Por Aquiles Lázaro
Agosto 2020

Con casi dos años de retraso, la Secretaría de Cultura presentó el Proyecto Chapultepec. El domingo 9 de agosto, con una ceremonia insípida y en ausencia del presidente, la secretaria de cultura Alejandra Frausto leyó torpemente el discurso que anuncia uno más de los llamados proyectos prioritarios de la 4T. A esta categoría pertenecen, entre otros, el Tren Maya, el aeropuerto de Santa Lucía y la refinería de Dos Bocas.

El proyecto —diseñado por el artista mexicano Gabriel Orozco— llega veinte meses después de que AMLO anunciara, en diciembre de 2018, la apertura de Los Pinos al público en la nueva forma de centro cultural.

El estado actual de Los Pinos es lamentable. A primera vista se nota la falta de infraestructura, de personal, de organización y de curaduría. El flamante nuevo espacio que el presidente obsequió “al pueblo de México” es hasta ahora un lugar sucio y descuidado, cuyas instalaciones funcionan parcialmente como bodega y cuya oferta cultural es pobrísima.

El nuevo proyecto, al que se destinan mil 668 millones de pesos, se integra en torno a cuatro ejes, uno de los cuales es la ampliación y fortalecimiento de la infraestructura cultural. Lo cierto es que se trata de un proyecto centralizador por excelencia.

Uno de los aspectos más relevantes en la desigualdad en el acceso a los bienes y servicios culturales es la ubicación geográfica. Mientras millones de mexicanos carecen de alternativas viables para acercarse a la oferta cultural en sus zonas de residencia —lo mismo en áreas rurales que en los llamados cinturones de miseria de las áreas urbanas—, la 4T favorece espacios centralizadores, que concentran desde hace décadas buena parte de la oferta cultural.

Revista ACES

Apuntes Críticos sobre Economía y Sociedad es una publicación semestral del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales

En lugar de construir nuevos espacios en nuevos lugares y de revitalizar plataformas culturales que se hallan en condiciones lamentables, se vacían carretadas de dinero sobre un espacio emblemático y mediatizable. En lugar de remodelar la casa ruinosa, se le pinta la fachada para tomarle fotos.

Otro de los ejes es la biodiversidad sustentable. Además de las denuncias que han lanzado diversas agrupaciones sobre la agresión al bosque y al espacio público, encontramos, también aquí, el discurso que contrasta con una política general que es, en los hechos, agresiva con el medio ambiente. Aquí pueden citarse, de nuevo, el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas.

Pero entender el Proyecto Chapultepec pasa, además, por reseñar las concepciones de algunos de los agentes centrales del proyecto: el presidente López Obrador, la secretaria Alejandra Frausto y el artista Gabriel Orozco.

Para AMLO la cultura es poco menos que material de discursos. Hombre de profunda ignorancia, solo rara vez voltea a ver al sector cultural. Su visión anticuada y paternalista es la de un redentor que lleva al pueblo la cultura, del mismo modo que el hombre blanco lleva a los salvajes la civilización. Se sirve de artificios declamatorios sobre los pueblos indígenas y las verbenas, mientras en los hechos desmantela las instituciones culturales. Probablemente será este el proyecto estrella de su administración en material cultural, pues es difícil pronosticar mayor interés en iniciativas de esta magnitud presupuestal.

Alejandra Frausto es una de las personalidades más grises del gabinete presidencial, reducida al papel de vocera cultural, de emisaria mediática, de membrete institucional. Opacada por figuras a caballo entre la cultura y la farándula (Sergio Mayer, Beatriz Gutiérrez Müller, Francisco Taibo), la titular de la Secretaría de Cultura carece de toda autonomía y de la capacidad siquiera de opinar sobre el rumbo de la política cultural. Sus funciones más relevantes son recibir, accionar y justificar las ordenes del presidente.

Gabriel Orozco es un creador respetable y polémico, quizá el artista mexicano vivo con mayor proyección internacional. Con un halo de Andy Warhol a la mexicana —aunque varias décadas después—, su propuesta artística puede etiquetarse sin ningún problema con los mejores rótulos de moda: posmoderno, conceptual, contemporáneo. Esto en sí mismo no tiene nada de malo; pero es evidente que su obra y su discurso estético no tienen nada que ver con objetivos de favorecer a las grandes mayorías o siquiera con temas sociales, los centros discursivos de la 4T. De hecho, si a algún artista se le puede encasillar en el ridículo membrete obradorista de artista fifí, ese artista es sin duda Gabriel Orozco.

El Proyecto Chapultepec es, en general, tan ambicioso como pobre. Su éxito o fracaso dependerá de cómo se le administre durante el resto de la gestión obradorista; lo que está claro es que ni representa el hito histórico que dice el discurso gubernamental, ni avanza en la corrección de los viejos problemas del sector cultural.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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