Por Ehécatl Lázaro
Agosto 2020

Bielorrusia celebró elecciones presidenciales el pasado 9 de agosto. Alexander Lukashenko, quien gobierna el país desde hace 26 años, se colocó en primer lugar con el 80% de los votos, mientras que su competidora más cercana, Svetlana Tijanóvskaya, obtuvo apenas el 10% de la votación. A partir del día siguiente, la capital, Minsk, fue el escenario de una serie de manifestaciones públicas que rápidamente fueron captadas y difundidas por la prensa occidental. Las protestas duran ya más de diez días y, sin embargo, no está muy clara la causa del descontento. Si bien la mayoría de las voces críticas acusan que Lukashenko cometió fraude para mantenerse en el poder otros cinco años, ni los manifestantes ni la prensa occidental ofrecen ningún tipo de pruebas para sustentar tal afirmación, por lo que también hablan de “inconformidad por la corrupción”, “falta de crecimiento económico” y del “mal manejo de la pandemia” cuando intentan explicar las causas de las protestas. De cualquier manera, la narrativa de que Lukashenko ha organizado un fraude electoral para perpetuarse en la presidencia, ha logrado colocarse como el eje discursivo de todos los medios occidentales.

Lukashenko es un presidente nacionalista con una ideología cercana a la que existía en la desaparecida URSS. Cuando joven, fue miembro del Partido Comunista de Bielorrusia, pugnó por reformas democráticas al interior de la Unión Soviética, y se opuso abiertamente a la disolución del bloque socialista a inicios de los años noventa. Cuando la URSS se extinguió, Lukashenko lanzó su candidatura presidencial con un programa socialista que planteaba la protección de Bielorrusia: no quería que los bielorrusos experimentaran lo mismo que Rusia, país que, en los años inmediatamente posteriores a la desintegración soviética, sufrió un aumento notorio en los índices de pobreza, desigualdad, corrupción y criminalidad. Con ese programa llegó Lukashenko a la presidencia en 1994, donde se ha mantenido hasta la actualidad. Durante los 26 años transcurridos, Lukashenko ha defendido la soberanía bielorrusa y ha mantenido importantes políticas económicas heredadas de la Unión Soviética, como la propiedad estatal de las principales industrias nacionales y un fuerte Estado de Bienestar que privilegia a los trabajadores. Gracias a esto, el neoliberalismo no ha llegado a Bielorrusia.

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Por su posición geográfica y su situación socioeconómica actual, Bielorrusia es un botín apetecido por las potencias imperialistas de Occidente. La OTAN busca aumentar su área de influencia en Europa del Este para cercar militarmente a Rusia y de esa manera neutralizar una potencia que tanto Europa como Estados Unidos perciben como amenaza. A raíz de la disolución de la URSS, conforme los países de Europa del Este comenzaron a integrarse al mundo capitalista y cayeron bajo la hegemonía del imperialismo occidental, todos los países del oriente europeo pasaron a formar parte de la OTAN, lo que significó colocar ejércitos y armas en esos territorios. De los países que anteriormente integraron el Pacto de Varsovia, solo Ucrania y Bielorrusia no son miembros formales de la OTAN, aunque la situación política de Ucrania es eminentemente anti-rusa y pro-occidental desde 2014, cuando una Revolución de Colores instaló al gobierno conservador y rusófobo de Poroshenko.

Bielorrusia tiene, pues, una importancia geopolítica innegable tanto para Occidente como para Rusia, con quien Bielorrusia ha mantenido una alianza estratégica por más de un siglo. Entendida en el tablero internacional, Bielorrusia forma parte de los países que le hacen contrapeso a la hegemonía de las potencias occidentales. Por eso, los gobiernos de Rusia, China, Cuba y Venezuela aceptaron inmediatamente los resultados de las elecciones, mientras que la Unión Europea anunció que no reconoce el triunfo de Lukashenko y demandó la realización de nuevas elecciones con “justicia y transparencia”. Los Estados Unidos, más directos, expresaron, por medio del secretario de Estado, Mike Pompeo, su “apoyo a las aspiraciones del pueblo bielorruso” e instaron a Lukashenko a entablar un diálogo con la oposición para convocar a nuevas elecciones.

La inestabilidad política que vive actualmente Bielorrusia se debe, sobre todo, a la ambición de las potencias occidentales por “anexarse” ese territorio. Pero esto lo tiene bien claro Lukashenko. El presidente observó con preocupación cómo en 2014 una revolución conducida por las élites ucranianas, y por los intereses europeos y estadounidenses, derrocó al gobierno legalmente establecido en Ucrania e instaló en el poder a un empresario conservador que rápidamente forjó alianzas económicas y militares con las potencias occidentales. Lukashenko entiende que en Bielorrusia se está desarrollando un intento por reeditar la experiencia ucraniana, y por eso ha asumido una posición política sin ambages: afirmó que para invalidar las elecciones y realizar unas nuevas primero tendrían que matarlo, ordenó a los cuerpos de seguridad mantener la estabilidad social que se ha roto en varias ocasiones por algunos grupos manifestantes, movilizó elementos militares a su frontera con Polonia ante los ejercicios que realiza ahí actualmente la OTAN, y dialogó con Putin para hacerle frente a una posible emergencia bélica, a raíz de lo cual el presidente ruso se comprometió a brindar “asistencia integral militar” en caso de que sea necesario.

Muchos personajes públicos han alzado la voz demandando elecciones libres en Bielorrusia y señalando a Lukashenko como “el último dictador de Europa”. En realidad, quizá sin proponérselo, quienes así se expresan solo reproducen el gastado discurso que utiliza constantemente el imperialismo occidental para acosar a los países que no son de su agrado y, en última instancia, para invadirlos militarmente. Esa ha sido la bandera de Estados Unidos y la Unión Europea contra Cuba, Venezuela, Rusia, China, Irán, la Bolivia de Evo, y contra todos los que no aceptan someterse a su poder. Mientras llaman a elecciones libres contra sus enemigos, se sonríen y dan palmadas con los jeques de Arabia Saudita, a pesar de que este país es un reino gobernado por una monarquía ultraconservadora, donde las mujeres no tienen derechos políticos y donde los criminales son decapitados y expuestos en las plazas públicas. A las potencias occidentales no les interese la democracia: les interesan nuevos mercados para invertir sus capitales y al mismo tiempo aumentar su hegemonía mundial. No quieren mejorar la vida de los bielorrusos. Quieren someterlos al imperio de sus capitales y, simultáneamente, frenar a Rusia y China. Dos pájaros de un tiro.


Ehécatl Lázaro es especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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