desde la década de 1960 una estrecha relación con las agencias de seguridad norteamericanas y hay incluso nexos familiares entre miembros de la cúpula castrense boliviana y militares estadounidenses de alto rango. El hecho de que las Fuerzas Armadas bolivianas hubieran incorporado oficialmente el lema “¡Patria o muerte!” no significó una transformación verdadera del aparato militar, sino solo una adaptación superficial al gobierno masista; un cambio cosmético acorde a los tiempos. El acercamiento amistoso que tuvo Evo con lo principales generales durante toda su administración, y la participación de los militares en proyectos como la Escuela Militar Antiimperialista, crearon en el gobierno del MAS la falsa impresión de que las Fuerzas Armadas les eran leales.

Conclusiones

Los elementos apuntados por Álvaro García Linera y Hugo Moldiz, exvicepresidente y exministro de gobierno de Evo, respectivamente, permiten analizar el Golpe de Estado de 2019 desde la perspectiva del MAS. Empero, no puede afirmarse que estos dos análisis constituyan todo el aporte del MAS al necesario proceso de reflexión académica sobre el caso boliviano. Está pendiente todavía la interpretación de Juan Ramón Quintana, exministro de la presidencia de Evo, de formación militar, sociólogo, y autor de diversos libros sobre la injerencia de Estados Unidos en América Latina. Refugiado en la embajada de México en Bolivia por la persecución política que mantiene el gobierno de Jeanine Áñez contra él, Quintana ha permanecido fuera de los medios; sin embargo, cabe esperar una futura interpretación del llamado “hombre fuerte” de Evo.

Vistos en conjunto, los análisis de Linera y Moldiz son poco coincidentes. Si bien ambos autores pertenecen al grupo dirigente del MAS, la posición de cada uno durante el proceso de cambio les aporta perspectivas diferentes al momento de identificar los principales factores críticos del partido. Álvaro García Linera piensa todo el proceso de cambio desde el núcleo del poder, pues prácticamente todo el periodo, desde 2006 hasta 20019, ocupó el cargo de Vicepresidente al lado de Evo. Su visión, por tanto, responde a la óptica del MAS gobierno. Hugo Moldiz tiene un perfil distinto. Como Linera, formó parte de los intelectuales que acompañaron las luchas de los sindicatos y los movimientos sociales contra el neoliberalismo durante la Guerra del Gas, la Guerra del Agua, etc., y acompañó también el proceso de construcción del Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos, que después se convirtió en el MAS. Sin embargo, su participación al interior del gobierno ha sido mucho más limitada, pues no se integró a él desde el principio, y solo ocupó el cargo de Ministro de Gobierno durante cinco meses en 2015. Moldiz es un intelectual del MAS que ha desempeñado un rol importante en el ámbito de los medios de comunicación, defendiendo los avances del proceso de cambio[5]. Por ello, su visión es la de un intelectual del MAS que reflexiona sobre la realidad boliviana desde afuera del gobierno.

Hay más divergencias que coincidencias en las reflexiones de Linera y Moldiz. El exvicepresidente considera que las disputas entre la clase media tradicional y la nueva clase media indígena constituyen el factor más importante para explicar el Golpe de Estado. Junto a este problema se encuentran: 1) la incapacidad del MAS para adaptarse a los cambios sociales que el mismo partido promovió; 2) el abandono de los espacios culturales por parte del partido, dejándolos, por tanto, en manos de la oligarquía y las clases medias tradicionales; y 3) la falta de una fuerza civil que pudiera defender las conquistas sociales y democráticas en contra de los intentos golpistas de los grupos conservadores. Además de estos factores estructurales, Linera también señala un par de elementos que en considera coyunturales, como la “ingenuidad” del gobierno al confiar en el arbitraje electoral de la OEA[6] y el error de postular a Evo Morales a pesar de los resultados del referéndum de 2016, pues legitimó a la oposición con la bandera de la democracia[7].

