Por Ehécatl Lázaro
Septiembre 2020

Bulgaria vive protestas continuas desde el 9 de julio. Ese día, miles de manifestantes salieron a las calles de Sofía, la capital, exigiendo la renuncia del primer ministro, Boiko Borisov, líder del partido Ciudadanos para el Desarrollo Europeo de Bulgaria (mejor conocido como GERB) y quien gobierna el país desde 2009. Los manifestantes demandan la caída de un gobierno al que califican de mafioso y corrupto, acusaciones que pesan sobre el primer ministro desde hace varios años y que son apoyadas por el actual presidente, Rumen Radev, miembro del Partido Socialista Búlgaro. De hecho, el conflicto que existe entre el presidente y el primer ministro fue el detonante de la más reciente ola de protestas. Si bien existe una serie de acontecimientos que se presentan como causas inmediatas de las manifestaciones, en el fondo existe un descontento generalizado por el deterioro de la economía, la caída del bienestar social y la corrupción imperante en la clase política. Las raíces de las movilizaciones son, pues, más profundas.

Bulgaria estuvo bajo el gobierno dictatorial del zar Boris III desde 1918 hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando las guerrillas comunistas del país y el ejército rojo de la URSS derrotaron a la monarquía zarista, aliada de Hitler desde el principio de la guerra y parte del Eje nazi-fasista. Desde ese momento hasta la caída de la Unión Soviética, Bulgaria estuvo gobernada por el Partido Comunista y bajo la influencia de la URSS, lo que se reflejó en la industrialización del país, un crecimiento económico sostenido y una sociedad con bajos índices de desigualdad. Pero todo esto cambió radicalmente con el derrumbe del bloque socialista. A partir de la década de 1990, Bulgaria sufrió un proceso económico, político y social equiparable al que vivió la Rusia de Boris Yeltsin. El Estado comenzó a desmantelarse por medio de la privatización de sus empresas, surgió un grupo de ultrarricos beneficiados por el desmantelamiento (los oligarcas), creció la corrupción en el gobierno, cayó la economía, aumentó la desigualdad y surgieron grandes organizaciones criminales que se nutrieron de la catástrofe social. La Bulgaria de hoy es el resultado de cuarenta años de modelo neoliberal.

Una rápida revisión de los indicadores socioeconómicos generales permite entender el descontento de los búlgaros con la situación de su país. Bulgaria es el más pobre de los 27 Estados que conforman la Unión Europea; es también es el país más corrupto. Su población ha disminuido sensiblemente en los últimos años: pasó de 9 millones de habitantes en 1989 a 7.2 millones en 2019. Esta reducción demográfica se explica por tres factores: alta emigración, baja natalidad y una mortalidad superior a la de Europa. Los bajos salarios, la falta de estructuras estatales para fomentar el bienestar de la población y la alta desigualdad, han orillado a cientos miles de búlgaros a buscar mejores oportunidades de vida fuera de su país; Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y España son los principales destinos de los emigrantes búlgaros. Todo esto mientras el pequeño grupo de empresarios que hizo su fortuna privatizando las empresas monopólicas del Estado continúa beneficiándose del modelo neoliberal.

Actualmente, el Partido Socialista Búlgaro, al que pertenece el presidente Rumen Radev, es la opción política mejor posicionada frente al GERB, el partido del primer ministro. De hecho, quienes comenzaron a protestar en Sofía a inicios de julio eran sobre todo manifestantes afines al Partido Socialista; posteriormente se sumaron a la movilización miembros de los demás partidos políticos de oposición, así como ciudadanos políticamente no identificados con algún partido, pero cansados de la corrupción del gobierno actual. Boiko Borisov trató de controlar la situación y ofreció la renuncia de cuatro de sus ministros; sin embargo, la respuesta fue insuficiente, pues los inconformes siguieron demandando la salida de Borisov. De todo esto se sabe muy poco y la información que existe al respecto es poco accesible. ¿Por qué los principales medios europeos y norteamericanos no se ocupan de las protestas de Bulgaria?

La atención que le ha dado la prensa occidental al caso de Bielorrusia contrasta con el silencio que se ha hecho en torno a Bulgaria. Bielorrusia es un país pequeño (9.5 millones de habitantes) con una economía que crece sostenidamente (si bien a niveles modestos), tiene un Estado fuerte que promueve el bienestar social, y la corrupción y las mafias delictivas no se consideran temas de gravedad en la agenda política bielorrusa. La situación económica, política y social de Bielorrusia contrasta con el caos que reina en Bulgaria. Sin embargo, las manifestaciones contra el presidente bielorruso, Lukashenko, son cubiertas y promovidas por la prensa internacional, mientras las manifestaciones contra el primer ministro búlgaro, Borisov, se mantienen en un silencio casi total. Esta aparente contradicción en realidad no es tal si se considera que los principales temas de la agenda mediática occidental se fijan desde Washington, Berlín y Londres.

Estados Unidos y la Unión Europea están poco interesados en un cambio de gobierno en Bulgaria. Después de haber estado más de medio siglo bajo la influencia de Rusia, Bulgaria se integró a la Unión Europea en 2007 en un clima de rechazo generalizado a las herencias soviéticas y gracias al impulso del GERB, que gobierna desde entonces. La alternativa política más visible, el Partido Socialista Búlgaro, por su parte, cuestiona los resultados que le ha traído a Bulgaria tanto su integración a la Unión Europea como la aplicación intransigente del modelo neoliberal, y mantiene una posición internacional que coincide más con los planteamientos geopolíticos de Rusia. La caída de Borisov y el GREB puede significar, entonces, el arribo de una fuerza política que se aleje de los intereses europeos y se acerque más a los rusos. Esta es la razón por la que las protestas de Bulgaria no son apoyadas ni transmitidas por la prensa occidental. No importa qué tan justificadas sean las demandas de los manifestantes. Mientras el régimen imperante le sea funcional a los intereses políticos y económicos de Occidente, los búlgaros que se movilizan para construir un mejor país no contarán con el respaldo de las potencias europeas y norteamericanas. Bulgaria es una cara oscura que Europa prefiere no mostrar.


Ehécatl Lázaro es especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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