Por Arnulfo Alberto | Agosto 2020

La mayoría de los gobiernos del mundo se apresuraron a tomar medidas drásticas de contención de la pandemia del nuevo coronavirus, por sus efectos graves sobre la producción, pero también porque, a diferencia de otros problemas sociales, este inició afectando a los ricos, que son quienes más viajan y utilizan medios de transporte aéreos. 

Con una crisis económica profundizándose cada vez más, los gobiernos de los más diversos colores recurren a todos los artificios habidos y por haber para tratar de encauzar la economía mundial por los derroteros usuales. Los conservadores no escatiman recursos ni aparatosas intervenciones estatales con las medidas más heterodoxas posibles con tal de regresar al business as usual. Juzgan a la pandemia como un hecho externo, o un shock exógeno dirían los economistas neoclásicos, ajeno al estado de cosas del capitalismo moderno. Pero todas estas medidas solo atacan el síntoma y no a los factores profundos que lo provocan.

Como afirman varios especialistas, el número de enfermedades infecciosas de origen animal se incrementa continuamente. Esto está relacionado con el cambio climático a través de la migración de distintas especies hacia zonas más templadas y pobladas, transportando con ellas diversas enfermedades, o con la deforestación orientada a abrirle paso a la agricultura y otras actividades humanas; esto aumenta, por tanto, el contacto entre el ser humano y los patógenos que habitan en ecosistemas tropicales. Andreas Malm, un reconocido estudioso de la ecología humana, señala que pandemia y cambio climático constituyen dos dimensiones de un problema mayor: la catástrofe ecológica la que nos conduce el capitalismo de nuestros días.

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¿Pero qué está provocando esta catástrofe a la que avanza la humanidad con paso veloz y de la que el coronavirus es un evento específico? El capital y su lógica de acumulación, aunque muchos se empeñen en achacar culpas a la humanidad entera. Los gobiernos parecen estar decididos a detener el avance de la pandemia a como dé lugar, pero se muestran más aletargados cuando se trata de tomar medidas de la misma envergadura para acabar con la pobreza y desigualdad o contener el avance del calentamiento global y los efectos devastadores que tendrá en la población más pobre. Y es que, para acabar con estos males, serían necesarios cambios estructurales profundos que no son compatibles con el capitalismo.

Se requiere, básicamente, la destrucción de lo que Andreas Malm llama capital fósil, es decir, la eliminación de las mismas relaciones sociales capitalistas que posibilitaron la edad del vapor y el calentamiento global. Esta empresa solo puede llevarse a cabo mediante un potente Estado intervencionista que esté bajo el control del movimiento popular organizado. Solo un Estado así puede llevar a cabo una transformación de la producción mediante inversiones masivas en fuentes de energías alternativas y solo él puede reorganizar la economía a pesar de la oposición de los sectores de la burguesía.

Si queremos tener un planeta habitable para todos en el futuro, el pueblo debe organizarse y no permitir que las cosas vuelvan a la normalidad capitalista, porque esa normalidad es el problema. Un sistema guiado por la lógica de la ganancia por encima de las necesidades humanas, que crea riqueza ingente pero que la concentra en pocas manos, generando al mismo tiempo una enorme masa de personas en pobreza y marginación vulnerables a todos los desastres provocados por el capital y su dinámica de acumulación.


Arnulfo Alberto es maestro en Economía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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