Moldiz no contradice el análisis de Linera, pero sí hace una evaluación diferente de los factores más importantes para explicar el Golpe de Estado. Para el exministro de gobierno, el principal problema fue la “fetichización del poder”, es decir la falta de autonomía de los movimientos sociales y de los sindicatos para movilizarse independientemente del  MAS gobierno. Esta cuestión, que para Moldiz es fundamental en la explicación de los hechos, para Linera no forma parte de los elementos determinantes. García Linera considera que sí hizo falta mayor movilización de la base social del MAS, sin embargo, no comparte la evaluación hecha por Moldiz de que es un problema más estructural. Junto a la fetichización del poder, el exministro encuentra otros tres factores de peso: 1) La pequeña burguesía como clase mantenedora del aparato de gobierno y su influencia gerencial en él; 2) La incapacidad del gobierno para considerar con mayor objetividad el peligro de que se impulsara un Golpe de Estado, a pesar de las tendencias geopolíticas adversas en el escenario latinoamericano; y 3) La falta de voluntad del gobierno de Evo para transformar de manera estructural las Fuerzas Armadas.

Las reflexiones de Linera y Moldiz no solo permiten conocer la perspectiva de la dirigencia del MAS sobre el Golpe de Estado, sino que aportan elementos analíticos para entender los alcances y limitaciones de otros procesos de transformación social similares al de Bolivia. En concreto, algunas conclusiones de Linera y Moldiz pueden aplicarse a otros gobiernos progresistas de la región que aspiran a trascender los problemas propios del neoliberalismo, el subdesarrollo y la dependencia. Aquí se apuntan cuatro de ellos.

1) Tener resultados económicos exitosos no implica tener buenos resultados políticos. La experiencia histórica muestra que una mala gestión económica está asociada al desempleo y la pobreza, lo que comúnmente genera descontento entre la ciudadanía y se traduce en un cambio del partido gobernante. De esta observación empírica se desprende la hipótesis de que una gestión económica adecuada —crecimiento, generación de empleos, aumento de los ingresos, disminución de la pobreza— debe reflejarse en una sociedad políticamente estable. El caso de Bolivia demuestra que esto no necesariamente es así. Si bien existe una relación innegable entre economía y política, cada uno de estos ámbitos tiene un funcionamiento específico. En este sentido, la Bolivia de Evo guarda semejanza con el Ecuador de Correa, proceso que, a pesar de haber registrado un desempeño económico notable, experimentó cambios políticos drásticos a partir de 2017, cuando Lenin Moreno llegó al poder.

2) Las Fuerzas Armadas también están atravesadas por intereses políticos. La noción institucionalista de que las Fuerzas Armadas de un país se rigen únicamente por las disposiciones jurídicas ha sido fuertemente cuestionada por las ciencias sociales latinoamericanas debido a las numerosas dictaduras militares que existieron en América Latina durante el siglo XX. En su interés por comprender las dictaduras, uno de los resultados obtenidos por las ciencias sociales fue asumir a las Fuerzas Armadas como un grupo social con intereses políticos y económicos propios que participa también en la dinámica interna de los países. En las últimas décadas se ha establecido un consenso entre la academia y la opinión pública sobre las ventajas de la demcoracia, y tiende a pensarse que la intervención política de los militares es algo del pasado. El caso boliviano recuerda la vigencia que mantiene el rol de las Fuerzas Armadas en los procesos políticos latinoamericanos.

3) El desempeño exitoso de un gobernante no avala su permanencia indefinida en el poder. Evo Morales ganó tres elecciones presidenciales consecutivas con un amplio margen sobre los otros competidores: en 2005 obtuvo el 53% de la votación, en 2009 el 64% y en 2014 el 61%. Los niveles de aprobación de Evo eran inéditos, sin embargo, la Constitución promulgada en 2009 le prohibía postularse una vez más. El MAS realizó el referéndum de 2016 buscando la posibilidad de adecuar la ley, pero la mayoría de los votantes prefirió que Evo no volviera a contender en las elecciones. A pesar de todo, Evo volvió a presentarse en las elecciones de 2019, lo que permitió que la oposición desarrollara el discurso del fraude y después lo inoculara en la opinión pública. El proyecto del MAS gozaba de una amplia aceptación, no así la idea de que una misma figura se mantuviera al frente del proceso de manera indefinida. ¿Hasta dónde pudo haberse evitado el escenario golpista de 2019 si el MAS hubiera postulado a otro candidato? Se plantea aquí la necesidad de formar cuadros jóvenes que permitan darle continuidad al proyecto sin depender de una figura única.

