Por Aquiles Celis
Agosto 2020

En julio de 1972, una docena de maestros normalistas encapuchados, dirigidos por Miguel Castro Bustos y el pintor Mario Falcón tomaron la torre de rectoría de la UNAM y las oficinas del rector Pablo Gonzáles Casanova. Este grupo exigía la admisión de todos sus integrantes a la Facultad de Derecho a pesar de que no cumplían con los requisitos establecidos por el Consejo Técnico de la Universidad. La cuestión fue comentada por muchos articulistas del espectro de la izquierda, que, en lo general, se manifestaron en contra de la forma y del fondo de esta acción. Adolfo Sánchez Rebolledo describió la toma en el periódico La Jornada, y las razones que animaban dichos actos: acusó a este grupo de falsos radicales, de consumar una jugada política para desestabilizar al rector promovida por el “cacique guerrerense” Rubén Figueroa para asentar su influencia en el entorno universitario. El grupo que tomó las instalaciones, a juicio de Sánchez Rebolledo era “un grupo lumpenesco que apareció como algo natural en el contexto de la fragmentación del movimiento estudiantil.”[1]

Empero, para Octavio Paz se presentó la ocasión perfecta para exponer su análisis sobre los métodos —“La finalidad era pequeña e injustificable; en cambio, los medios puestos para la obra fueron colosales: los ocupantes estaban armados y amenazaron con incendiar el edificio,”—; los actores —“grupos extraños ultrarreaccionarios con caretas revolucionarias”— y la actitud de la Universidad: “En ningún momento los asaltantes fueron molestados físicamente: todos los días, al mediodía, se veía descender de la torre a los dirigentes, enfundados en sus disfraces de guerrilleros a la Sierra Maestra, atravesar pausadamente los prados y dirigirse a la gran piscina donde se asoleaban y nadaban un rato”.[2]

Revista ACES

Apuntes Críticos sobre Economía y Sociedad es una publicación semestral del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales

Unos meses después, dentro de la misma universidad comenzó un movimiento por el reconocimiento legal del Sindicato de Trabajadores y Empleados de la UNAM (STEUNAM) en demanda de la democratización de los procesos de elección de los representantes sindicales, por la conquista del Convenio Colectivo del Trabajo, por la libertad de huelga y por la organización sindical. Con el fin de distanciarse de la toma de rectoría, el movimiento sindical fijó una posición de rechazo calificando las intenciones de “extrañas a la comunidad universitaria” y a los participantes de “elementos negativos”. En un desplegado consideraron estos acontecimientos como violación flagrante a la autonomía e hicieron un llamado a la desocupación voluntaria y pacífica sin la intervención de la fuerza pública.

Con la bandera del Contrato Colectivo y ante la negatividad de los órganos universitarios, el miércoles 25 de octubre de 1972 se declaró una huelga que frenó las actividades cotidianas a pesar de la actitud conciliadora del rector Pablo Gonzáles Casanova.

“¿Es la universidad una empresa capitalista?”, se preguntó Octavio Paz; si lo fuera, el derecho a libertad de huelga estaría marcado exclusivamente por la legislación federal; no lo era, había que revisar las formas de asociación. En uno de sus escritos más conservadores, Paz consideró la libertad sindical como la muerte del espíritu crítico e incluso de la autonomía, pues implicaba la comunión del sindicato con una agencia obrera, la incursión de un agente extraño que “controlaría el sindicato y la universidad”, entonces Paz concluyó: “las centrales obreras mexicanas (…) desde hace mucho, son un sector inmovilista y conformista.”[3]

Para Paz, la asociación sindical bloqueaba la posibilidad democrática de asociación, pues observaba la mano del Partido Comunista Mexicano, (a su juicio la organización más antimarxista de América Latina) para controlar su último reducto.[4]

Según el poeta, la política no debía desfilar por las universidades, ¿por qué lo hacía entonces? Consideraba que el monopolio del poder político por el PRI había desbordado la politización hacia otros campos: la universidad era uno de ellos. El ágora, la plaza pública, el lugar en donde se debían dar los debates de índole política estaba clausurado para la mayoría de los sectores que empujaban para obtener representatividad: la universidad había ocupado ese espacio y de ahí surgían las propuestas de violencia y terrorismo urbano. La guerrilla era en parte una desviación de la praxis política usurpada por la praxis estatal.


Aquiles Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

[1] Adolfo Sánchez Rebolledo, UNAM: ¿Quién se beneficia?, La Jornada, 1972.

[2] Octavio Paz, “Canción de la más alta torre”, Plural, 12, septiembre de 1972, p.52.

[3] Octavio Paz, “Los misterios del Pedregal I”, Revista Plural, 14, noviembre de 1972, p.38.

[4] Octavio Paz, “Los misterios del Pedregal II”, Revista Plural, 16, enero de 1973. p.39. P

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