4) Por último, la experiencia boliviana destaca el desafío que enfrentan los movimientos sociales en su relación con los gobiernos progresistas. En los análisis de Linera y Moldiz, la clave del éxito o fracaso del proceso de transformación pasa por entender la compleja tensión que existe entre un gobierno progresista y los movimientos sociales que lo apoyan. Un gobierno que concentra la iniciativa política y somete a los movimientos sociales a las necesidades de la administración es tan peligroso para el proceso, como unos movimientos sociales que se mantienen activos y desgastan al poder instituido por una exigencia constante. Esta contradicción entre un polo y otro es necesaria para que la transformación social avance, por lo que tanto el gobierno como los movimientos sociales deben mantenerse activos en el desarrollo del proceso, pero sin perder el control de la dirección que adquieren las tensiones entre ambos polos.

El Golpe de Estado de 2019 cerró violentamente un ciclo político progresista en la historia de Bolivia y dio paso a una reestructuración de las fuerzas políticas bolivianas. Si bien los errores del MAS permitieron su expulsión violenta del poder, el proyecto político del partido es el que goza de mayor solidez y aceptación entre la ciudadanía. Mientras el MAS busca la indianización del Estado y la construcción de una sociedad posneoliberal enmarcada en el horizonte socialista del buen vivir, el resto de los partidos políticos plantean proyectos que se limitan a “corregir” problemas económicos y sociales dentro del marco neoliberal. A pesar de haber sufrido la derrota del Golpe de Estado, el MAS sigue siendo un partido vigoroso que posee la capacidad de participar en la vida democrática del país y retomar la dirección política de Bolivia.


Ehécatl Lázaro es especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Boron, “El golpe en Bolivia: cinco lecciones” en Página12, 11 de noviembre de 2019; Kohan, “Golpe de Estado en Bolivia: debates pendientes y silencios cómplices” en Revista Espoiler, 16 de noviembre de 2019; Zibechi, “Bolivia, un levantamiento popular aprovechado por la ultraderecha” y “La debacle del MAS y el golpe” en Brecha, 11 y 15 de noviembre de 2019; De Sousa, “Evo Morales: el indio fuera de lugar” en CADTM, 13 de diciembre de 2019; Betto, “Golpe en Bolivia” en Cubadebate, 29 de noviembre de 2019; Gutiérrez, “Bolivia: la profunda convulsión que lleva al desastre” en El Salto, 11 de noviembre de 2019; Rivera, “Esta coyuntura nos ha dejado una gran lección contra el triunfalismo” en Desinfomémonos, 13 de noviembre de 2019; Galindo, “Bolivia: la noche de los cristales rotos” en Lavaca, 11 de noviembre de 2019.

[2] CELAG, “Conversatorio con Álvaro García Linera” en https://www.celag.org/conversatorio-alvaro-garcia-linera/ (consultado 15 de agosto de 2020).

[3] Telesur, “Cruce de palabras: entrevista especial con el vicepresidente García Linera” en https://videos.telesurtv.net/video/803220/cruce-de-palabras-803220/ (consultado 15 de agosto de 2020).

[4] TV UNAM, “Diálogos por la democracia con John M. Ackerman y Álvaro García Linera” en https://tv.unam.mx/portfolio-item/dialogos-por-la-democracia-con-john-m-ackerman-y-alvaro-garcia-linera/ (consultado 15 de agosto de 2020).

[5] Además del libro que se comenta en este ensayo, Ocean Sur ha publicado cuatro libros en los que Moldiz estudia el proceso boliviano: Bolivia en los tiempos de Evo, ¿Reforma o revolución en América Latina? El proceso boliviano, y América Latina y la tercera ola emancipadora. Moldiz dirige el diario boliviano La Época.

[6] Diario Público, “Entrevista a Álvaro García Linera” en https://www.publico.es/publico-tv/en-la-frontera/programa/847137/entrevista-a-alvaro-garcia-linera-en-la-frontera-9-de-marzo-de-2020 (consultado 15 de agosto de 2020).

[7] El País, “En Bolivia hubo una sublevación de la clase media contra la igualdad” en https://elpais.com/internacional/2020-03-05/en-bolivia-hubo-una-sublevacion-de-la-clase-media-contra-la-igualdad.html (consultado 15 de agosto de 2020).

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